El siguiente tex­to fue publi­ca­do en 1990 por las edi­ciones de la revis­ta Ency­clo­pé­die des Nui­sances (EdN) de James Sem­prun, desde entonces este no ha per­di­do actua­li­dad.


« Aunque la pros­pe­ri­dad econó­mi­ca es en cier­to sen­ti­do incom­pa­tible con la pro­tec­ción de la natu­ra­le­za, nues­tra pri­me­ra tarea debe consis­tir en tra­ba­jar dura­mente a fin de har­mo­ni­zar una con la otra »

Shi­ge­ru Ishi­mo­to (Pre­mier ministre japo­nais), Le Monde diplo­ma­tique, mars 1989

«… dado que el medioam­biente no da lugar a los inter­cam­bios comer­ciales, ningún meca­nis­mo se opone a su des­truc­ción. Por lo tan­to, para per­pe­tuar el concep­to de racio­na­li­dad econó­mi­ca, se nece­si­ta encon­trar la mane­ra de dar un pre­cio al medioam­biente, o sea, tra­du­cir su valor en tér­mi­nos mone­ta­rios …»

Her­vé Kempf, L’Économie à l’épreuve de l’écologie, 1991

« Catorce grandes gru­pos indus­triales aca­ban de crear Empre­sas a favor del medioam­biente, una aso­cia­ción des­ti­na­da a favo­ri­zar sus acciones comunes en el cam­po del medioam­biente, pero tam­bién para defen­der su pun­to de vis­ta. El pre­si­dente de la aso­cia­ción es el Direc­tor Eje­cu­ti­vo de Rhône-Pou­lenc, Jean-René Four­tou. […] Las socie­dades fun­da­do­ras, de las cuales la mayoría ope­ran en sec­tores que gene­ran mucha conta­mi­na­ción, ya invier­ten un total de 10 billones de fran­cos por año en el medioam­biente, ha recor­da­do Jean-René Four­tou. Además, hizo hin­ca­pié sobre el hecho que la aso­cia­ción conta­ba actuar como Lob­by tan­to entre las auto­ri­dades fran­ce­sas como entre las euro­peas, espe­cial­mente en lo que res­pec­ta a la ela­bo­ra­ción de nor­mas y de la legis­la­ción sobre el medioam­biente »

Libé­ra­tion, 18 mars 1992

Mensaje dirigido a todos aquellos que no quieren administrar la nocivilisad sino suprimirla

 

Nues­tra épo­ca puede tener la cer­te­za, al menos, de una cosa : no se des­com­pon­drá en paz. Los resul­ta­dos de su incons­cien­cia han ido acu­mulán­dose has­ta lle­gar a poner en peli­gro la segu­ri­dad mate­rial, la conquis­ta de la cual consti­tuía su úni­ca jus­ti­fi­ca­ción. Y en lo que concierne a la vida pro­pia­mente dicha — cos­tumbres, comu­ni­ca­ción, sen­si­bi­li­dad, crea­ción — la épo­ca no ha traí­do consi­go más que podre­dumbre y regre­sión.

Toda socie­dad es, en prin­ci­pio, en tan­to que orga­ni­za­ción de la super­vi­ven­cia colec­ti­va, una for­ma de apro­pia­ción de la natu­ra­le­za. Debi­do a la cri­sis actual del uso de la natu­ra­le­za, de nue­vo se plan­tea, y esta vez uni­ver­sal­mente, la cues­tión social. Por no haber sido resuel­ta antes de que los medios mate­riales, cientí­fi­cos y téc­ni­cos, per­mi­tie­ran alte­rar fun­da­men­tal­mente las condi­ciones de vida, la cues­tión social rea­pa­rece jun­to con la nece­si­dad vital de cues­tio­nar las jerar­quías irres­pon­sables que mono­po­li­zan dichos medios.

Con el fin de reme­diar lo dicho ante­rior­mente, los dueños de la socie­dad han deci­di­do uni­la­te­ral­mente decre­tar el esta­do de urgen­cia ecoló­gi­co. Pero, ¿que bus­can con su catas­tro­fis­mo inter­esa­do, ensom­bre­cien­do la des­crip­ción de un desastre hipo­té­ti­co y pro­nun­cian­do dis­cur­sos tan­to más alar­mis­tas cuan­to que se refie­ren a pro­ble­mas sobre los cuales la pobla­ción ato­mi­za­da no posee ningún medio de acción direc­ta ? ¿No será la ocul­ta­ción del desastre real, para el que no hace fal­ta ser físi­co, cli­mató­lo­go o demó­gra­fo para pro­nun­ciarse al res­pec­to ? Porque com­pro­ba­mos a cada momen­to el constante empo­bre­ci­mien­to del mun­do cau­sa­do por la eco­nomía moder­na, que se desar­rol­la en todos los domi­nios a expen­sas de la vida : con sus devas­ta­ciones, des­truye las bases bioló­gi­cas, somete todo el espa­cio-tiem­po social a las nece­si­dades poli­ciales de su fun­cio­na­mien­to y reem­pla­za toda rea­li­dad, antaño nor­mal­mente acce­sible, por un sucedá­neo, cuyo conte­ni­do de auten­ti­ci­dad resi­dual es pro­por­cio­nal al pre­cio (ya no es nece­sa­rio crear alma­cenes reser­va­dos a la nomenk­la­tu­ra, el mer­ca­do se encar­gará de ello).

Cuan­do los admi­nis­tra­dores de la pro­duc­ción se per­ca­tan de la fra­gi­li­dad de su mun­do al contem­plar la noci­vi­dad de sus resul­ta­dos, aún sacan de ello argu­men­tos para pre­sen­tarse, ava­la­dos por sus exper­tos, como sal­va­dores. El esta­do de urgen­cia ecoló­gi­co es a la vez una eco­nomía de guer­ra, que movi­li­za la pro­duc­ción al ser­vi­cio de los inter­eses comunes defi­ni­dos por el Esta­do, y una guer­ra de la eco­nomía diri­gi­da contra la ame­na­za de los movi­mien­tos de pro­tes­ta que la cri­ti­quen sin rodeos.

La pro­pa­gan­da de los diri­gentes del Esta­do y de la indus­tria pre­sen­ta como úni­ca pers­pec­ti­va de sal­va­ción la pro­se­cu­ción del desar­rol­lo econó­mi­co, cor­re­gi­do con las medi­das que la defen­sa de la super­vi­ven­cia impone : ges­tión regu­la­da de los « recur­sos », inver­siones para eco­no­mi­zar la natu­ra­le­za, o sea, para trans­for­mar­la inte­gral­mente en mate­ria de ges­tión econó­mi­ca, desde el agua del sub­sue­lo has­ta el ozo­no de la atmós­fe­ra.

La domi­na­ción no cesa de per­fec­cio­nar, a todos los efec­tos, sus medios repre­si­vos : en « Ciga­ville », deco­ra­do urba­no construi­do en Dor­dogne des­pués de Mayo del 68 para entre­te­ner a los gen­darmes móviles, se simu­lan en las calles colin­dantes « fal­sos ataques de coman­dos anti­nu­cleares » ; en la cen­tral nuclear de Bel­le­ville, los res­pon­sables apren­den téc­ni­cas de mani­pu­la­ción de la infor­ma­ción simu­lan­do un acci­dente grave. Pero el per­so­nal des­ti­na­do al control social se dedi­ca más que nada a la pre­ven­ción de cual­quier desar­rol­lo de la crí­ti­ca de los fenó­me­nos noci­vos que apunte hacia la crí­ti­ca de la eco­nomía que los engen­dra. Se pre­di­ca la dis­ci­pli­na a los ejér­ci­tos del consu­mo, como si fue­ran nues­tras fas­tuo­sas extra­va­gan­cias las que hubie­ran roto el equi­li­brio ecoló­gi­co y no, en cam­bio, el absur­do de una pro­duc­ción impues­ta ; se pre­go­na un nue­vo civis­mo según el cual todo el mun­do es cor­res­pon­sable de la ges­tión de los fenó­me­nos noci­vos, en per­fec­ta igual­dad demo­crá­ti­ca : desde el conta­mi­na­dor de base, que cada maña­na libe­ra clo­ro­fluo­ro­car­bo­na­dos cuan­do se afei­ta, al indus­trial quí­mi­co… y la ideo­logía de la super­vi­ven­cia (« Todos uni­dos para sal­var la Tier­ra, o el Loi­ra, o a las crías de foca ») sirve para incul­car esa clase de « rea­lis­mo » y de « sen­ti­do de la res­pon­sa­bi­li­dad » que lle­va a la gente a asu­mir los efec­tos de la incons­cien­cia de los exper­tos y, por tan­to, a dar un rele­vo a la domi­na­ción, pues­to que le pro­por­cio­na sobre la mar­cha, de un lado, una opo­si­ción de las lla­ma­das construc­ti­vas y, del otro, arre­glos de detalle.

  El eco­lo­gis­mo es el prin­ci­pal agente de la cen­su­ra de la crí­ti­ca social latente en la lucha contra los fenó­me­nos nocivos[1], es decir, esa ilu­sión según la cual se podrían conde­nar los resul­ta­dos del tra­ba­jo alie­na­do sin ata­car al pro­pio tra­ba­jo y a la socie­dad fun­da­da en la explo­ta­ción del tra­ba­jo. Aho­ra que todos los hombres de Esta­do se vuel­ven eco­lo­gis­tas, los eco­lo­gis­tas no dudan en decla­rarse par­ti­da­rios del Esta­do. A decir ver­dad, no han cam­bia­do un ápice desde sus velei­dades “alter­na­ti­vas” de los años seten­ta. Pero hoy ocurre que en todas partes les ofre­cen car­gos, fun­ciones, cré­di­tos, y los eco­lo­gis­tas lo acep­tan todo sin la menor obje­ción, tan ver­dad es que nun­ca rom­pie­ron en rea­li­dad con la sin­razón domi­nante.

Los eco­lo­gis­tas son, en el ter­re­no de la lucha contra los fenó­me­nos noci­vos, lo que son, en el ter­re­no de las luchas obre­ras, los sin­di­ca­lis­tas : meros inter­me­dia­rios inter­esa­dos en la conser­va­ción de las contra­dic­ciones, cuya regu­la­ción ellos mis­mos ase­gu­ran ; unos nego­cia­dores abo­ca­dos al rega­teo (en este caso la revi­sión de las nor­mas y de las tasas de noci­vi­dad reem­pla­zan a los por­cen­tajes de subi­da de los sala­rios); meros defen­sores de lo cuan­ti­ta­ti­vo en el momen­to en que el cál­cu­lo econó­mi­co se extiende a nue­vos domi­nios (el aire, el agua, los embriones huma­nos, la socia­bi­li­dad sin­té­ti­ca); en defi­ni­ti­va, son los nue­vos comi­sio­nis­tas de un some­ti­mien­to a la eco­nomía, el pre­cio del cual tiene que inte­grar, aho­ra, el cos­to de un “entor­no de cali­dad”. Ya se puede vis­lum­brar una redis­tri­bu­ción del ter­ri­to­rio entre zonas sacri­fi­ca­das y zonas pro­te­gi­das, coad­mi­nis­tra­da por exper­tos “verdes”, una divi­sión espa­cial que regu­lará el acce­so jerar­qui­za­do a la mer­cancía-natu­ra­le­za. Pero radio­ac­ti­vi­dad, habrá para todos.

Decir que la prác­ti­ca de los eco­lo­gis­tas es refor­mis­ta sería hon­rarles dema­sia­do, pues­to que dicha prác­ti­ca se ins­cribe, direc­ta y deli­be­ra­da­mente, en la lógi­ca de la domi­na­ción capi­ta­lis­ta, que extiende sin para mediante sus pro­pias des­truc­ciones el ter­re­no en donde se ejer­ci­ta. En medio de tal pro­duc­ción cícli­ca de males y de reme­dios agra­vantes, el eco­lo­gis­mo no habrá sido sino el ejér­ci­to de guer­ra de una épo­ca de buro­cra­ti­za­ción, en la que con mayor fre­cuen­cia la “racio­na­li­dad” es defi­ni­da sin contar ni con los indi­vi­duos concer­ni­dos ni con ningún cono­ci­mien­to rea­lis­ta, con las catás­trofes reno­va­das que todo ello impli­ca.

No fal­tan ejem­plos recientes que mues­tran a qué velo­ci­dad se ins­ta­la la admi­nis­tra­ción de los fenó­me­nos noci­vos que inte­gra al eco­lo­gis­mo. Dejan­do aparte ya a las mul­ti­na­cio­nales de la “pro­tec­ción de la natu­ra­le­za” como por ejem­plo el World Wild Fund y Green­peace, « Ami­gos de la Tier­ra » amplia­mente finan­cia­dos por la Secre­taría de Esta­do para el Medio Ambiente, o Verdes esti­lo Waetcher[2], com­pin­cha­dos con la Lyorn­naise des Eaux[3] en la explo­ta­ción del mer­ca­do del sanea­mien­to, exis­ten semio­po­nentes a la noci­vi­dad de todo pelo, que siempre se han limi­ta­do a una crí­ti­ca téc­ni­ca de los fenó­me­nos noci­vos y siempre han recha­za­do la crí­ti­ca social, coop­ta­dos por las ins­tan­cias esta­tales de control y de regu­la­ción, cuan­do no por la mis­ma indus­tria de la des­con­ta­mi­na­ción. Por ejem­plo, un labo­ra­to­rio inde­pen­diente como la CRII-RAD[4], fun­da­do tras lo de Cher­no­bil ‑inde­pen­diente del Esta­do pero no de las ins­ti­tu­ciones regio­nales y locales‑, tomó por úni­co obje­ti­vo “la defen­sa de los consu­mi­dores » mediante la conta­bi­li­dad de sus bec­que­re­lios. Tal clase de « defen­sa » neo­sin­di­cal del ofi­cio de consu­mi­dor ‑el últi­mo de los ofi­cios- lle­va a no ata­car a la des­po­se­sión que, al pri­var a los indi­vi­duos de todo poder de deci­sión en la pro­duc­ción de sus condi­ciones de exis­ten­cia, garan­ti­za que deberán de conti­nuar sopor­tan­do lo que otros esco­gie­ron y conti­nuar depen­dien­do de espe­cia­lis­tas incon­tro­lables para ente­rarse, o no, de la noci­vi­dad que ello tra­jo consi­go. No nos puede sor­pren­der que des­pués la pre­si­den­ta de la CRII-RAD, Michéle Riva­si, haya sido nom­bra­da para un pues­to en la Agen­cia Nacio­nal de Cali­dad del Aire ; en ese lugar su inde­pen­den­cia podrá rea­li­zarse al ser­vi­cio de la del Esta­do. Tam­po­co nos extra­ñará que los exper­tos tími­da­mente anti­nu­cleares del GSIEN[5], a fuer­za de consi­de­rar cientí­fi­co el no pro­nun­ciarse radi­cal­mente contra el deli­rio nuclea­ris­ta, sal­gan fia­dores de la nue­va pues­ta en mar­cha de la cen­tral de Fes­sen­heim, antes de que un nue­vo escape « acci­den­tal » de radiac­ti­vi­dad no vinie­ra, poco des­pués, a apor­tar el dic­ta­men per­icial de su rea­lis­mo ; ni tam­po­co que los boys­couts de « Robin des bois »[6], tre­pan­do por el « par­te­na­ria­do », se aso­cien con un indus­trial en la pro­duc­ción de « resi­duos lim­pios » y defien­dan el proyec­to « Geo­fix » de basu­ra quí­mi­ca en los Alpes de la Alta Pro­ven­za.

El obje­ti­vo de esta inten­sa acti­vi­dad de lava­do es pre­vi­sible en su tota­li­dad : una « des­con­ta­mi­na­ción » basa­da en el mode­lo de lo que fue “la extin­ción del pau­pe­ris­mo » por medio de la abun­dan­cia al ser­vi­cio del mer­ca­do (camu­flaje de la mise­ria visible, empo­bre­ci­mien­to real de la vida); los cos­to­sos y por lo tan­to pro­ve­cho­sos palia­ti­vos suce­si­va­mente apli­ca­dos a estra­gos ante­riores, entre­mez­clan­do las des­truc­ciones — que continúan y conti­nuarán — con recons­truc­ciones frag­men­ta­rias y sanea­mien­tos par­ciales. Cier­tos fenó­me­nos noci­vos, homo­lo­ga­dos como tales por los exper­tos, serán toma­dos en consi­de­ra­ción en la medi­da exac­ta en que su tra­ta­mien­to consti­tuya una acti­vi­dad econó­mi­ca ren­table. Otros, en gene­ral los más graves, conti­nuarán exis­tien­do clan­des­ti­na­mente, al mar­gen de la nor­ma, como por ejem­plo las dosis débiles de radia­ción o las mani­pu­la­ciones gené­ti­cas que pre­pa­ran los Sidas del maña­na. Final­mente, y por enci­ma de todo, el desar­rol­lo prolí­fi­co de una nue­va buro­cra­cia encar­ga­da del control con el pre­tex­to de la racio­na­li­za­ción, no conse­guirá más que pro­fun­di­zar en esa irra­cio­na­li­dad especí­fi­ca que expli­ca todas las demás, desde la cor­rup­ción ordi­na­ria has­ta las catás­trofes extra­or­di­na­rias : la divi­sión de la socie­dad entre diri­gentes espe­cia­lis­tas de la super­vi­ven­cia y « consu­mi­dores » igno­rantes e impo­tentes de dicha super­vi­ven­cia, últi­mo ros­tro de la socie­dad de clases. ¡Des­gra­cia­dos aquel­los que nece­si­ten de espe­cia­lis­tas hones­tos y de diri­gentes ilus­tra­dos !

No es por una espe­cie de puris­mo extre­mis­ta ni, menos aún, por una polí­ti­ca del esti­lo « cuan­to peor, mejor », por lo que hay que des­mar­carse vio­len­ta­mente de todos los orde­na­dores eco­lo­gis­tas de la eco­nomía : es sim­ple­mente por rea­lis­mo ante el deve­nir patente de todo el asun­to. El desar­rol­lo conse­cuente de la lucha contra la noci­vi­dad exige la cla­ri­fi­ca­ción, mediante tan­tas denun­cias ejem­plares como hagan fal­ta, de la opo­si­ción entre los ecoló­cra­tas ‑aquel­los que sacan poder de la cri­sis ecoló­gi­ca- y aquel­los que no tie­nen inter­eses dis­tin­tos del conjun­to de los indi­vi­duos des­po­seí­dos y del movi­mien­to que les puede situar en condi­ciones de supri­mir la noci­vi­dad, gra­cias al « des­man­te­la­mien­to razo­na­do de la pro­duc­ción ente­ra de mer­cancías ». Si los que quie­ren supri­mir la noci­vi­dad se hal­lan por fuer­za en el mis­mo ter­re­no que los que quie­ren admi­nis­trar­la, deben, en cam­bio, estar pre­sentes en él como ene­mi­gos, so pena de verse redu­ci­dos al papel de figu­rantes frente a los proyec­tores de los escenó­gra­fos de la orde­na­ción ter­ri­to­rial. Sólo pue­den real­mente ocu­par el ter­re­no, es decir, encon­trar los medios de trans­for­mar­lo, afir­man­do, sin conce­siones, la crí­ti­ca social de la noci­vi­dad y de sus ges­tores, tan­to de los ins­ta­la­dos como de los pos­tu­lantes.

El cami­no que va desde la contes­ta­ción de las jerar­quías irres­pon­sables has­ta la ins­ta­la­ción de un control social que domine conscien­te­mente los medios mate­riales y téc­ni­cos, pasa por una crí­ti­ca uni­ta­ria de la noci­vi­dad y, por consi­guiente, por el redes­cu­bri­mien­to de todos los ante­riores pun­tos de apli­ca­ción de la insu­mi­sión : el tra­ba­jo asa­la­ria­do, a cuyos pro­duc­tos social­mente noci­vos les cor­res­ponde el efec­to des­truc­tor sobre los pro­pios asa­la­ria­dos, has­ta el pun­to de no poder sopor­tar­lo sino con gran pro­vi­sión de tran­qui­li­zantes y dro­gas de todas clases ; la colo­ni­za­ción total de la comu­ni­ca­ción por el espectá­cu­lo, pues­to que a la fal­si­fi­ca­ción de las rea­li­dades le ha de cor­res­pon­der la fal­si­fi­ca­ción de la expre­sión social de las mis­mas ; el desar­rol­lo tec­noló­gi­co que acre­cien­ta exclu­si­va­mente, a expen­sas de toda auto­nomía indi­vi­dual o colec­ti­va, la sumi­sión al poder cada vez más concen­tra­do ; la pro­duc­ción de mer­cancías en tan­to que pro­duc­ción de fenó­me­nos noci­vos ; y final­mente, « el Esta­do en tan­to que fenó­me­no noci­vo abso­lu­to, que contro­la dicha pro­duc­ción y orga­ni­za su per­cep­ción, pro­gra­man­do sus umbrales de tole­ran­cia ».

El des­ti­no final del eco­lo­gis­mo ha demo­stra­do, has­ta a los más inge­nuos, que no se puede luchar de ver­dad contra nada si se acep­tan las sepa­ra­ciones de la socie­dad domi­nante. La agra­va­ción de la cri­sis de la super­vi­ven­cia y los movi­mien­tos de pro­tes­ta que sus­ci­ta empu­jan a una frac­ción del per­so­nal tec­no­cientí­fi­co a no iden­ti­fi­carse con la insen­sa­ta hui­da hacia delante de la reno­va­ción tec­noló­gi­ca. Entre aquel­los que, de esta for­ma, se aproxi­man a un pun­to de vis­ta crí­ti­co, todavía muchos, deján­dose lle­var por su incli­na­ción socio­pro­fe­sio­nal, tra­tarán de reci­clar su sta­tus de exper­to hacia una contes­ta­ción « razo­nable » y, por tan­to, tra­tarán de que pre­va­lez­ca una denun­cia frag­men­ta­da de la sin­razón en el poder, ate­nién­dose sólo a los aspec­tos pura­mente téc­ni­cos, es decir, a los que parez­can téc­ni­cos. En contra de una crí­ti­ca todavía sepa­ra­da y espe­cia­li­za­da de los fenó­me­nos noci­vos, la defen­sa de las simples exi­gen­cias uni­ta­rias de la crí­ti­ca social no signi­fi­ca sola­mente la rea­fir­ma­ción, en tan­to que obje­ti­vo total, de que no se tra­ta de conven­cer a los exper­tos en el poder para que cam­bien, sino de abo­lir las condi­ciones que hacen nece­sa­rios a los exper­tos y a la espe­cia­li­za­ción del poder ; tam­bién es un impe­ra­ti­vo tác­ti­co de una lucha que no ha de hablar el len­guaje de los espe­cia­lis­tas si real­mente quiere hal­lar alia­dos, cuan­do se diri­ja a todos aquel­los que no tie­nen ningún poder en tan­to que espe­cia­lis­tas de lo que fuere.

Del mis­mo modo que antes se contra­ponía —y aún hoy se sigue hacien­do— el inter­és gene­ral de la eco­nomía a las rei­vin­di­ca­ciones de los asa­la­ria­dos, en la actua­li­dad, los pla­ni­fi­ca­dores de la basu­ra y demás doc­to­ra­dos en des­per­di­cios no se pri­van de denun­ciar el egoís­mo cie­go e irres­pon­sable de quienes se yer­guen contra un fenó­me­no noci­vo local —ya sean resi­duos, auto­pis­ta, tren de alta velo­ci­dad, etc.— sin pararse a consi­de­rar que en algún lugar hay que meter­lo. Sólo cabe una respues­ta digna ante tal chan­taje al inter­és gene­ral : afir­mar que, cuan­do no se desean fenó­me­nos noci­vos en parte algu­na, se han de recha­zar ejem­plar­mente don­de­quie­ra que se hal­len. Y en conse­cuen­cia, hay que pre­pa­rar las luchas contra los fenó­me­nos noci­vos mediante la expre­sión de las razones uni­ver­sales de cual­quier pro­tes­ta par­ti­cu­lar. El hecho de que indi­vi­duos que sólo se repre­sen­tan a sí mis­mos, sin invo­car nin­gu­na cua­li­fi­ca­ción ni espe­cia­li­dad, se tomen la liber­tad de aso­ciarse para pro­cla­mar y poner en prác­ti­ca el jui­cio que les merece este mun­do pare­cerá poco rea­lis­ta a la gente de una épo­ca para­li­za­da por el ais­la­mien­to y el sen­ti­mien­to de fata­li­dad que sus­ci­ta. Sin embar­go, ante tan­to pseu­do­su­ce­so fabri­ca­do en cade­na, un hecho se empeña en ridi­cu­li­zar tan­to los cál­cu­los desde arri­ba como el cinis­mo desde aba­jo : todas las aspi­ra­ciones a una vida libre y todas las nece­si­dades huma­nas, empe­zan­do por las más ele­men­tales, conver­gen en la urgen­cia histó­ri­ca de poner pun­to final a los estra­gos de la demen­cia econó­mi­ca. De tan inmen­sa reser­va de rebeldía úni­ca­mente puede salir una total fal­ta de respe­to a las irri­so­rias o innobles nece­si­dades en las cuales la socie­dad pre­sente se reco­noce.

Quienes, en un conflic­to par­ti­cu­lar, crean que no hay que dejar estar las cosas cuan­do su pro­tes­ta dé resul­ta­dos par­ciales, han de consi­de­rar­la un momen­to de la autoor­ga­ni­za­ción de los indi­vi­duos des­po­seí­dos en pos de un movi­mien­to anti­es­ta­tis­ta y anti­econó­mi­co gene­ral : esta ambi­ción les ser­virá de cri­te­rio y de eje de refe­ren­cia para juz­gar y conde­nar, adop­tar o recha­zar, tal o cual medio de lucha contra los fenó­me­nos noci­vos. Hay que apoyar todo lo que favo­rez­ca la apro­pia­ción direc­ta por parte de los indi­vi­duos aso­cia­dos de su pro­pia acti­vi­dad, comen­zan­do por su acti­vi­dad crí­ti­ca contra tal o cual aspec­to de la pro­duc­ción de fenó­me­nos noci­vos ; hay que com­ba­tir todo lo que contri­buya a des­po­seerles de los pri­me­ros momen­tos de su lucha y, por tan­to, a refor­zar su pasi­vi­dad y su ais­la­mien­to. ¿De qué modo ser­viría a la lucha de los indi­vi­duos por el control de sus condi­ciones de exis­ten­cia ‑en una pala­bra, a la lucha por la rea­li­za­ción de la demo­cra­cia- todo aquel­lo que per­petúa la vie­ja men­ti­ra de la repre­sen­ta­ción sepa­ra­da, ya sean repre­sen­tantes incon­tro­la­dos o bien por­ta­voces abu­si­vos ? La des­po­se­sión se ve recon­du­ci­da y rati­fi­ca­da, cla­ro está, no sólo por el elec­to­ra­lis­mo, sino tam­bién por la ilu­so­ria bús­que­da de la « efi­ca­cia mediá­ti­ca » que, trans­for­man­do a los indi­vi­duos en espec­ta­dores de una cau­sa cuya for­mu­la­ción y exten­sión ya no contro­lan, los convierte en masa de manio­bra de diver­sos lob­bies, más o menos com­pe­ti­dores entre sí en la mani­pu­la­ción de la ima­gen de la pro­tes­ta.

En conse­cuen­cia, hay que tra­tar como recu­pe­ra­dores a todos los que con su pre­ten­di­do rea­lis­mo inten­tan abor­tar, gra­cias a la orga­ni­za­ción de jaleo mediá­ti­co, las ten­ta­ti­vas de expre­sión direc­ta, sin inter­me­dia­rios ni avales de espe­cia­lis­tas, del dis­gus­to y de la ira que sus­ci­tan las cala­mi­dades de un modo de pro­duc­ción ‑sir­van como ejem­plo el inten­to de desa­cre­di­tar la pro­tes­ta de los habi­tantes de Montchanin[7] por parte de Vergés[8] con su pre­sen­cia en tan­to que abo­ga­do de cual­quier cau­sa dudo­sa, y la igno­mi­nia de la moder­na « mafia de la emo­ción » apo­derán­dose de los « niños de Cher­no­bil » para conver­tir­los en tema de « Télé­thon »[9]. En el momen­to en que el Esta­do ofrece a las pro­tes­tas locales el ter­re­no de los pro­ce­di­mien­tos jurí­di­cos y admi­nis­tra­ti­vos para que se pier­dan en él, hay que denun­ciar la ilu­sión de una vic­to­ria san­cio­na­da por abo­ga­dos y exper­tos : a tal fin baste con recor­dar que un conflic­to de tal clase no se zan­ja nun­ca en fun­ción del dere­cho, sino en fun­ción de una cor­re­la­ción de fuer­zas extra­jurí­di­ca, tal como lo demues­tran, por ejem­plo, la construc­ción del puente de la isla de Re, rea­li­za­da a pesar de varios jui­cios gana­dos en contra, y el aban­do­no de la cen­tral nuclear de Plo­goff que en abso­lu­to fue resul­ta­do de un pro­ce­di­mien­to legal.

Los medios han de variar jun­to con las oca­siones, y ha de que­dar cla­ro que todos los medios son bue­nos si se enfren­tan a la apatía ante la fata­li­dad econó­mi­ca y si pro­mue­ven deseos de inter­ven­ción contra la suerte que nos está des­ti­na­da. Si los movi­mien­tos contra la noci­vi­dad, en Fran­cia, son todavía débiles, hoy por hoy consti­tuyen el úni­co ter­re­no prác­ti­co en donde la exis­ten­cia social vuelve a dis­cu­tirse. Los diri­gentes esta­tales son muy conscientes del peli­gro que esto repre­sen­ta para una socie­dad cuyas razones ofi­ciales no sopor­tan que se las exa­mine. Para­le­la­mente a la neu­tra­li­za­ción mediante la confu­sión mediá­ti­ca y a la inte­gra­ción de los líderes eco­lo­gis­tas, los diri­gentes pro­cu­ran no dejar que ningún conflic­to par­ti­cu­lar se convier­ta en un impe­di­men­to para sus propó­si­tos, cosa que daría a la contes­ta­ción un polo de uni­fi­ca­ción y al mis­mo tiem­po un lugar mate­rial de reu­nión y de comu­ni­ca­ción crí­ti­ca. Por esa razón fue deci­di­do el « apar­ca­mien­to » de toda deci­sión concer­niente a los lugares de empla­za­mien­to de depó­si­tos radiac­ti­vos o a la orde­na­ción de la cuen­ca del Loi­ra, a fin de fati­gar a la base de las diver­sas pro­tes­tas y per­mi­tir la ins­ta­la­ción de una red de repre­sen­tantes res­pon­sables dis­pues­tos a ser­vir de « indi­ca­dores sociales » ‑para medir la tem­pe­ra­tu­ra local‑, a esce­ni­fi­car la « concer­ta­ción » y a hacer pasar por bue­nas las vic­to­rias amaña­das.

Se nos obje­tará ‑se nos obje­ta ya- que, de todos modos, es impo­sible la supre­sión com­ple­ta de los fenó­me­nos noci­vos y que, por ejem­plo, ahí están los resi­duos nucleares, que van a que­darse con noso­tros más o menos una eter­ni­dad. El argu­men­to evo­ca de cer­ca el de un tor­tu­ra­dor que, tras haber cor­ta­do una mano a su víc­ti­ma, va y le dice que, ya pues­tos, por favor se deje cor­tar de buen gra­do la otra, porque si sólo las nece­si­ta­ba para aplau­dir, para eso hay máqui­nas. ¿Qué opi­nión nos mere­cería el que acep­ta­ra dis­cu­tir el tema « cientí­fi­ca­mente » ?

Resul­ta un hecho cier­to que las ilu­siones de pro­gre­so econó­mi­co han lle­va­do, durante mucho tiem­po, a la his­to­ria huma­na por mal cami­no, y que las conse­cuen­cias de tal extra­vío, caso de que se pudie­ran reme­diar, serán lega­das como heren­cia enve­ne­na­da a la socie­dad libe­ra­da, no sola­mente en for­ma de des­per­di­cios sino tam­bién y sobre todo en for­ma de una deter­mi­na­da orga­ni­za­ción mate­rial de la pro­duc­ción que nece­si­tará ser trans­for­ma­da de arri­ba aba­jo para poder pres­tar ser­vi­cio a una socie­dad libre. Hubie­ra sido mejor no tener esos pro­ble­mas, pero pues­to que están ahí, consi­de­ra­mos que el asu­mir colec­ti­va­mente el pro­ce­so de su pau­la­ti­na desa­pa­ri­ción consti­tuye la úni­ca pers­pec­ti­va posible de la rea­nu­da­ción de la ver­da­de­ra aven­tu­ra huma­na, de la his­to­ria como eman­ci­pa­ción.

La aven­tu­ra comien­za de nue­vo cuan­do los indi­vi­duos hal­lan en la lucha las for­mas de una comu­ni­dad prác­ti­ca que sir­va para lle­var más lejos las conse­cuen­cias de su pro­tes­ta inicial y para desar­rol­lar la crí­ti­ca de las condi­ciones que les son impues­tas. La ver­dad de una comu­ni­dad seme­jante reside en el hecho de que consti­tuye por sí mis­ma una « uni­dad más inte­li­gente que todos sus miem­bros ». El signo de su fra­ca­so será la regre­sión hacia una espe­cie de neo­fa­mi­lia, o sea, hacia una uni­dad menos inte­li­gente que cada uno de sus miem­bros. Un lar­go per­io­do de reac­ción social trae como conse­cuen­cia, jun­to con el ais­la­mien­to y el des­con­cier­to, la caí­da de la gente en el temor a las divi­siones y los conflic­tos a la hora de inten­tar construir un ter­re­no prác­ti­co común. Sin embar­go, jus­ta­mente cuan­do se es mino­ri­ta­rio y se nece­si­tan alia­dos, conviene for­mu­lar una base de acuer­do muy pre­ci­sa y, a par­tir de ella, enta­blar alian­zas y boi­co­tear todo lo que ten­ga que boi­co­tearse.

Ante todo, a fin de deli­mi­tar el ter­re­no de la cola­bo­ra­ción y de las alian­zas, hacen fal­ta cri­te­rios que no sean morales, o sea, basa­dos en una pro­cla­ma­ción de bue­nas inten­ciones o en una supues­ta bue­na volun­tad, etc., sino prác­ti­cos e histó­ri­cos. Una regla de oro : no juz­gar a la gente según sus opi­niones, sino según lo que sus opi­niones hacen de ella. Cree­mos que en este tex­to hemos dado unos cuan­tos ele­men­tos útiles para la defi­ni­ción de tales cri­te­rios. Si que­re­mos pre­ci­sar­los mejor y tra­zar una línea de demar­ca­ción desde donde se orga­nice efi­caz­mente la soli­da­ri­dad, harán fal­ta dis­cu­siones fun­da­das en el aná­li­sis de las condi­ciones concre­tas en las que cada cual se halle inmer­so y en la crí­ti­ca de las ten­ta­ti­vas de inter­ven­ción que se den, comen­zan­do por la pre­sente contri­bu­ción.

La crí­ti­ca social, la acti­vi­dad que la desar­rol­la y la comu­ni­ca, nun­ca ha sido un lugar tran­qui­lo. Hoy en día, un lugar así no existe ‑la basu­ra uni­ver­sal ha lle­ga­do has­ta las cumbres del Hima­laya- y los indi­vi­duos des­po­seí­dos no han de ele­gir entre la tran­qui­li­dad y los dis­tur­bios de un duro com­bate, sino entre dis­tur­bios y com­bates tan­to más ter­ribles por cuan­to que son otros quienes los diri­gen, en su pro­ve­cho además, y dis­tur­bios y com­bates que extien­dan y diri­jan ellos mis­mos por su cuen­ta. El movi­mien­to contra los fenó­me­nos noci­vos triun­fará como movi­mien­to de eman­ci­pa­ción anti­econó­mi­co y anti­es­ta­tis­ta o no triun­fará.

Junio de 1990


[1] La pala­bra NUISANCE, exten­di­da entre la gente de habla fran­ce­sa hacia 1965, que aquí hemos tra­du­ci­do por los tér­mi­nos aproxi­ma­dos de “noci­vi­dad” o de “fenó­me­nos noci­vo”, en los dic­cio­na­rios consul­ta­dos viene expli­ca­da sin­té­ti­ca­mente como “cosa, per­so­na, acción, etc., que cau­sa moles­tia o per­jui­cio”. Se dan como ejem­plos ilus­tra­ti­vos a los mos­qui­tos, los niños imper­ti­nentes, el ori­nar en las paredes, el rui­do ambien­tal y el tirar basu­ras en lugares inapro­pia­dos. Los dic­cio­na­rios que, en tan­to que her­ra­mien­tas de la fal­sa concien­cia de la épo­ca , contri­buyen a la pará­li­sis concep­tual, mediante la cual dicha épo­ca pre­sen­ta de sí mis­ma una ima­gen inmu­table y sin contra­dic­ciones, donde las « nui­sances » son simples baga­te­las. Quienes escri­ben los dic­cio­na­rios no apre­cian en abso­lu­to el aspec­to pro­tei­co de las pala­bras y detes­tan a la evo­lu­ción de su signi­fi­ca­do tan­to como a la pro­pia rea­li­dad cam­biante ; efectúan autén­ti­cos tra­ba­jos de ocul­ta­ción que podrían dela­tarse fácil­mente toman­do ejem­plos mejor indi­ca­dos de inne­gables « nui­sances » : las ins­ti­tu­ciones, el tra­ba­jo asa­la­ria­do, la conta­mi­na­ción, las cen­trales nucleares, el sis­te­ma pro­duc­ti­vo, el urba­nis­mo, la ali­men­ta­ción indus­trial, las neoen­fer­me­dades, el racis­mo, los apa­ra­tos repre­si­vos, los exper­tos, los diri­gentes, etc. Las pala­bras no sola­mente se usan para des­cri­bir la rea­li­dad sino para trans­for­mar­la ; por consi­guiente, su sen­ti­do cami­na contra las fuer­zas que obs­ta­cu­li­zan dicha trans­for­ma­ción. Las pala­bras se ree­la­bo­ran para reve­lar la ver­dad de un mun­do que yace escon­di­do bajo la hoja­ras­ca de un len­guaje cadu­co. Por eso, en direc­ción contra­ria a todos los dic­cio­na­rios exis­tentes, L´ENCYCLOPÉDIE DES NUISANCES tra­ta de hacer públi­ca la dimen­sión histó­ri­ca de las pala­bras, que, para el caso de « nui­sance », equi­vale a la reve­la­ción de la carac­terís­ti­ca más común de la orga­ni­za­ción social actual y del más abun­dante de los efec­tos de la pro­duc­ción moder­na.

Pero los diri­gentes no han de tole­rar que la his­to­ria, a la que tra­tan de supri­mir, les saque mucho tre­cho. Así, recien­te­mente, el tér­mi­no ha cono­ci­do una rede­fi­ni­ción eco­lo­gis­ta. La últi­ma edi­ción de uno de los dic­cio­na­rios alu­di­dos añade : « Conjun­to de fac­tores de ori­gen téc­ni­co (rui­dos, degra­da­ciones, polu­ciones, etc.) o social (aglo­me­ra­ciones, pro­mis­cui­dad) que per­ju­di­can la cali­dad de vida. ‘Nui­sances’ acús­ti­cas, visuales, olfa­ti­vas, quí­mi­cas. ‘Nui­sances’ para el vecin­da­rio de las auto­pis­tas ». Si el eco­lo­gis­mo ha entra­do en el poder, por qué no iba a entrar en los dic­cio­na­rios.

[2] Waet­cher es un líder espe­cial­mente soporí­fe­ro de Los Verdes fran­ceses y dipu­ta­do euro­peo.

[3] Lio­ne­sa de Aguas es una mul­ti­na­cio­nal del tra­ta­mien­to de aguas

[4] CRII-RAD es la Comi­sión Regio­nal inde­pen­diente de Infor­ma­ción sobre la Radiac­ti­vi­dad.

[5] GSIEN es una agru­pa­ción de cientí­fi­cos para la infor­ma­ción sobre la energía nuclear.

[6] Robin de los Bosques es un grupús­cu­lo más acti­vis­ta que Green­peace, de donde pro­cede, espe­cia­li­za­do en ope­ra­ciones espec­ta­cu­lares como esca­lar torres de refri­ge­ra­ción de cen­trales nucleares.

[7] Mont­chain es una ciu­dad de la región fran­ce­sa de Mor­van, en cuya proxi­mi­dad existe un ver­te­de­ro indus­trial que, clan­des­ti­na e ile­gal­mente, durante años, aco­gió resi­duos tóxi­cos de la indus­tria quí­mi­ca euro­pea (y pro­ba­ble­mente los bidones que contenían la dioxi­na de Séve­so).

[8] Ver­gés es un inmun­do abo­ga­do, anti­guo esta­li­nis­ta y ter­cer­mun­dis­ta, espe­cia­lis­ta del plei­to con escán­da­lo en los pro­ce­sos que impli­quen al Esta­do fran­cés como, por ejem­plo, la defen­sa del tor­tu­ra­dor nazi Klaus Bar­bie.

[9] « Télé­thon » es un rea­li­ty show tele­vi­si­vo ultra­cre­ti­ni­zante que ape­la a la cari­dad popu­lar para lle­var a cabo obras de bene­fi­cen­cia.


Tra­duc­ción : Miguel Amo­ros

Del libro « Contra el Des­po­tis­mo de la Velo­ci­dad » (Edi­to­rial VIRUS)

 

Edi­ción : San­tia­go P.

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