¡Para cambiar cualquier cosa, empieza en todas partes!

 

Si pudie­ras cambiar algo, ¿qué cambiarías? ¿Irías de vaca­ciones durante el resto de tu vida? ¿Harías que los combus­tibles fósiles deja­ran de gene­rar el cambio climá­tico? ¿Pedirías bancos y polí­ti­cos éticos? Segu­ra­mente, nada podría ser más irreal que dejar todo tal y como está y espe­rar resul­ta­dos dife­rentes. Nues­tras luchas priva­das, econó­mi­cas y emocio­nales, reflejan los desastres y conflic­tos a nivel global. Podría­mos pasar el resto de nues­tros días inten­tando apagar estos incen­dios uno por uno, pero todos brotan de la misma fuente. Ningún parche servirá; tene­mos que repen­sar todo de acuerdo con una lógica distinta.


 

2015-03-30_112255El fantasma de la liber­tad sigue acosando a un mundo construido en su nombre. Se nos ha prome­tido la completa auto­de­ter­mi­na­ción: se supone que todas las insti­tu­ciones de nues­tra socie­dad deberían otor­garla. Sin embargo, si tuvie­ras completa auto­de­ter­mi­na­ción, ¿qué estarías haciendo ahora mismo? Piensa en el vasto poten­cial de tu vida: los víncu­los que podrías crear, las expe­rien­cias que podrías vivir, todas las formas con las que podrías llenar de sentido tu exis­ten­cia. Cuando naciste, parecía no haber límites para lo que podrías llegar a ser. Repre­sen­ta­bas pura posi­bi­li­dad. Por lo gene­ral, no nos dete­ne­mos a imagi­nar nada de esto. Es sólo en los momen­tos más bellos, cuando nos enamo­ra­mos o alcan­za­mos un gran logro o visi­ta­mos tier­ras leja­nas, que senti­mos breve­mente el vértigo de lo que podrían ser nues­tras vidas. ¿Qué es lo que limita tu poten­cial? ¿Cuánta agen­cia tienes sobre el ambiente que te rodea o sobre cómo pasas tu tiempo? Las buro­cra­cias que te evalúan en función de cómo sigues las instruc­ciones, la economía que te empo­dera de acuerdo a cuánta ganan­cia gene­ras, los reclu­ta­dores del ejér­cito que insis­ten en que la mejor manera de “ser todo lo que puedes ser” es some­terte a su auto­ri­dad, ¿acaso todos ellos te permi­ten apro­ve­char al máximo tu vida según tus propios crite­rios? El secreto a voces es que todas tene­mos completa auto­de­ter­mi­na­ción: no porque nos sea conce­dida, sino porque ni siquiera la dicta­dura más tota­li­ta­ria podría quitár­nosla. No obstante, tan pronto como comen­za­mos a actuar por noso­tras mismas, entra­mos en conflicto con las mismí­si­mas insti­tu­ciones que se supone exis­ten para asegu­rar nues­tra liber­tad.

2015-03-30_112726A los jefes y recau­da­dores de impues­tos les encanta hablar de respon­sa­bi­li­dad perso­nal. Pero si asumié­ra­mos completa respon­sa­bi­li­dad por todos nues­tros actos, ¿con­ti­nuaría­mos siguiendo sus instruc­ciones? A lo largo de la histo­ria, se ha hecho más daño por obedien­cia que por mali­cia. Los arse­nales de los ejér­ci­tos de todo el mundo son la mani­fes­ta­ción física de nues­tra volun­tad de obede­cer ante otros. Si quieres estar segura de no contri­buir nunca a la guerra, el geno­ci­dio o la opre­sión, el primer paso es dejar de seguir órdenes. Esto también vale para tus valores. Incon­tables líderes y estruc­tu­ras deman­dan tu sumi­sión incon­di­cio­nal. Pero aun si quisie­ras ceder la respon­sa­bi­li­dad por tus deci­siones a algún dios o dogma, ¿cómo sabrías por cuál deci­dirte? Te guste o no, tú eres quien tiene que elegir entre todos ellos. Por lo gene­ral, las perso­nas simple­mente toman esta deci­sión en base a lo que les resulta más cono­cido o cómodo. Somos inevi­ta­ble­mente respon­sables por nues­tras creen­cias y deci­siones. Al respon­der a nues­tra auto­ri­dad propia en vez de la de manda­ta­rios o manda­mien­tos, quizás entraría­mos en conflicto entre noso­tras, pero al menos lo haría­mos bajo nues­tros propios crite­rios y no acumu­lando trage­dias inne­ce­sa­ria­mente al servi­cio de los obje­ti­vos de otros.

2015-03-30_112905Las trabaja­do­ras que reali­zan el trabajo tienen poder; los jefes que les dicen qué hacer tienen auto­ri­dad. Los inqui­li­nos que mantie­nen el edifi­cio tienen poder; el propie­ta­rio cuyo nombre figura en el título de propie­dad tiene auto­ri­dad. Un río tiene poder, un permiso para construir una represa otorga auto­ri­dad. No hay nada de opre­sivo en el poder per se. Muchas formas de poder pueden ser libe­ra­do­ras: el poder de cuidar a tus seres amados, de defen­derte y resol­ver conflic­tos, de prac­ti­car la acupun­tura, nave­gar en velero y hama­carse en un trape­cio. Hay mane­ras de desar­rol­lar tus capa­ci­dades que también aumen­tan la liber­tad de los demás. Toda persona que actúa para reali­zar su pleno poten­cial ofrece un don al resto. La auto­ri­dad por encima de otras, por otra parte, les usurpa su poder. Lo que tomas de alguien, otros lo tomarán de ti. La auto­ri­dad siempre se obtiene desde arriba: El soldado obedece al gene­ral, quien responde ante el presi­dente, quien obtiene su auto­ri­dad de la Cons­ti­tu­ción; El cura responde ante el obispo, el obispo al Papa, el Papa a las escri­tu­ras, que obtie­nen su auto­ri­dad de Dios; El empleado responde ante el dueño, quien sirve al cliente, quien obtiene su auto­ri­dad del dinero; El policía realiza un alla­na­miento deri­vado de una orden firmada por un juez, quien obtiene su auto­ri­dad de la ley . . . Ser hombre, ser blanco, ser propie­ta­rio: en la cima de todas estas pirá­mides, no encon­tra­mos ni siquiera déspo­tas, tan solo construc­ciones sociales, fantas­mas hipno­ti­zando la huma­ni­dad. En esta socie­dad, poder y auto­ri­dad están tan entre­la­za­dos que apenas pode­mos distin­guir­los: solo pode­mos obte­ner poder a cambio de obedien­cia. Aun así, sin liber­tad el poder no tiene valor.

2015-03-30_113004En contraste con la auto­ri­dad, la confianza ubica el poder en las manos de quien la confiere, no en las de quien la recibe. La persona que ha ganado la confianza de otras, no nece­sita auto­ri­dad. Si alguien no merece confianza, ¡segu­ra­mente no debe­mos conce­derle auto­ri­dad! ¿Acaso hay alguien en quien confie­mos menos que los polí­ti­cos y ejecu­ti­vos? Si los desequi­li­brios impues­tos de poder no exis­tie­ran, las perso­nas se sentirían moti­va­das para resol­ver sus conflic­tos de manera que todas queda­ran satis­fe­chas: se sentirían incen­ti­va­das para ganarse la confianza entre sí. La jerarquía elimina este incen­tivo, habi­li­tando a los que gozan de auto­ri­dad a supri­mir los conflic­tos en lugar de resol­ver­los. Ideal­mente, la amis­tad es un lazo entre iguales que se apoyan y desafían la una a la otra respe­tando la auto­nomía de ambas. Ese es un buen crite­rio por el cual evaluar todas nues­tras rela­ciones. Sin los límites que actual­mente nos son impues­tos—­ciu­da­danía e ilega­li­dad, propie­dad y deuda, las cade­nas de comando de las corpo­ra­ciones y los ejér­ci­tos—­po­dría­mos recons­truir nues­tras rela­ciones en base a la libre asocia­ción y apoyo mutuo.

2015-03-30_113126“Tus dere­chos termi­nan donde empie­zan los dere­chos del otro”. Según esa lógica, cuanto más perso­nas, menos liber­tad. Pero la liber­tad no es una pequeña burbuja de dere­chos perso­nales. No pode­mos dife­ren­ciar­nos de los demás tan fácil­mente. La risa y el bostezo son conta­gio­sos, como también lo son el entu­siasmo y la deses­pe­ranza. Estoy compuesta por los clichés que digo sin pensar, las canciones que se me pegan en la cabeza, las emociones que contraigo de mis compañe­ros. Cuando manejo un auto, éste conta­mina el aire que respi­ras; cuando usas drogas farma­céu­ti­cas, estas se filtran al agua de la que todos beben. El sistema que todos los demás acep­tan es aquel bajo el cual tú tienes que vivir, pero cuando otros lo desafían, tú también obtienes una opor­tu­ni­dad para rene­go­ciar tu reali­dad. Tu liber­tad empieza donde empieza la mía, y termina donde termina la mía. No somos indi­vi­duos sepa­ra­dos. Nues­tros cuer­pos están confor­ma­dos de miles de dife­rentes espe­cies viviendo en simbio­sis: no son castillos impe­ne­trables, son un conjunto de proce­sos conti­nuos por los cuales nutrientes y micro­bios pasan sin cesar. Vivi­mos en simbio­sis con miles de otras espe­cies: los bosques inha­lan lo que noso­tros exha­la­mos. Una manada de lobos en movi­miento o un atar­de­cer murmu­rando el canto de las ranas son indi­vi­duos, tan unita­rios como cualquiera de nues­tros cuer­pos. No actua­mos en un vacío, propul­sa­das por la razón; en todo momento las mareas del cosmos nos atra­vie­san. El lenguaje sirve para comu­ni­car­nos sola­mente porque lo tene­mos en común. Lo mismo vale para las ideas y los deseos: pode­mos comu­ni­car­los porque son más grandes que noso­tras. Cada una de noso­tras está compuesta por un caos de fuer­zas contra­rias, y todas ellas se extien­den por el tiempo y el espa­cio más allá de noso­tras. Al elegir cuáles de ellas culti­var, deter­mi­na­mos qué poten­cia­re­mos en cada persona que nos cruce­mos. La liber­tad no es ni una pose­sión ni una propie­dad, es una rela­ción. No se trata de prote­ger­nos del mundo exte­rior, sino de entre­la­zar­nos de una forma que maxi­mice las posi­bi­li­dades. Eso no signi­fica que tenga­mos que perse­guir el consenso por sí mismo: tanto el conflicto como el consenso pueden expan­dir­nos y enno­ble­cer­nos, siempre y cuando ningún poder centra­li­zado sea capaz de impo­ner­nos un acuerdo o trans­for­mar un conflicto en una compe­ten­cia en la que el gana­dor se lo lleva todo. En vez de frag­men­tar el mundo en pequeños feudos, apro­ve­che­mos al máximo nues­tra inter­co­nexión.

2015-03-30_113449Al crecer en esta socie­dad, ni siquiera nues­tras pasiones nos perte­ne­cen: estas son culti­va­das por la publi­ci­dad y otras formas de propa­ganda para mante­ner­nos corriendo como ratones sobre las ruedas del mercado. Gracias al adoc­tri­na­miento, las perso­nas pueden sentirse orgul­lo­sas de sí mismas por hacer cosas que segu­ra­mente las harán infe­lices a largo plazo. Esta­mos encer­ra­dos en nues­tro sufri­miento y nues­tros placeres son el cerrojo. Para ser verda­de­ra­mente libres, nece­si­ta­mos tener agen­cia sobre los proce­sos que produ­cen nues­tros deseos. La libe­ra­ción no solo signi­fica satis­fa­cer los deseos que tene­mos hoy, sino también expan­dir nues­tra noción de lo posible, para que nues­tros deseos puedan mutar junto con las reali­dades que estos nos empujan a crear. Esto implica renun­ciar al placer que obte­ne­mos al impo­ner, domi­nar y poseer, para poder buscar placeres que nos arranquen de la maqui­na­ria de la obedien­cia y la compe­ten­cia. Si alguna vez has roto con una adic­ción, has sabo­reado lo que signi­fica trans­for­mar tus deseos.

De la misma forma en que la gente culpa a polí­ti­cos indi­vi­duales por la corrup­ción de la polí­tica, los fascis­tas suelen culpar a un grupo especí­fico por un problema sisté­mi­co—­por ejem­plo, a los judios por el capi­ta­lismo mercan­ti­lista, o a los inmi­grantes por la rece­sión econó­mi­ca—. Pero el problema son los siste­mas de por sí. Sin impor­tar quién lleve las rien­das, estos siste­mas produ­cen siempre los mismos desequi­li­brios de poder y pequeñas indi­gni­dades. El problema no es que estén funcio­nando mal, sino que están funcio­nando. Nues­tros enemi­gos no son seres huma­nos; son las insti­tu­ciones y ruti­nas que nos alejan las unas de las otras y de noso­tras mismas. Hay más conflic­tos dentro nues­tro que entre noso­tros. Las mismas grie­tas que atra­vie­san nues­tra civi­li­za­ción también atra­vie­san nues­tras amis­tades y cora­zones; eso no es un conflicto entre perso­nas, sino entre distin­tas formas de rela­cio­narse, distin­tas formas de vivir. Cuando renun­cia­mos a nues­tros roles dentro del orden impe­rante, abri­mos estas grie­tas, invi­tando a otros a hacer lo mismo. Lo mejor sería elimi­nar la domi­na­ción por completo, no admi­nis­trar sus detalles de manera más justa, ni redis­tri­buir las posi­ciones de quienes la infrin­gen y quienes la aguan­tan, tampoco esta­bi­li­zar al sistema por medio de la reforma. El sentido de protes­tar no es exigir reglas o gober­nantes más legí­ti­mos, sino demos­trar que pode­mos actuar desde nues­tra propia fuerza, alen­tando a otras a hacer lo mismo y disua­diendo a las auto­ri­dades de inter­fe­rir. No es una cues­tión de guer­ra—es decir, un conflicto bina­rio entre enemi­gos mili­ta­ri­za­dos—­sino más bien, de deso­be­dien­cia conta­giosa.

2015-03-30_113831¿Cuáles son los indi­cios de que estás en una rela­ción abusiva? El abusa­dor puede inten­tar contro­lar tu compor­ta­miento o decirte qué pensar; impe­dir o regu­lar tu acceso a recur­sos; utili­zar amena­zas o violen­cia contra ti; o mante­nerte en una posi­ción de depen­den­cia, bajo una vigi­lan­cia constante. Esto describe el compor­ta­miento de abusa­dores indi­vi­duales, pero lo mismo puede apli­carse al IRS (Servi­cio de Impues­tos Inter­nos), la NSA (Agen­cia de Segu­ri­dad Nacio­nal) y a la mayoría de las demás insti­tu­ciones que gobier­nan esta socie­dad. Prác­ti­ca­mente todas ellas se basan en la idea de que los seres huma­nos nece­si­tan ser vigi­la­dos, contro­la­dos, admi­nis­tra­dos. Mien­tras más grandes sean los desba­lances que se nos impo­nen, más control se nece­sita para preser­var­los. A un extremo del espec­tro del poder, el control es ejer­cido brutal­mente de forma indi­vi­dual: ataques de aviones no tripu­la­dos, equi­pos SWAT, cáma­ras de aisla­miento, discri­mi­na­ción poli­cial por “porta­ción de cara”. En el otro extremo, el control es omni­pre­sente e invi­sible, inhe­rente a la propia infrae­struc­tura de la socie­dad: los cálcu­los que deter­mi­nan la cali­fi­ca­ción credi­ti­cia y el costo del seguro, la manera en que se reco­lec­tan las estadís­ti­cas y se trans­for­man en planea­miento urbano, la estruc­tura de las pági­nas web para buscar pareja y las plata­for­mas de redes sociales. Si bien la NSA moni­to­rea lo que hace­mos online, no tiene tanto control sobre nues­tra reali­dad como los algo­rit­mos que deter­mi­nan lo que vemos cuando ingre­sa­mos en Face­book. Cuando las infi­ni­tas posi­bi­li­dades de vida hayan sido redu­ci­das a un abanico de opciones codi­fi­ca­das en unos y ceros, no habrán más fric­ciones entre el sistema que habi­ta­mos y las vidas que podría­mos imagi­nar: no porque habría­mos alcan­zado la libe­ra­ción total, sino porque habría­mos perfec­cio­nado su contra­rio. Liber­tad no signi­fica elegir entre opciones, sino poder formu­lar las pregun­tas.

2015-03-30_113935Exis­ten muchos meca­nis­mos dife­rentes para impo­ner la desi­gual­dad. Algu­nos depen­den de un aparato centra­li­zado, como el sistema judi­cial. Otros pueden funcio­nar de manera más infor­mal, como nego­cios mediante amiguis­mos entre élites o los roles de género. Algu­nos de estos meca­nis­mos han sido casi comple­ta­mente desle­gi­ti­ma­dos. Pocas perso­nas creen todavía en el mandato divino de los reyes, a pesar de que durante siglos no pudo pensarse ningún otro funda­mento para la socie­dad. Otros meca­nis­mos están tan profun­da­mente incor­po­ra­dos que no pode­mos compren­der la vida sin ellos: ¿quién podría imagi­nar un mundo sin dere­chos de propie­dad? No obstante, todos estos dispo­si­ti­vos son construc­ciones sociales: son reales, pero no inevi­tables. La exis­ten­cia de propie­ta­rios y jefes de empre­sas no es más natu­ral, nece­sa­rio o bene­fi­cioso que la exis­ten­cia de empe­ra­dores. Todos estos meca­nis­mos se desar­rol­la­ron juntos, reforzán­dose entre sí. La histo­ria del racismo, por ejem­plo, es inse­pa­rable de la histo­ria del capi­ta­lismo: ninguno de los dos puede conce­birse sin la colo­ni­za­ción, la escla­vi­tud o la segre­ga­ción por color que dividían a los trabaja­dores y siguen deter­mi­nando quiénes llenan las cárceles y las villas mise­ria en todo el mundo. De la misma manera, sin la infrae­struc­tura del Estado y las demás jerarquías de nues­tra socie­dad, los prejui­cios indi­vi­duales jamás podrían impo­ner la supre­macía blanca sisté­mica. Que un presi­dente negro, mujer o indí­gena pueda presi­dir estas estruc­tu­ras sólo consigue esta­bi­li­zar­las: es la excep­ción que justi­fica la regla. Para decirlo de otra forma, mien­tras haya policía, ¿a quién pien­sas que van a hosti­gar? Mien­tras haya prisiones, ¿con quiénes pien­sas que las van a llenar? Mien­tras haya pobreza, ¿quién pien­sas que será pobre? Es inge­nuo creer que podría­mos alcan­zar la igual­dad en una socie­dad basada en la jerarquía. Puedes barajar las cartas, pero el mazo sigue siendo el mismo.

2015-03-30_114046Si un ejér­cito extra­njero inva­diera esta tierra, talara los bosques, enve­ne­nara los ríos, y forzara a los niños a crecer jurando fide­li­dad hacia él, ¿quién no se levan­taría en armas en su contra? Pero cuando el gobierno local hace lo mismo, los patrio­tas le entre­gan volun­ta­ria­mente su obedien­cia, sus impues­tos y sus hijos. Las fron­te­ras no nos prote­gen, nos divi­den: crean fric­ciones inne­ce­sa­rias con los exclui­dos al mismo tiempo que ocul­tan las verda­de­ras dife­ren­cias entre los inclui­dos. Hasta el gobierno más demo­crá­tico está fundado sobre esta divi­sión entre parti­ci­pantes y ajenos, lo legí­timo y lo ilegí­timo. En la anti­gua Atenas, la famosa cuna de la demo­cra­cia, sólo una frac­ción de los hombres eran inclui­dos en el proceso polí­tico; los Padres Funda­dores de la demo­cra­cia moderna esta­dou­ni­dense poseían escla­vos. La ciuda­danía aún impone una barrera entre inclui­dos y exclui­dos dentro de los EE.UU., arre­batán­doles a millones de resi­dentes indo­cu­men­ta­dos la agen­cia sobre sus propias vidas. El ideal libe­ral es expan­dir las líneas de inclu­sión hasta que todo el mundo sea inte­grado en un vasto y único proyecto demo­crá­tico. Pero la desi­gual­dad está codi­fi­cada dentro de la propia estruc­tura. En cada aspecto de esta socie­dad exis­ten miles de fron­te­ras imper­cep­tibles que nos divi­den entre pode­ro­sos e impo­tentes: controles de segu­ri­dad, cali­fi­ca­ciones credi­ti­cias, contra­señas de bases de datos, niveles de poder adqui­si­tivo. Nece­si­ta­mos formas de perte­nen­cia que no estén funda­men­ta­das en la exclu­sión, que no centra­li­cen el poder ni la legi­ti­mi­dad, que no encier­ren la empatía dentro de barrios priva­dos.

2015-03-30_114156Sólo puedes tener poder al ejer­cerlo; sólo puedes descu­brir qué te inter­esa al expe­ri­men­tarlo. Al tener que cana­li­zar a través de repre­sen­tantes cada uno de los esfuer­zos por influir en el mundo o tradu­cir­los al proto­colo de las insti­tu­ciones, nos distan­cia­mos la una de la otra y de nues­tro propio poten­cial. Cada aspecto de la agen­cia que dele­ga­mos reapa­rece como algo irre­co­no­cible y hostil ante noso­tras. La decep­ción constante con los polí­ti­cos sólo demues­tra cuánto poder les hemos cedido sobre nues­tras vidas; la violen­cia de la policía es la oscura conse­cuen­cia de nues­tro deseo de evitar la respon­sa­bi­li­dad perso­nal por lo que pasa en nues­tros barrios. En la era digi­tal, en la que toda persona tiene que ser su propio secre­ta­rio para manejar su imagen pública, hasta nues­tra repu­ta­ción se nos ha vuelto externa, como un vampiro que se alimenta de noso­tras. Si no estu­vié­ra­mos tan aisla­das las unas de las otras, compi­tiendo para vender­nos dentro de los dife­rentes merca­dos profe­sio­nales y sociales, ¿inver­tiría­mos tanto tiempo y energía en estos perfiles, falsos dioses hechos a nues­tra imagen y semejanza? Somos irre­duc­tibles. Ningún dele­gado ni abstrac­ción puede reem­pla­zar­nos. Al redu­cir a los seres huma­nos a datos demo­grá­fi­cos y la expe­rien­cia pura a simple infor­ma­ción, perde­mos de vista todo lo que hay de único y valioso en el mundo. Nece­si­ta­mos presen­cia, inme­dia­tez, contacto directo con los demás, control directo sobre nues­tras vidas: cosas que ni la repre­sen­ta­ción ni los repre­sen­tantes nos pueden otor­gar.

2015-03-30_114309El lide­razgo es un desor­den social en el cual la mayoría de los parti­ci­pantes en un grupo no toman inicia­tiva ni pien­san críti­ca­mente sobre sus acciones. Mien­tras enten­da­mos la agen­cia como una propie­dad de cier­tos indi­vi­duos en lugar de una rela­ción entre perso­nas, siempre sere­mos depen­dientes de los lideres, y esta­re­mos a su merced. Los líderes más ejem­plares son igual de peli­gro­sos que aquel­los obvia­mente corrup­tos, en el sentido de que todas sus loables cuali­dades sólo refuer­zan su esta­tus y la obedien­cia de los demás, a la vez que refuer­zan la legi­ti­mi­dad del lide­razgo en sí. Cuando la policía llega a una protesta, lo primero que pregunta siempre es “¿quién está a cargo?”, no porque el lide­razgo sea esen­cial a la acción colec­tiva, sino porque presenta una vulne­ra­bi­li­dad. Los conquis­ta­dores hicie­ron la misma pregunta cuando llega­ron al llamado Nuevo Mundo; allí donde encon­tra­ban una respuesta, se ahor­ra­ban siglos de trabajo inten­tando some­ter ellos mismos a la pobla­ción. Mien­tras haya un líder, éste puede ser comprado, rempla­zado o tomado como rehén. En el mejor de los casos, depen­der de los líderes puede ser un talón de Aquiles; y en el peor de los casos, repro­duce los inter­eses y estruc­tu­ras de poder de las auto­ri­dades dentro de aquel­los que se les oponen. Es mejor si todas nos senti­mos con la capa­ci­dad de inci­dir en nues­tras vidas y tener un proyecto propio.2015-03-30_114402Los gobier­nos nos prome­ten dere­chos, pero sólo pueden quitar­nos liber­tades. El concepto de dere­chos implica que existe un poder central que los otorga y los protege. Pero todo lo que el Estado tiene el poder de garan­ti­zar, también tiene el poder de quitar; empo­de­rar al gobierno para solu­cio­nar un problema sólo le abre la puerta para crear más proble­mas. Además, los gobier­nos tampoco gene­ran poder de la nada: es nues­tro poder el que utili­zan y podría­mos emplearlo de manera mucho más efec­tiva sin la maqui­na­ria de la repre­sen­ta­ción. Hasta la más libe­ral de las demo­cra­cias comparte el mismo prin­ci­pio que la más despó­tica de las auto­cra­cias: la centra­li­za­ción de poder y legi­ti­mi­dad en una estruc­tura cuya función es la mono­po­li­za­ción del uso de la fuerza. No importa si los buró­cra­tas que operan esta estruc­tura respon­den ante un rey, un presi­dente, o un elec­to­rado. Las leyes, la buro­cra­cia y la policía son más anti­guas que la demo­cra­cia: funcio­nan de la misma manera tanto en una demo­cra­cia como en una dicta­dura. La única dife­ren­cia es que, dado que pode­mos votar sobre quién las admi­nis­tra, supues­ta­mente debería­mos verlas como algo propio— aun cuando estas son utili­za­das en nues­tra contra—. Las dicta­du­ras son inhe­ren­te­mente ines­tables: puedes masa­crar, encar­ce­lar y lavar el cere­bro de gene­ra­ciones ente­ras, y sus hijas inven­tarán nueva­mente la lucha por la liber­tad. Pero promé­tele a cada persona una opor­tu­ni­dad de impo­ner sobre sus pares la volun­tad de la mayoría y todas se lanzarán de cabeza a apoyar a un sistema que los divide. Cuanta más influen­cia la gente cree tener sobre las insti­tu­ciones coer­ci­ti­vas del Estado, más popu­lares pueden volverse estas insti­tu­ciones. Quizás esto pueda expli­car por qué la expan­sión global de la demo­cra­cia coin­cide con la increíble desi­gual­dad en la distri­bu­ción de recur­sos y poder: ningún otro sistema de gobierno podría esta­bi­li­zar una situa­ción tan preca­ria. Cuando el poder está centra­li­zado, las perso­nas tienen que obte­ner domi­nio sobre otras para ganar algo de influen­cia sobre sus propios desti­nos. Las luchas por la auto­nomía son cana­li­za­das en dispu­tas por el poder polí­tico: fíjate en las guer­ras civiles en las naciones posco­lo­niales entre pueblos que ante­rior­mente coexis­tie­ron en paz. Quienes tienen el poder sólo pueden rete­nerlo por medio de la guerra perpe­tua, tanto contra pueblos extra­nje­ros, como contra sus propias pobla­ciones: la Guar­dia Nacio­nal fue traída de vuelta desde Irak para ser enviada a Oakland. Donde sea que exis­tan jerarquías, estas faci­li­tan que los de arriba centra­li­cen el poder. Cons­truir más límites legales en el sistema solo implica que nues­tra protec­ción depende justa­mente de aquello de lo que nece­si­ta­mos prote­ger­nos. La única forma de presio­nar a las auto­ri­dades sin ser absor­bi­das en su juego es desar­rol­lar redes hori­zon­tales que puedan actuar autó­no­ma­mente. Aunque si tene­mos el poder sufi­ciente para forzar a las auto­ri­dades a tomar­nos en serio, también tendría­mos el poder sufi­ciente para resol­ver nues­tros proble­mas sin ellas. No existe un camino hacia la liber­tad si no es mediante la liber­tad. Más que un único canal que concentre toda nues­tra agen­cia, nece­si­ta­mos una amplia gama de formas para utili­zar nues­tro poder. Más que una única moneda corriente de legi­ti­mi­dad, nece­si­ta­mos espa­cio para múltiples narra­ti­vas. En lugar de la coer­ción inhe­rente al gobierno, nece­si­ta­mos estruc­tu­ras para la toma de deci­siones que promue­van la auto­nomía, y prác­ti­cas de auto­de­fensa que permi­tan mante­ner a raya a quienes tengan preten­siones de auto­ri­dad.

2015-03-30_114515El dinero es el meca­nismo ideal para imple­men­tar la desi­gual­dad. Es abstracto: parece como si pudiera repre­sen­tar todo. Es univer­sal: las perso­nas que no tienen nada más en común lo acep­tan como un hecho natu­ral. Es imper­so­nal: a dife­ren­cia de los privi­le­gios here­di­ta­rios, puede ser trans­fe­rido instantá­nea­mente de una persona a otra. Es fluido: cuanto más fácil es cambiar de posi­ción en una jerarquía, más estable es la jerarquía en sí. Muchas perso­nas que segu­ra­mente se rebe­larían contra un dicta­dor acep­tan volun­ta­ria­mente la auto­ri­dad del mercado. Cuando todo valor se concen­tra en un único instru­mento, incluso los momen­tos irre­pe­tibles de nues­tra vida se vacían de signi­fi­cado, volvién­dose fichas en un cálculo abstracto de poder. Todo aquello que no puede ser cuan­ti­fi­cado finan­cie­ra­mente queda afuera. La vida se vuelve una pelea caótica por la ganan­cia econó­mica: cada cual contra todos, vender o ser vendido. Lucrar signi­fica ganar más control sobre los recur­sos de la socie­dad en rela­ción a las demás. No pode­mos lucrar todas a la vez; para que una persona pueda lucrar, otras tienen que perder influen­cia. Cuando los inver­sio­nis­tas lucran del trabajo de los emplea­dos, eso signi­fica que cuanto más trabajen los emplea­dos, más grande será la brecha econó­mica entre ambas clases. Un sistema impul­sado por el lucro produce pobreza en la misma medida que concen­tra la riqueza. La presión por compe­tir genera inno­va­ciones más rápi­da­mente que cualquier sistema ante­rior, pero produce, para­le­la­mente, desi­gual­dades cada vez mayores: donde antes los jinetes reina­ban sobre los peatones, hoy los bombar­de­ros furti­vos vuelan sobre conduc­tores y perso­nas sin hogar. Y ya que todas tienen que perse­guir el lucro en lugar de hacer las cosas simple­mente por hacer­las, los resul­ta­dos de todo este trabajo pueden ser desas­tro­sos. El cambio climá­tico es solo la última de una serie de catás­trofes que aún los capi­ta­lis­tas más pode­ro­sos no han tenido el poder de frenar. De hecho, el capi­ta­lismo no premia a los empren­de­dores por solu­cio­nar las crisis, sino por lucrar con ellas.

2015-03-30_114653La piedra angu­lar del capi­ta­lismo es el dere­cho de propie­dad, otra construc­ción social que here­da­mos de reyes y aristó­cra­tas. Hoy, la propie­dad pasa de mano en mano más rápido que en aquel entonces pero el concepto es el mismo: la idea de pose­sión legi­tima el uso de la violen­cia para impo­ner desba­lances arti­fi­ciales en el acceso a la tierra y los recur­sos. Algu­nas perso­nas imagi­nan que la propie­dad podría exis­tir sin el Estado. Pero los dere­chos de propie­dad care­cen de signi­fi­cado si no hay una auto­ri­dad centra­li­zada para impo­ner­los; mien­tras exista una auto­ri­dad centra­li­zada, nada es verda­de­ra­mente tuyo tampoco. El dinero que ganas es fabri­cado por el Estado, y está sujeto a impues­tos e infla­ción. El título de tu auto es contro­lado por el DMV (Depar­ta­mento de Vehí­cu­los Moto­ri­za­dos). Tu casa no te perte­nece a ti, sino al banco que te dio la hipo­teca; aun cuando hayas pagado todo, el dere­cho de expro­pia­ción del Estado siempre gana. ¿Qué se nece­si­taría para prote­ger las cosas que nos son impor­tantes? Los gobier­nos exis­ten sólo en virtud de lo que ellos nos quitan; siempre tomarán más de lo que dan. Los merca­dos nos premian sólo por desplu­mar a nues­tros pares, y a los demás por desplu­mar­nos a noso­tras. El único seguro real está en nues­tros lazos sociales: si quere­mos estar segu­ras de nues­tra segu­ri­dad, nece­si­ta­mos redes de apoyo mutuo que puedan defen­derse a sí mismas. Sin dinero ni dere­chos de propie­dad, nues­tras rela­ciones con las cosas serían deter­mi­na­das por nues­tras rela­ciones con los demás. Actual­mente, es exac­ta­mente al revés: nues­tras rela­ciones con los demás están deter­mi­na­das por nues­tras rela­ciones con las cosas. Abolir la propie­dad no signi­fi­caría perder todas tus perte­nen­cias; signi­fi­caría que ningún oficial ni tampoco ninguna caída de la bolsa pueda quitarte las cosas de las que dependes. En lugar de respon­der a la buro­cra­cia, actuaría­mos desde las nece­si­dades huma­nas; en lugar de sacar ventaja el uno de la otra, perse­guiría­mos las ventajas de la inter­de­pen­den­cia. El mayor miedo de un tacaño es una socie­dad sin propie­dad, ya que sin ella sólo reci­biría el respeto que merece. Sin dinero, las perso­nas son valo­ra­das por lo que contri­buyen a las vidas de las demás, no por su capa­ci­dad de sobor­nar a otras para que hagan lo que ellas quie­ran. Sin el lucro, todo esfuerzo debe ser su propia recom­pensa, de manera que no haya incen­tivo alguno para acti­vi­dades destruc­ti­vas o sin sentido. Las cosas que real­mente valen la pena en la vida son abun­dantes: la pasión, el compañe­rismo y la gene­ro­si­dad. Se nece­si­tan legiones de policías y tasa­dores inmo­bi­lia­rios para impo­ner la esca­sez que nos atrapa en esta lucha coti­diana por la super­vi­ven­cia.

2015-03-30_114847Todo orden está fundado en un crimen contra el orden ante­rior: el crimen que lo disol­vió. Luego, el nuevo orden llega a ser perci­bido como legí­timo, a medida que la gente empieza a tomarlo por sentado. El crimen funda­cio­nal de los Esta­dos Unidos de América fue la rebe­lión contra la auto­ri­dad del rey de Ingla­terra. El crimen funda­cio­nal de la socie­dad por venir—si logra­mos sobre­vi­vir a ésta— aban­do­nará las leyes e insti­tu­ciones de hoy. La cate­goría de crimen contiene todo lo que excede los límites de una socie­dad, lo mejor y lo peor de ella. Todo sistema está acechado por todo lo que no puede incor­po­rar o contro­lar. Todo orden contiene las semillas de su propia destruc­ción. Nada dura para siempre; eso también se aplica a los impe­rios y las civi­li­za­ciones. Pero, ¿qué podría suplan­tar a ésta? ¿Pode­mos imagi­nar un orden que no esté basado en la divi­sión de la vida en lo legí­timo y lo ilegí­timo, legal y crimi­nal, gober­nantes y gober­na­das? ¿Cuál podría ser el último crimen?

 

LA ANARQUÍA es lo que pasa donde sea que el orden no se imponga por la fuerza. Es la liber­tad: el proceso de rein­ven­tar­nos conti­nua­mente a noso­tras mismas y a nues­tras rela­ciones. Cualquier proceso o fenó­meno que trans­curra libre­men­te— una selva, un círculo de amigas, tu propio cuer­po—es una armonía anárquica que persiste en constante cambio. Por otro lado, el control desde arriba hacia abajo sólo puede ser mante­nido por coac­ción y coer­ción: la preca­ria disci­plina de la sala de deten­ciones del cole­gio, el extenso mono­cul­tivo donde pesti­ci­das y herbi­ci­das defien­den filas esté­riles de maíz trans­gé­nico, la frágil hege­monía de un super­po­der.

EL ANARQUISMO es la idea de que todos tienen dere­cho a la completa auto­de­ter­mi­na­ción. Ninguna ley, gobierno o proceso de tomar deci­siones es más impor­tante que las nece­si­dades y deseos de los seres huma­nos de carne y hueso. Las perso­nas deben ser libres para moldear sus rela­ciones consen­sua­da­mente y para defen­derse como lo vean nece­sa­rio. El anarquismo no es un dogma ni un esquema. No es un sistema que supues­ta­mente funcio­naría si tan sólo se apli­cara correc­ta­mente, como la demo­cra­cia, ni tampoco una meta para ser reali­zada en un futuro distante, como el comu­nismo. Es una manera de actuar y rela­cio­narse que pode­mos poner en prác­tica ahora mismo. En cuanto a cualquier sistema de valores o vía de acción, pode­mos empe­zar por pregun­tar­nos, ¿cómo distri­buye éste el poder?

LOS ANARQUISTAS se oponen a toda forma de jerarquía, toda moneda, lenguaje o sistema que concentre el poder en las manos de unos pocos, todo meca­nismo que nos distan­cie de nues­tro poten­cial. En contra de los siste­mas cerra­dos, goza­mos de lo desco­no­cido frente a noso­tras, el caos que lleva­mos dentro, en virtud del cual pode­mos ser libres.

 

Cuando vemos lo que todas las distin­tas insti­tu­ciones y meca­nis­mos de domi­na­ción tienen en común, se hace evidente que nues­tras luchas indi­vi­duales también son parte de algo más grande que noso­tras, algo que podría conec­tar­nos. Cuando nos junta­mos en base a esta conexión, todo cambia: no sólo nues­tras luchas, sino también nues­tro sentido de agen­cia, nues­tra capa­ci­dad para la alegría, la sensa­ción de que nues­tras vidas tienen un sentido. Lo único que se nece­sita para encon­trar­nos es empe­zar a actuar según una lógica distinta.

 

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"El anarquismo no es una fabula romantica sino la constatacion mas concreta fundada en mas de 5000 años de historia ; que no podemos confiar la gestion de nuestras vidas a los reyes, a los curas, a los politicos, a los consejeros regionales"
“El anarquismo no es una fabula román­tica sino la consta­ta­ción mas concreta fundada en mas de 5000 años de histo­ria ; que no pode­mos confiar la gestion de nues­tras vidas a los reyes, a los curas, a los polí­ti­cos, a los conseje­ros regio­nales”

 


 

Para mas infor­ma­ción consul­tar las siguientes fuentes :

– http://crime­thinc.com/tce/espa­nol/ ; con un video sobre el texto ante­rior.

http://crime­thinc.com/tce/espa­nol/get/ ; versión PDF o pedido de copias del cuader­nillo.

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