Extracto #2 del excelente libro "La otra Historia de los Estados Unidos Desde 1492 hasta el presente" de Howard Zinn (1922-2010). Zinn fue un historiador, politólogo y activista estadounidense.

[…] Mi línea no será la de llo­rar por las víc­ti­mas y denun­ciar a sus ver­du­gos. Esas lágri­mas, esa cóle­ra, proyec­ta­das hacia el pasa­do, hacen mel­la en nues­tra energía moral actual. Y las líneas no siempre son cla­ras. A lar­go pla­zo, el opre­sor tam­bién es víc­ti­ma. A cor­to pla­zo (y has­ta aho­ra, la his­to­ria huma­na sólo ha consis­ti­do en pla­zos cor­tos), las víc­ti­mas, deses­pe­ra­das y mar­ca­das por la cultu­ra que les oprime, se ceban en otras víc­ti­mas.[…]

Lo que hizo Colón con los ara­waks de las Islas Antillas, Cor­tés lo hizo con los azte­cas de Méxi­co, Pizar­ro con los incas del Perú y los colo­nos ingleses de Vir­gi­nia y Mas­sa­chu­setts con los indios pow­ha­ta­nos y pequotes. Parece ser que en los pri­mi­ti­vos esta­dos capi­ta­lis­tas de Euro­pa hubo ver­da­de­ra locu­ra por encon­trar oro, escla­vos y pro­duc­tos de latier­ra para pagar a los accio­nis­tas y obli­ga­cio­nis­tas de las expe­di­ciones, para finan­ciar las emer­gentes buro­cra­cias monár­qui­cas de Euro­pa Occi­den­tal, para pro­mo­cio­nar el cre­ci­mien­to de las nue­vas eco­nomías mone­ta­ris­tas que surgían del feu­da­lis­mo y para par­ti­ci­par en lo que Car­los Marx des­pués lla­maría « la acu­mu­la­ción pri­mi­ti­va de capi­tal ». Estos fue­ron los vio­len­tos inicios de un sis­te­ma com­ple­jo de tec­no­logía, nego­cios, polí­ti­ca y cultu­ra que domi­naría el mun­do durante cin­co siglos.

James­town, Vir­gi­nia, la pri­me­ra colo­nia per­ma­nente de los ingleses en las Amé­ri­cas, se esta­ble­ció den­tro del ter­ri­to­rio de una confe­de­ra­ción india lide­ra­da por el jefe Pow­ha­tan. Pow­ha­tan observó la colo­ni­za­ción ingle­sa de sus tier­ras, pero no atacó, man­te­nien­do una posi­ción de cal­ma. Cuan­do los ingleses sufrie­ron la ham­bru­na del invier­no de 1610, algu­nos se acer­ca­ron a los indios para poder comer y no morirse. Cuan­do lle­go el vera­no, el gober­na­dor de la colo­nia envió un men­saje para pedirle a Pow­ha­tan que devol­vie­ra a los fugi­ti­vos. Pow­ha­tan, según la ver­sión ingle­sa, respon­dió con « respues­tas naci­das del orgul­lo y del des­dén ». Así que envia­ron sol­da­dos para « ven­garse ». Ata­ca­ron un pobla­do indio, mata­ron a quince o die­ci­séis indios, que­ma­ron sus casas, cor­ta­ron el tri­go que culti­va­ban en las inme­dia­ciones del pobla­do, se lle­va­ron en bar­cos a la rei­na de la tri­bu y a sus hijos, y aca­ba­ron por tirar los hijos por la bor­da, « hacién­doles sal­tar la tapa de los sesos en el agua ». A la rei­na se la lle­va­ron para ase­si­nar­la a nava­ja­zos.

Parece ser que doce años des­pués, los indios, alar­ma­dos por el cre­ci­mien­to de los pobla­dos ingleses, inten­ta­ron eli­mi­nar­los de una vez por todas. Hicie­ron una incur­sión en la que masa­cra­ron a 347 hombres, mujeres y niños. Desde entonces se declaró una guer­ra sin cuar­tel.

Al no poder escla­vi­zar a los indios, y no pudien­do convi­vir con ellos, los ingleses deci­die­ron exter­mi­nar­los. Según el his­to­ria­dor Edmund Mor­gan, « en el pla­zo de dos o tres años desde la masacre, los ingleses habían ven­ga­do varias veces todas las muertes de ese día ».

En ese pri­mer año de pre­sen­cia del hombre blan­co en Vir­gi­nia (1607), Pow­ha­tan había diri­gi­do una peti­ción a John Smith. Resultó ser pro­fé­ti­ca. Se puede dudar de su auten­ti­ci­dad, pero se ase­me­ja tan­to a tan­tas decla­ra­ciones indias que si no se puede consi­de­rar el bor­ra­dor de esa pri­me­ra peti­ción, por lo menos sí lle­va su mis­mo espí­ri­tu :

He vis­to morir a dos gene­ra­ciones de mi gente. Conoz­co la dife­ren­cia entre la paz y la guer­ra mejor que ningún otro hombre de mi país. ¿Por qué toman por la fuer­za lo que pudie­ran obte­ner por vía pací­fi­ca ? ¿Por qué quie­ren des­truir a los que les abas­te­cen de ali­men­tos ? ¿Qué pue­den ganar con la guer­ra ? ¿Por qué nos tie­nen envi­dia ? Esta­mos desar­ma­dos y dis­pues­tos a darles lo que piden si vie­nen en son de amis­tad. No somos tan inocentes como para igno­rar que es mucho mejor comer bue­na carne, dor­mir tran­qui­la­mente, vivir en paz con nues­tras espo­sas y nues­tros hijos, reír­nos y ser amables con los ingleses, y comer­ciar para obte­ner su cobre y sus hachas, que huir de ellos y mal­vi­vir en los fríos bosques, comer bel­lo­tas, raíces y otras por­querías, y no poder comer ni dor­mir por la per­se­cu­ción que sufri­mos.

Cuan­do lle­ga­ron los pri­me­ros colo­nos a Nue­va Ingla­ter­ra ‑los Pil­grim Fathers- tam­bién se ins­ta­la­ron en ter­ri­to­rio habi­ta­do por tri­bus indias, y no en tier­ra desha­bi­ta­da. Los indios pequote habi­ta­ban en lo que hoy es Connec­ti­cut del Sur y Rhode Island. Los puri­ta­nos los querían echar, codi­cia­ban sus tier­ras. Así empezó la guer­ra con los pequotes. Hubo masacres en ambos ban­dos. Los ingleses desar­rol­la­ron una tác­ti­ca guer­re­ra que antes había usa­do Cor­tés y que des­pués rea­pa­re­cería en el siglo veinte, inclu­so de for­ma más sis­temá­ti­ca : los ataques deli­be­ra­dos a los nocom­ba­tientes para ater­ro­ri­zar al ene­mi­go. Así que los ingleses incen­dia­ron los wig­wams de los pobla­dos. William Brad­ford, en su libro contem­porá­neo, His­to­ry of The Ply­mouth Plan­ta­tion, des­cribe la incur­sión de John Mason en el pobla­do Pequote :

Los que esca­pa­ron al fue­go fue­ron muer­tos a espa­da, algu­nos murie­ron a hacha­zos, y otros fue­ron atra­ve­sa­dos con el espadín, y así se dio bue­na cuen­ta de ellos en poco tiem­po, y pocos logra­ron huir. Se pien­sa que murie­ron unos 400 esa vez. Verles freír en la sar­tén resultó un ter­rible espectá­cu­lo.

Un pie de pági­na en el libro de Vir­gil Vogel, This land was ours (1972), dice lo siguiente « La can­ti­dad ofi­cial de Pequotes que aho­ra que­dan en Connec­ti­cut es de vein­tiu­na per­so­nas ». Durante un tiem­po, los ingleses lo inten­ta­ron con tác­ti­cas más suaves. Pero des­pués se decan­ta­ron por el exter­mi­nio. La pobla­ción de 10 mil­lones de indios que vivía en el norte de Méxi­co al lle­gar Colón se redu­ciría final­mente a menos de un mil­lón. Enormes can­ti­dades de indios morirían de las enfer­me­dades que intro­du­jo el hombre blan­co.

Detrás de la inva­sión ingle­sa de Nor­tea­mé­ri­ca, detrás de las masacres de indios que rea­li­za­ron, detrás de sus engaños y su bru­ta­li­dad, yacía ese pode­ro­so y espe­cial impul­so que nace en las civi­li­za­ciones y que se basa en la pro­pie­dad pri­va­da. […] De Colón a Cor­tés, de Pizar­ro a los puri­ta­nos, ¿era toda esta san­gría y todo este engaño una nece­si­dad para el pro­gre­so de la raza huma­na ? Si efec­ti­va­mente hay que hacer sacri­fi­cios para el pro­gre­so de la huma­ni­dad, ¿no resul­ta esen­cial ate­nerse al prin­ci­pio de que los mis­mos sacri­fi­ca­dos deben tomar la deci­sión ? Todos pode­mos deci­dir sacri­fi­car algo pro­pio, pero ¿tene­mos el dere­cho a echar en la pira mor­tuo­ria a los hijos de los demás, o inclu­so a nues­tros pro­pios hijos, en aras de un pro­gre­so que no resul­ta ni la mitad de cla­ro o tan­gible que la enfer­me­dad o la salud, la vida o la muerte ? Más allá de todo ello, ¿cómo pode­mos estar segu­ros de que lo que se des­truyó fuese infe­rior ? ¿Quiénes eran esas per­so­nas que apa­re­cie­ron en la playa y que lle­va­ron a nado pre­sentes para Colón y su tri­pu­la­ción, que obser­va­ban mien­tras Cor­tés y Pizar­ro cabal­ga­ban por su cam­piña y que aso­ma­ban sus cabe­zas por los bosques para ver los pri­me­ros colo­nos blan­cos de Vir­gi­nia y Mas­sa­chu­setts ? Colón les llamó « indios » porque cal­culó mal el tamaño de la tier­ra. […]

Ter­ri­to­rios de los nati­vo« ame­ri­ca­nos » desde 1794, demar­ca­do en verde. En 1795, los US y España fir­man el tra­ta­do de San Loren­zo, repar­tién­dose así la mayoría del conti­nente. Con la ley Dawes (1887), se abole en la prac­ti­ca la auto­nomía tri­bal y empie­za su asi­mi­la­ción, for­za­da.

Cuan­do llegó Colón había unos 75 mil­lones de per­so­nas amplia­mente repar­ti­das por la enorme masa ter­restre de las Amé­ri­cas, 25 de los cuales esta­ban en Amé­ri­ca del Norte. En conso­nan­cia con los dife­rentes entor­nos de tier­ras y cli­ma, desar­rol­la­ron cien­tos de dife­rentes cultu­ras tri­bales y unas dos mil len­guas dis­tin­tas. Per­fec­cio­na­ron el arte de la agri­cul­tu­ra, y se las apaña­ron para culti­var el maíz, que, al no cre­cer por sí sólo, tiene que ser plan­ta­do, culti­va­do, abo­na­do, cose­cha­do, des­cas­ca­ra­do y pela­do .Su inge­nio les per­mi­tió desar­rol­lar una serie de ver­du­ras y fru­tas dife­rentes, así como los caca­huetes, el cho­co­late, el taba­co y el cau­cho. Los indí­ge­nas de Amé­ri­ca esta­ban inmer­sos en la gran revo­lu­ción agrí­co­la que esta­ban expe­ri­men­tan­do otros pue­blos de Asia, Euro­pa y Afri­ca en ese mis­mo perío­do aproxi­ma­do. Mien­tras que muchas de las tri­bus retu­vie­ron las cos­tumbres de los caza­dores nóma­das y de los reco­lec­tores de ali­men­tos en comu­nas errantes e igua­li­ta­rias, otras empe­za­ron a vivir en comu­ni­dades más estables en sitios más pro­vis­tos de ali­men­tos, con pobla­ciones mayores, más divi­sión del tra­ba­jo entre hombres y mujeres, más exce­dentes para ali­men­tar a los jefes y a los bru­jos, más tiem­po de ocio para las labores artís­ti­cas y sociales, y para construir casas.

Entre los Adi­ron­da­cas y los Grandes Lagos, en lo que hoy en día es Penn­syl­va­nia y la parte super­ior de Nue­va York, vivía la más pode­ro­sa de las tri­bus del noreste, la Liga de los Iro­queses. En los pobla­dos iro­queses la tier­ra era de pro­pie­dad com­par­ti­da y se tra­ba­ja­ba en común. Se caza­ba en equi­po, y se dividían las pre­sas entre los miem­bros del pobla­do. En la socie­dad de los iro­queses, las mujeres eran respe­ta­das. Cui­da­ban los culti­vos y se encar­ga­ban de las cues­tiones del pobla­do mien­tras los hombres caza­ban y pes­ca­ban. Como apun­ta Gary B. Nash en su fas­ci­nante estu­dio de la Amé­ri­ca pri­mi­ti­va, Red, White and Black,

« así se com­partía el poder entre sexos, y brilla­ba por su ausen­cia en la socie­dad iro­que­sa la idea euro­pea del pre­do­mi­nio mas­cu­li­no y de la sumi­sión feme­ni­na »

Mien­tras que a los hijos de la socie­dad iro­que­sa se les enseña­ba el patri­mo­nio cultu­ral de su pue­blo y la soli­da­ri­dad para con su tri­bu, tam­bién se les enseña­ba a ser inde­pen­dientes y a no some­terse a los abu­sos de la auto­ri­dad. Todo esto contras­ta­ba viva­mente con los valores euro­peos que impor­ta­ron los pri­me­ros colo­nos, una socie­dad de ricos y pobres, contro­la­da por los sacer­dotes, por los gober­na­dores, por las cabe­zas ‑mas­cu­li­nas- de fami­lia. Gary Nash des­cribe así la cultu­ra iro­que­sa :

Antes de la lle­ga­da de los euro­peos, en los bosques del noreste no había leyes ni orde­nan­zas, comi­sa­rios ni policías, jueces ni jura­dos, juz­ga­dos ni pri­siones — nada de la para­fer­na­lia auto­ri­ta­ria de las socie­dades euro­peas. Sin embar­go, esta­ban fir­me­mente esta­ble­ci­dos los límites del com­por­ta­mien­to acep­table. A pesar de enor­gul­le­cerse del indi­vi­duo autó­no­mo, los iro­queses man­tenían un sen­ti­do estric­to del bien y del mal. Se deshon­ra­ba y se tra­ta­ba con ostra­cis­mo al que roba­ba ali­men­tos aje­nos o se com­por­ta­ba de for­ma cobarde en la guer­ra, has­ta que hubie­ra expia­do sus malas acciones y demo­stra­do su puri­fi­ca­ción moral a satis­fac­ción de los demás.

Y no sólo se com­por­ta­ban así los iro­queses, sino tam­bién otras tri­bus indí­ge­nas. Colón y sus suce­sores no ater­ri­za­ban en un desier­to baldío, sino que lo hacían en un mun­do que en algu­nas zonas esta­ba tan den­sa­mente pobla­do como la mis­ma Euro­pa, donde la cultu­ra era com­ple­ja, donde eran más igua­li­ta­rias las rela­ciones huma­nas que en Euro­pa, y donde las rela­ciones entre hombres, mujeres, niños y la natu­ra­le­za esta­ban quizás más noble­mente conce­bi­das que en ningún otro pun­to del glo­bo. Eran gentes sin len­guaje escri­to, pero que tenían sus pro­pias leyes, su poesía, su his­to­ria rete­ni­da en la memo­ria y trans­mi­ti­da de gene­ra­ción en gene­ra­ción, con un voca­bu­la­rio oral más com­ple­jo que el euro­peo y acom­paña­do con can­tos, bailes y cere­mo­nias dramá­ti­cas. Pres­ta­ban mucha aten­ción al desar­rol­lo de la per­so­na­li­dad, la fuer­za de la volun­tad, la inde­pen­den­cia y la flexi­bi­li­dad, la pasión y la poten­cia, a sus rela­ciones inter­per­so­nales y con la natu­ra­le­za.

John Col­lier, un estu­dio­so ame­ri­ca­no que convi­vió con los indios en los años veinte y trein­ta en el suroeste ame­ri­ca­no, comentó de su espí­ri­tu : « Si pudié­ra­mos adop­tar­lo noso­tros, habría una tier­ra eter­na­mente inago­table y una paz que duraría por los siglos de los siglos ».[…] Pero aún a expen­sas de la imper­fec­ción que conl­le­van los mitos, baste para que nos haga cues­tio­nar ‑en ese perío­do y en el nues­tro- la excu­sa del pro­gre­so que respal­da el exter­mi­nio de las razas, y la cos­tumbre de contarse la his­to­ria desde la ópti­ca de los conquis­ta­dores y los líderes de la civi­li­za­ción occi­den­tal.

Escla­vi­tud y Liber­tad en los Esta­do Uni­dos [Ter­ri­to­rios escla­vos (gra­da­ción azul) y libres (gra­dua­ciones en rosa)].

Capítulo 2 ESTABLECIENDO LA BARRERA RACIAL [extracto]

No hay país en la his­to­ria mun­dial en el que el racis­mo haya teni­do un papel tan impor­tante y durante tan­to tiem­po como en los Esta­dos Uni­dos. El pro­ble­ma de la « bar­re­ra racial » o color line ‑en pala­bras de W.E.B. Du Bois- todavía colea. […]

En las colo­nias ingle­sas, la escla­vi­tud pasó rápi­da­mente a ser una ins­ti­tu­ción estable, la rela­ción labo­ral nor­mal entre negros y blan­cos. Jun­to a ella se desar­rolló ese sen­ti­mien­to racial espe­cial ‑sea odio, menos­pre­cio, pie­dad o pater­na­lis­mo- que acom­pañaría la posi­ción infe­rior de los negros en Amé­ri­ca durante los 350 años siguientes esa com­bi­na­ción de ran­go infe­rior y de pen­sa­mien­to peyo­ra­ti­vo que lla­ma­mos « racis­mo ».

Todas las expe­rien­cias que vivie­ron los pri­me­ros colo­nos blan­cos empu­ja­ron y pre­sio­na­ron para que se pro­du­je­ra la escla­vi­tud de los negros.

Los vir­gi­nia­nos de 1619 nece­si­ta­ban deses­pe­ra­da­mente mano de obra para culti­var sufi­ciente comi­da como para sobre­vi­vir. Entre ellos esta­ban los super­vi­vientes del invier­no de 1609–1610, el « tiem­po de ham­bru­na » o star­ving time, cuan­do, enlo­que­ci­dos de hambre, erra­ban por los bosques en bus­ca de fru­tos secos y bayas, abrie­ron las tum­bas para comerse los cadá­veres, y murie­ron en masa has­ta que, de qui­nien­tos colo­nos, tan sólo que­da­ron sesen­ta. Los vir­gi­nia­nos nece­si­ta­ban mano de obra para culti­var el tri­go de la sub­sis­ten­cia y el taba­co para la expor­ta­ción. Aca­ba­ban de ente­rarse de cómo se culti­va­ba el taba­co, y, en 1617, envia­ron a Ingla­ter­ra el pri­mer car­ga­men­to. Cuan­do vie­ron que, al igual que todos los narcó­ti­cos aso­cia­dos con la desa­pro­ba­ción social, se vendía a buen pre­cio, los agri­cul­tores, tratán­dose de algo tan pro­ve­cho­so, no hicie­ron dema­sia­das pre­gun­tas ‑a pesar de lle­narse la boca de reli­gio­si­dad.

No podían obli­gar a los indios a tra­ba­jar para ellos como había hecho Colón. Los ingleses eran muchos menos y aunque pudie­sen exter­mi­nar a los indios con sus sofis­ti­ca­das armas de fue­go, a cam­bio se verían expues­tos a las masacres indias. No podían cap­tu­rar­los y man­te­ner­los como escla­vos, los indios eran duros, inge­nio­sos, desa­fiantes, y esta­ban tan adap­ta­dos a estos bosques como mal adap­ta­dos lo esta­ban los tras­plan­ta­dos ingleses. Puede que haya habi­do una espe­cie de rabia frus­tra­da res­pec­to a su pro­pia inep­ti­tud en com­pa­ra­ción con la super­io­ri­dad india para cui­darse y que esto haya pre­dis­pues­to a los vir­gi­nia­nos a ser amos de los escla­vos. Edmund Mor­gan ima­gi­na su esta­do de áni­mo mien­tras escribe en su libro Ame­ri­can Sla­ve­ry, Amett­can Free­dom :

Si eras colo­no, sabías que tu tec­no­logía era super­ior a la de los indios. Sabías que eras civi­li­za­do, y que ellos eran sal­vajes. Pero tu tec­no­logía super­ior se había mostra­do insu­fi­ciente para extra­er nada. Los indios, en su ais­la­mien­to, se reían de tus méto­dos super­iores y vivían de la tier­ra con mas abun­dan­cia y con menos mano de obra que tú. Y cuan­do tu pro­pia gente empezó a deser­tar para vivir con ellos, resultó ser dema­sia­do. Así que mataste a los indios, les tor­tu­raste, que­maste sus pobla­dos, sus cam­pos de tri­go. Eso pro­ba­ba tu super­io­ri­dad a pesar de tus fal­los. Y te des­pa­chaste igual con cual­quie­ra de los tuyos que haya sucum­bi­do a su sal­vaje modo de vida. Pero aun así, no culti­vaste dema­sia­do tri­go.

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La respues­ta esta­ba en los escla­vos negros.[…] Los indios esta­ban en su pro­pias tier­ras. Los blan­cos esta­ban en su entor­no cultu­ral euro­peo. A los negros se les había arran­ca­do de su tier­ra y de su entor­no cultu­ral. Se les obli­ga­ba a vivir en una situa­ción en que poco a poco que­da­ban exter­mi­na­dos sus hábi­tos lingüís­ti­cos, su for­ma de ves­tir, sus tra­di­ciones y sus rela­ciones fami­liares, sólo dejan­do los dese­chos que los negros no per­derían por su extra­or­di­na­ria per­se­ve­ran­cia.[…]

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Edi­ción-Résu­men : San­tia­go Per­ales

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