El siguiente texto fue publi­cado en 1990 por las ediciones de la revista Ency­clo­pé­die des Nuisances (EdN) de James Semprun, desde entonces este no ha perdido actua­li­dad.


« Aunque la pros­pe­ri­dad econó­mica es en cierto sentido incom­pa­tible con la protec­ción de la natu­ra­leza, nues­tra primera tarea debe consis­tir en trabajar dura­mente a fin de harmo­ni­zar una con la otra »

Shigeru Ishi­moto (Premier ministre japo­nais), Le Monde diplo­ma­tique, mars 1989

« … dado que el medioam­biente no da lugar a los inter­cam­bios comer­ciales, ningún meca­nismo se opone a su destruc­ción. Por lo tanto, para perpe­tuar el concepto de racio­na­li­dad econó­mica, se nece­sita encon­trar la manera de dar un precio al medioam­biente, o sea, tradu­cir su valor en térmi­nos mone­ta­rios … »

Hervé Kempf, L’Éco­no­mie à l’épreuve de l’éco­lo­gie, 1991

« Catorce grandes grupos indus­triales acaban de crear Empre­sas a favor del medioam­biente, una asocia­ción desti­nada a favo­ri­zar sus acciones comunes en el campo del medioam­biente, pero también para defen­der su punto de vista. El presi­dente de la asocia­ción es el Direc­tor Ejecu­tivo de Rhône-Poulenc, Jean-René Four­tou. […] Las socie­dades funda­do­ras, de las cuales la mayoría operan en sectores que gene­ran mucha conta­mi­na­ción, ya invier­ten un total de 10 billones de fran­cos por año en el medioam­biente, ha recor­dado Jean-René Four­tou. Además, hizo hinca­pié sobre el hecho que la asocia­ción contaba actuar como Lobby tanto entre las auto­ri­dades fran­ce­sas como entre las euro­peas, espe­cial­mente en lo que respecta a la elabo­ra­ción de normas y de la legis­la­ción sobre el medioam­biente »

Libé­ra­tion, 18 mars 1992

Mensaje diri­gido a todos aquel­los que no quie­ren admi­nis­trar la noci­vi­li­sad sino supri­mirla

 

Nues­tra época puede tener la certeza, al menos, de una cosa: no se descom­pon­drá en paz. Los resul­ta­dos de su incons­cien­cia han ido acumulán­dose hasta llegar a poner en peli­gro la segu­ri­dad mate­rial, la conquista de la cual consti­tuía su única justi­fi­ca­ción. Y en lo que concierne a la vida propia­mente dicha — costumbres, comu­ni­ca­ción, sensi­bi­li­dad, crea­ción — la época no ha traído consigo más que podre­dumbre y regre­sión.

Toda socie­dad es, en prin­ci­pio, en tanto que orga­ni­za­ción de la super­vi­ven­cia colec­tiva, una forma de apro­pia­ción de la natu­ra­leza. Debido a la crisis actual del uso de la natu­ra­leza, de nuevo se plan­tea, y esta vez univer­sal­mente, la cues­tión social. Por no haber sido resuelta antes de que los medios mate­riales, cientí­fi­cos y técni­cos, permi­tie­ran alte­rar funda­men­tal­mente las condi­ciones de vida, la cues­tión social reapa­rece junto con la nece­si­dad vital de cues­tio­nar las jerarquías irres­pon­sables que mono­po­li­zan dichos medios.

Con el fin de reme­diar lo dicho ante­rior­mente, los dueños de la socie­dad han deci­dido unila­te­ral­mente decre­tar el estado de urgen­cia ecoló­gico. Pero, ¿que buscan con su catas­tro­fismo inter­esado, ensom­bre­ciendo la descrip­ción de un desastre hipo­té­tico y pronun­ciando discur­sos tanto más alar­mis­tas cuanto que se refie­ren a proble­mas sobre los cuales la pobla­ción atomi­zada no posee ningún medio de acción directa? ¿No será la ocul­ta­ción del desastre real, para el que no hace falta ser físico, climató­logo o demó­grafo para pronun­ciarse al respecto? Porque compro­ba­mos a cada momento el constante empo­bre­ci­miento del mundo causado por la economía moderna, que se desar­rolla en todos los domi­nios a expen­sas de la vida: con sus devas­ta­ciones, destruye las bases bioló­gi­cas, somete todo el espa­cio-tiempo social a las nece­si­dades poli­ciales de su funcio­na­miento y reem­plaza toda reali­dad, antaño normal­mente acce­sible, por un sucedá­neo, cuyo conte­nido de auten­ti­ci­dad resi­dual es propor­cio­nal al precio (ya no es nece­sa­rio crear alma­cenes reser­va­dos a la nomenk­la­tura, el mercado se encar­gará de ello).

Cuando los admi­nis­tra­dores de la produc­ción se perca­tan de la fragi­li­dad de su mundo al contem­plar la noci­vi­dad de sus resul­ta­dos, aún sacan de ello argu­men­tos para presen­tarse, avala­dos por sus exper­tos, como salva­dores. El estado de urgen­cia ecoló­gico es a la vez una economía de guerra, que movi­liza la produc­ción al servi­cio de los inter­eses comunes defi­ni­dos por el Estado, y una guerra de la economía diri­gida contra la amenaza de los movi­mien­tos de protesta que la critiquen sin rodeos.

La propa­ganda de los diri­gentes del Estado y de la indus­tria presenta como única pers­pec­tiva de salva­ción la prose­cu­ción del desar­rollo econó­mico, corre­gido con las medi­das que la defensa de la super­vi­ven­cia impone: gestión regu­lada de los “recur­sos”, inver­siones para econo­mi­zar la natu­ra­leza, o sea, para trans­for­marla inte­gral­mente en mate­ria de gestión econó­mica, desde el agua del subsuelo hasta el ozono de la atmós­fera.

La domi­na­ción no cesa de perfec­cio­nar, a todos los efec­tos, sus medios repre­si­vos: en “Ciga­ville”, deco­rado urbano construido en Dordogne después de Mayo del 68 para entre­te­ner a los gendarmes móviles, se simu­lan en las calles colin­dantes “falsos ataques de coman­dos anti­nu­cleares”; en la central nuclear de Belle­ville, los respon­sables apren­den técni­cas de mani­pu­la­ción de la infor­ma­ción simu­lando un acci­dente grave. Pero el perso­nal desti­nado al control social se dedica más que nada a la preven­ción de cualquier desar­rollo de la crítica de los fenó­me­nos noci­vos que apunte hacia la crítica de la economía que los engen­dra. Se predica la disci­plina a los ejér­ci­tos del consumo, como si fueran nues­tras fastuo­sas extra­va­gan­cias las que hubie­ran roto el equi­li­brio ecoló­gico y no, en cambio, el absurdo de una produc­ción impuesta; se pregona un nuevo civismo según el cual todo el mundo es corres­pon­sable de la gestión de los fenó­me­nos noci­vos, en perfecta igual­dad demo­crá­tica: desde el conta­mi­na­dor de base, que cada mañana libera cloro­fluo­ro­car­bo­na­dos cuando se afeita, al indus­trial quími­co… y la ideo­logía de la super­vi­ven­cia (“Todos unidos para salvar la Tierra, o el Loira, o a las crías de foca”) sirve para incul­car esa clase de “realismo” y de “sentido de la respon­sa­bi­li­dad” que lleva a la gente a asumir los efec­tos de la incons­cien­cia de los exper­tos y, por tanto, a dar un relevo a la domi­na­ción, puesto que le propor­ciona sobre la marcha, de un lado, una oposi­ción de las llama­das construc­ti­vas y, del otro, arre­glos de detalle.

  El ecolo­gismo es el prin­ci­pal agente de la censura de la crítica social latente en la lucha contra los fenó­me­nos noci­vos[1], es decir, esa ilusión según la cual se podrían conde­nar los resul­ta­dos del trabajo alie­nado sin atacar al propio trabajo y a la socie­dad fundada en la explo­ta­ción del trabajo. Ahora que todos los hombres de Estado se vuel­ven ecolo­gis­tas, los ecolo­gis­tas no dudan en decla­rarse parti­da­rios del Estado. A decir verdad, no han cambiado un ápice desde sus velei­dades “alter­na­ti­vas” de los años setenta. Pero hoy ocurre que en todas partes les ofre­cen cargos, funciones, crédi­tos, y los ecolo­gis­tas lo acep­tan todo sin la menor obje­ción, tan verdad es que nunca rompie­ron en reali­dad con la sinrazón domi­nante.

Los ecolo­gis­tas son, en el terreno de la lucha contra los fenó­me­nos noci­vos, lo que son, en el terreno de las luchas obre­ras, los sindi­ca­lis­tas: meros inter­me­dia­rios inter­esa­dos en la conser­va­ción de las contra­dic­ciones, cuya regu­la­ción ellos mismos asegu­ran; unos nego­cia­dores aboca­dos al rega­teo (en este caso la revi­sión de las normas y de las tasas de noci­vi­dad reem­pla­zan a los porcen­tajes de subida de los sala­rios); meros defen­sores de lo cuan­ti­ta­tivo en el momento en que el cálculo econó­mico se extiende a nuevos domi­nios (el aire, el agua, los embriones huma­nos, la socia­bi­li­dad sinté­tica); en defi­ni­tiva, son los nuevos comi­sio­nis­tas de un some­ti­miento a la economía, el precio del cual tiene que inte­grar, ahora, el costo de un “entorno de cali­dad”. Ya se puede vislum­brar una redis­tri­bu­ción del terri­to­rio entre zonas sacri­fi­ca­das y zonas prote­gi­das, coad­mi­nis­trada por exper­tos “verdes”, una divi­sión espa­cial que regu­lará el acceso jerarqui­zado a la mercancía-natu­ra­leza. Pero radio­ac­ti­vi­dad, habrá para todos.

Decir que la prác­tica de los ecolo­gis­tas es refor­mista sería honrarles dema­siado, puesto que dicha prác­tica se inscribe, directa y deli­be­ra­da­mente, en la lógica de la domi­na­ción capi­ta­lista, que extiende sin para mediante sus propias destruc­ciones el terreno en donde se ejer­cita. En medio de tal produc­ción cíclica de males y de reme­dios agra­vantes, el ecolo­gismo no habrá sido sino el ejér­cito de guerra de una época de buro­cra­ti­za­ción, en la que con mayor frecuen­cia la “racio­na­li­dad” es defi­nida sin contar ni con los indi­vi­duos concer­ni­dos ni con ningún cono­ci­miento realista, con las catás­trofes reno­va­das que todo ello implica.

No faltan ejem­plos recientes que mues­tran a qué velo­ci­dad se instala la admi­nis­tra­ción de los fenó­me­nos noci­vos que inte­gra al ecolo­gismo. Dejando aparte ya a las multi­na­cio­nales de la “protec­ción de la natu­ra­leza” como por ejem­plo el World Wild Fund y Green­peace, “Amigos de la Tierra” amplia­mente finan­cia­dos por la Secre­taría de Estado para el Medio Ambiente, o Verdes estilo Waet­cher[2], compin­cha­dos con la Lyorn­naise des Eaux[3] en la explo­ta­ción del mercado del sanea­miento, exis­ten semio­po­nentes a la noci­vi­dad de todo pelo, que siempre se han limi­tado a una crítica técnica de los fenó­me­nos noci­vos y siempre han recha­zado la crítica social, coop­ta­dos por las instan­cias esta­tales de control y de regu­la­ción, cuando no por la misma indus­tria de la descon­ta­mi­na­ción. Por ejem­plo, un labo­ra­to­rio inde­pen­diente como la CRII-RAD[4], fundado tras lo de Cher­no­bil -inde­pen­diente del Estado pero no de las insti­tu­ciones regio­nales y locales-, tomó por único obje­tivo “la defensa de los consu­mi­dores” mediante la conta­bi­li­dad de sus becque­re­lios. Tal clase de “defensa” neosin­di­cal del oficio de consu­mi­dor -el último de los oficios- lleva a no atacar a la despo­se­sión que, al privar a los indi­vi­duos de todo poder de deci­sión en la produc­ción de sus condi­ciones de exis­ten­cia, garan­tiza que deberán de conti­nuar sopor­tando lo que otros esco­gie­ron y conti­nuar depen­diendo de espe­cia­lis­tas incon­tro­lables para ente­rarse, o no, de la noci­vi­dad que ello trajo consigo. No nos puede sorpren­der que después la presi­denta de la CRII-RAD, Michéle Rivasi, haya sido nombrada para un puesto en la Agen­cia Nacio­nal de Cali­dad del Aire; en ese lugar su inde­pen­den­cia podrá reali­zarse al servi­cio de la del Estado. Tampoco nos extra­ñará que los exper­tos tími­da­mente anti­nu­cleares del GSIEN[5], a fuerza de consi­de­rar cientí­fico el no pronun­ciarse radi­cal­mente contra el deli­rio nuclea­rista, salgan fiadores de la nueva puesta en marcha de la central de Fessen­heim, antes de que un nuevo escape “acci­den­tal” de radiac­ti­vi­dad no viniera, poco después, a apor­tar el dicta­men pericial de su realismo; ni tampoco que los boys­couts de “Robin des bois”[6], trepando por el “parte­na­riado”, se asocien con un indus­trial en la produc­ción de “resi­duos limpios” y defien­dan el proyecto “Geofix” de basura química en los Alpes de la Alta Provenza.

El obje­tivo de esta intensa acti­vi­dad de lavado es previ­sible en su tota­li­dad: una “descon­ta­mi­na­ción” basada en el modelo de lo que fue “la extin­ción del paupe­rismo” por medio de la abun­dan­cia al servi­cio del mercado (camu­flaje de la mise­ria visible, empo­bre­ci­miento real de la vida); los costo­sos y por lo tanto prove­cho­sos palia­ti­vos suce­si­va­mente apli­ca­dos a estra­gos ante­riores, entre­mez­clando las destruc­ciones — que continúan y conti­nuarán — con recons­truc­ciones frag­men­ta­rias y sanea­mien­tos parciales. Cier­tos fenó­me­nos noci­vos, homo­lo­ga­dos como tales por los exper­tos, serán toma­dos en consi­de­ra­ción en la medida exacta en que su trata­miento consti­tuya una acti­vi­dad econó­mica rentable. Otros, en gene­ral los más graves, conti­nuarán exis­tiendo clan­des­ti­na­mente, al margen de la norma, como por ejem­plo las dosis débiles de radia­ción o las mani­pu­la­ciones gené­ti­cas que prepa­ran los Sidas del mañana. Final­mente, y por encima de todo, el desar­rollo prolí­fico de una nueva buro­cra­cia encar­gada del control con el pretexto de la racio­na­li­za­ción, no conse­guirá más que profun­di­zar en esa irra­cio­na­li­dad especí­fica que explica todas las demás, desde la corrup­ción ordi­na­ria hasta las catás­trofes extra­or­di­na­rias: la divi­sión de la socie­dad entre diri­gentes espe­cia­lis­tas de la super­vi­ven­cia y “consu­mi­dores” igno­rantes e impo­tentes de dicha super­vi­ven­cia, último rostro de la socie­dad de clases. ¡Des­gra­cia­dos aquel­los que nece­si­ten de espe­cia­lis­tas hones­tos y de diri­gentes ilus­tra­dos!

No es por una espe­cie de purismo extre­mista ni, menos aún, por una polí­tica del estilo “cuanto peor, mejor”, por lo que hay que desmar­carse violen­ta­mente de todos los orde­na­dores ecolo­gis­tas de la economía: es simple­mente por realismo ante el deve­nir patente de todo el asunto. El desar­rollo conse­cuente de la lucha contra la noci­vi­dad exige la clari­fi­ca­ción, mediante tantas denun­cias ejem­plares como hagan falta, de la oposi­ción entre los ecoló­cra­tas -aquel­los que sacan poder de la crisis ecoló­gica- y aquel­los que no tienen inter­eses distin­tos del conjunto de los indi­vi­duos despo­seí­dos y del movi­miento que les puede situar en condi­ciones de supri­mir la noci­vi­dad, gracias al “desman­te­la­miento razo­nado de la produc­ción entera de mercancías”. Si los que quie­ren supri­mir la noci­vi­dad se hallan por fuerza en el mismo terreno que los que quie­ren admi­nis­trarla, deben, en cambio, estar presentes en él como enemi­gos, so pena de verse redu­ci­dos al papel de figu­rantes frente a los proyec­tores de los escenó­gra­fos de la orde­na­ción terri­to­rial. Sólo pueden real­mente ocupar el terreno, es decir, encon­trar los medios de trans­for­marlo, afir­mando, sin conce­siones, la crítica social de la noci­vi­dad y de sus gestores, tanto de los insta­la­dos como de los postu­lantes.

El camino que va desde la contes­ta­ción de las jerarquías irres­pon­sables hasta la insta­la­ción de un control social que domine conscien­te­mente los medios mate­riales y técni­cos, pasa por una crítica unita­ria de la noci­vi­dad y, por consi­guiente, por el redes­cu­bri­miento de todos los ante­riores puntos de apli­ca­ción de la insu­mi­sión: el trabajo asala­riado, a cuyos produc­tos social­mente noci­vos les corres­ponde el efecto destruc­tor sobre los propios asala­ria­dos, hasta el punto de no poder sopor­tarlo sino con gran provi­sión de tranqui­li­zantes y drogas de todas clases; la colo­ni­za­ción total de la comu­ni­ca­ción por el espectá­culo, puesto que a la falsi­fi­ca­ción de las reali­dades le ha de corres­pon­der la falsi­fi­ca­ción de la expre­sión social de las mismas; el desar­rollo tecnoló­gico que acre­cienta exclu­si­va­mente, a expen­sas de toda auto­nomía indi­vi­dual o colec­tiva, la sumi­sión al poder cada vez más concen­trado; la produc­ción de mercancías en tanto que produc­ción de fenó­me­nos noci­vos; y final­mente, “el Estado en tanto que fenó­meno nocivo abso­luto, que controla dicha produc­ción y orga­niza su percep­ción, progra­mando sus umbrales de tole­ran­cia”.

El destino final del ecolo­gismo ha demo­strado, hasta a los más inge­nuos, que no se puede luchar de verdad contra nada si se acep­tan las sepa­ra­ciones de la socie­dad domi­nante. La agra­va­ción de la crisis de la super­vi­ven­cia y los movi­mien­tos de protesta que suscita empujan a una frac­ción del perso­nal tecno­cientí­fico a no iden­ti­fi­carse con la insen­sata huida hacia delante de la reno­va­ción tecnoló­gica. Entre aquel­los que, de esta forma, se aproxi­man a un punto de vista crítico, todavía muchos, deján­dose llevar por su incli­na­ción socio­pro­fe­sio­nal, tratarán de reci­clar su status de experto hacia una contes­ta­ción “razo­nable” y, por tanto, tratarán de que preva­lezca una denun­cia frag­men­tada de la sinrazón en el poder, atenién­dose sólo a los aspec­tos pura­mente técni­cos, es decir, a los que parez­can técni­cos. En contra de una crítica todavía sepa­rada y espe­cia­li­zada de los fenó­me­nos noci­vos, la defensa de las simples exigen­cias unita­rias de la crítica social no signi­fica sola­mente la reafir­ma­ción, en tanto que obje­tivo total, de que no se trata de conven­cer a los exper­tos en el poder para que cambien, sino de abolir las condi­ciones que hacen nece­sa­rios a los exper­tos y a la espe­cia­li­za­ción del poder; también es un impe­ra­tivo táctico de una lucha que no ha de hablar el lenguaje de los espe­cia­lis­tas si real­mente quiere hallar alia­dos, cuando se dirija a todos aquel­los que no tienen ningún poder en tanto que espe­cia­lis­tas de lo que fuere.

Del mismo modo que antes se contra­ponía —y aún hoy se sigue hacien­do— el interés gene­ral de la economía a las reivin­di­ca­ciones de los asala­ria­dos, en la actua­li­dad, los plani­fi­ca­dores de la basura y demás docto­ra­dos en desper­di­cios no se privan de denun­ciar el egoísmo ciego e irres­pon­sable de quienes se yerguen contra un fenó­meno nocivo local —ya sean resi­duos, auto­pista, tren de alta velo­ci­dad, etc.— sin pararse a consi­de­rar que en algún lugar hay que meterlo. Sólo cabe una respuesta digna ante tal chan­taje al interés gene­ral: afir­mar que, cuando no se desean fenó­me­nos noci­vos en parte alguna, se han de recha­zar ejem­plar­mente dondequiera que se hallen. Y en conse­cuen­cia, hay que prepa­rar las luchas contra los fenó­me­nos noci­vos mediante la expre­sión de las razones univer­sales de cualquier protesta parti­cu­lar. El hecho de que indi­vi­duos que sólo se repre­sen­tan a sí mismos, sin invo­car ninguna cuali­fi­ca­ción ni espe­cia­li­dad, se tomen la liber­tad de asociarse para procla­mar y poner en prác­tica el juicio que les merece este mundo pare­cerá poco realista a la gente de una época para­li­zada por el aisla­miento y el senti­miento de fata­li­dad que suscita. Sin embargo, ante tanto pseu­do­su­ceso fabri­cado en cadena, un hecho se empeña en ridi­cu­li­zar tanto los cálcu­los desde arriba como el cinismo desde abajo: todas las aspi­ra­ciones a una vida libre y todas las nece­si­dades huma­nas, empe­zando por las más elemen­tales, conver­gen en la urgen­cia histó­rica de poner punto final a los estra­gos de la demen­cia econó­mica. De tan inmensa reserva de rebeldía única­mente puede salir una total falta de respeto a las irri­so­rias o innobles nece­si­dades en las cuales la socie­dad presente se reco­noce.

Quienes, en un conflicto parti­cu­lar, crean que no hay que dejar estar las cosas cuando su protesta dé resul­ta­dos parciales, han de consi­de­rarla un momento de la autoor­ga­ni­za­ción de los indi­vi­duos despo­seí­dos en pos de un movi­miento anti­es­ta­tista y anti­econó­mico gene­ral: esta ambi­ción les servirá de crite­rio y de eje de refe­ren­cia para juzgar y conde­nar, adop­tar o recha­zar, tal o cual medio de lucha contra los fenó­me­nos noci­vos. Hay que apoyar todo lo que favo­rezca la apro­pia­ción directa por parte de los indi­vi­duos asocia­dos de su propia acti­vi­dad, comen­zando por su acti­vi­dad crítica contra tal o cual aspecto de la produc­ción de fenó­me­nos noci­vos; hay que comba­tir todo lo que contri­buya a despo­seerles de los prime­ros momen­tos de su lucha y, por tanto, a refor­zar su pasi­vi­dad y su aisla­miento. ¿De qué modo serviría a la lucha de los indi­vi­duos por el control de sus condi­ciones de exis­ten­cia -en una pala­bra, a la lucha por la reali­za­ción de la demo­cra­cia- todo aquello que perpetúa la vieja mentira de la repre­sen­ta­ción sepa­rada, ya sean repre­sen­tantes incon­tro­la­dos o bien porta­voces abusi­vos? La despo­se­sión se ve recon­du­cida y rati­fi­cada, claro está, no sólo por el elec­to­ra­lismo, sino también por la iluso­ria búsqueda de la “efica­cia mediá­tica” que, trans­for­mando a los indi­vi­duos en espec­ta­dores de una causa cuya formu­la­ción y exten­sión ya no contro­lan, los convierte en masa de manio­bra de diver­sos lobbies, más o menos compe­ti­dores entre sí en la mani­pu­la­ción de la imagen de la protesta.

En conse­cuen­cia, hay que tratar como recu­pe­ra­dores a todos los que con su preten­dido realismo inten­tan abor­tar, gracias a la orga­ni­za­ción de jaleo mediá­tico, las tenta­ti­vas de expre­sión directa, sin inter­me­dia­rios ni avales de espe­cia­lis­tas, del disgusto y de la ira que susci­tan las cala­mi­dades de un modo de produc­ción -sirvan como ejem­plo el intento de desa­cre­di­tar la protesta de los habi­tantes de Mont­cha­nin[7] por parte de Vergés[8] con su presen­cia en tanto que abogado de cualquier causa dudosa, y la igno­mi­nia de la moderna “mafia de la emoción” apoderán­dose de los “niños de Cher­no­bil” para conver­tir­los en tema de “Télé­thon”[9]. En el momento en que el Estado ofrece a las protes­tas locales el terreno de los proce­di­mien­tos jurí­di­cos y admi­nis­tra­ti­vos para que se pier­dan en él, hay que denun­ciar la ilusión de una victo­ria sancio­nada por aboga­dos y exper­tos: a tal fin baste con recor­dar que un conflicto de tal clase no se zanja nunca en función del dere­cho, sino en función de una corre­la­ción de fuer­zas extra­jurí­dica, tal como lo demues­tran, por ejem­plo, la construc­ción del puente de la isla de Re, reali­zada a pesar de varios juicios gana­dos en contra, y el aban­dono de la central nuclear de Plogoff que en abso­luto fue resul­tado de un proce­di­miento legal.

Los medios han de variar junto con las ocasiones, y ha de quedar claro que todos los medios son buenos si se enfren­tan a la apatía ante la fata­li­dad econó­mica y si promue­ven deseos de inter­ven­ción contra la suerte que nos está desti­nada. Si los movi­mien­tos contra la noci­vi­dad, en Fran­cia, son todavía débiles, hoy por hoy consti­tuyen el único terreno prác­tico en donde la exis­ten­cia social vuelve a discu­tirse. Los diri­gentes esta­tales son muy conscientes del peli­gro que esto repre­senta para una socie­dad cuyas razones oficiales no sopor­tan que se las examine. Para­le­la­mente a la neutra­li­za­ción mediante la confu­sión mediá­tica y a la inte­gra­ción de los líderes ecolo­gis­tas, los diri­gentes procu­ran no dejar que ningún conflicto parti­cu­lar se convierta en un impe­di­mento para sus propó­si­tos, cosa que daría a la contes­ta­ción un polo de unifi­ca­ción y al mismo tiempo un lugar mate­rial de reunión y de comu­ni­ca­ción crítica. Por esa razón fue deci­dido el “apar­ca­miento” de toda deci­sión concer­niente a los lugares de empla­za­miento de depó­si­tos radiac­ti­vos o a la orde­na­ción de la cuenca del Loira, a fin de fati­gar a la base de las diver­sas protes­tas y permi­tir la insta­la­ción de una red de repre­sen­tantes respon­sables dispues­tos a servir de “indi­ca­dores sociales” -para medir la tempe­ra­tura local-, a esce­ni­fi­car la “concer­ta­ción” y a hacer pasar por buenas las victo­rias amaña­das.

Se nos obje­tará -se nos objeta ya- que, de todos modos, es impo­sible la supre­sión completa de los fenó­me­nos noci­vos y que, por ejem­plo, ahí están los resi­duos nucleares, que van a quedarse con noso­tros más o menos una eter­ni­dad. El argu­mento evoca de cerca el de un tortu­ra­dor que, tras haber cortado una mano a su víctima, va y le dice que, ya pues­tos, por favor se deje cortar de buen grado la otra, porque si sólo las nece­si­taba para aplau­dir, para eso hay máqui­nas. ¿Qué opinión nos mere­cería el que acep­tara discu­tir el tema “cientí­fi­ca­mente”?

Resulta un hecho cierto que las ilusiones de progreso econó­mico han llevado, durante mucho tiempo, a la histo­ria humana por mal camino, y que las conse­cuen­cias de tal extra­vío, caso de que se pudie­ran reme­diar, serán lega­das como heren­cia enve­ne­nada a la socie­dad libe­rada, no sola­mente en forma de desper­di­cios sino también y sobre todo en forma de una deter­mi­nada orga­ni­za­ción mate­rial de la produc­ción que nece­si­tará ser trans­for­mada de arriba abajo para poder pres­tar servi­cio a una socie­dad libre. Hubiera sido mejor no tener esos proble­mas, pero puesto que están ahí, consi­de­ra­mos que el asumir colec­ti­va­mente el proceso de su paula­tina desa­pa­ri­ción consti­tuye la única pers­pec­tiva posible de la reanu­da­ción de la verda­dera aven­tura humana, de la histo­ria como eman­ci­pa­ción.

La aven­tura comienza de nuevo cuando los indi­vi­duos hallan en la lucha las formas de una comu­ni­dad prác­tica que sirva para llevar más lejos las conse­cuen­cias de su protesta inicial y para desar­rol­lar la crítica de las condi­ciones que les son impues­tas. La verdad de una comu­ni­dad semejante reside en el hecho de que consti­tuye por sí misma una “unidad más inte­li­gente que todos sus miem­bros”. El signo de su fracaso será la regre­sión hacia una espe­cie de neofa­mi­lia, o sea, hacia una unidad menos inte­li­gente que cada uno de sus miem­bros. Un largo periodo de reac­ción social trae como conse­cuen­cia, junto con el aisla­miento y el descon­cierto, la caída de la gente en el temor a las divi­siones y los conflic­tos a la hora de inten­tar construir un terreno prác­tico común. Sin embargo, justa­mente cuando se es mino­ri­ta­rio y se nece­si­tan alia­dos, conviene formu­lar una base de acuerdo muy precisa y, a partir de ella, enta­blar alian­zas y boico­tear todo lo que tenga que boico­tearse.

Ante todo, a fin de deli­mi­tar el terreno de la cola­bo­ra­ción y de las alian­zas, hacen falta crite­rios que no sean morales, o sea, basa­dos en una procla­ma­ción de buenas inten­ciones o en una supuesta buena volun­tad, etc., sino prác­ti­cos e histó­ri­cos. Una regla de oro: no juzgar a la gente según sus opiniones, sino según lo que sus opiniones hacen de ella. Cree­mos que en este texto hemos dado unos cuan­tos elemen­tos útiles para la defi­ni­ción de tales crite­rios. Si quere­mos preci­sar­los mejor y trazar una línea de demar­ca­ción desde donde se orga­nice eficaz­mente la soli­da­ri­dad, harán falta discu­siones funda­das en el análi­sis de las condi­ciones concre­tas en las que cada cual se halle inmerso y en la crítica de las tenta­ti­vas de inter­ven­ción que se den, comen­zando por la presente contri­bu­ción.

La crítica social, la acti­vi­dad que la desar­rolla y la comu­nica, nunca ha sido un lugar tranquilo. Hoy en día, un lugar así no existe -la basura univer­sal ha llegado hasta las cumbres del Hima­laya- y los indi­vi­duos despo­seí­dos no han de elegir entre la tranqui­li­dad y los distur­bios de un duro combate, sino entre distur­bios y combates tanto más terribles por cuanto que son otros quienes los diri­gen, en su prove­cho además, y distur­bios y combates que extien­dan y dirijan ellos mismos por su cuenta. El movi­miento contra los fenó­me­nos noci­vos triun­fará como movi­miento de eman­ci­pa­ción anti­econó­mico y anti­es­ta­tista o no triun­fará.

Junio de 1990


[1] La pala­bra NUISANCE, exten­dida entre la gente de habla fran­cesa hacia 1965, que aquí hemos tradu­cido por los térmi­nos aproxi­ma­dos de “noci­vi­dad” o de “fenó­me­nos nocivo”, en los diccio­na­rios consul­ta­dos viene expli­cada sinté­ti­ca­mente como “cosa, persona, acción, etc., que causa moles­tia o perjui­cio”. Se dan como ejem­plos ilus­tra­ti­vos a los mosqui­tos, los niños imper­ti­nentes, el orinar en las paredes, el ruido ambien­tal y el tirar basu­ras en lugares inapro­pia­dos. Los diccio­na­rios que, en tanto que herra­mien­tas de la falsa concien­cia de la época , contri­buyen a la pará­li­sis concep­tual, mediante la cual dicha época presenta de sí misma una imagen inmu­table y sin contra­dic­ciones, donde las “nuisances” son simples baga­te­las. Quienes escri­ben los diccio­na­rios no apre­cian en abso­luto el aspecto proteico de las pala­bras y detes­tan a la evolu­ción de su signi­fi­cado tanto como a la propia reali­dad cambiante; efectúan autén­ti­cos trabajos de ocul­ta­ción que podrían dela­tarse fácil­mente tomando ejem­plos mejor indi­ca­dos de inne­gables “nuisances”: las insti­tu­ciones, el trabajo asala­riado, la conta­mi­na­ción, las centrales nucleares, el sistema produc­tivo, el urba­nismo, la alimen­ta­ción indus­trial, las neoen­fer­me­dades, el racismo, los apara­tos repre­si­vos, los exper­tos, los diri­gentes, etc. Las pala­bras no sola­mente se usan para descri­bir la reali­dad sino para trans­for­marla; por consi­guiente, su sentido camina contra las fuer­zas que obsta­cu­li­zan dicha trans­for­ma­ción. Las pala­bras se reela­bo­ran para reve­lar la verdad de un mundo que yace escon­dido bajo la hoja­rasca de un lenguaje caduco. Por eso, en direc­ción contra­ria a todos los diccio­na­rios exis­tentes, L´ENCYCLOPÉDIE DES NUISANCES trata de hacer pública la dimen­sión histó­rica de las pala­bras, que, para el caso de “nuisance”, equi­vale a la reve­la­ción de la carac­terís­tica más común de la orga­ni­za­ción social actual y del más abun­dante de los efec­tos de la produc­ción moderna.

Pero los diri­gentes no han de tole­rar que la histo­ria, a la que tratan de supri­mir, les saque mucho trecho. Así, recien­te­mente, el término ha cono­cido una rede­fi­ni­ción ecolo­gista. La última edición de uno de los diccio­na­rios aludi­dos añade: “Conjunto de factores de origen técnico (ruidos, degra­da­ciones, polu­ciones, etc.) o social (aglo­me­ra­ciones, promis­cui­dad) que perju­di­can la cali­dad de vida. ‘Nui­san­ces’ acús­ti­cas, visuales, olfa­ti­vas, quími­cas. ‘Nui­san­ces’ para el vecin­da­rio de las auto­pis­tas”. Si el ecolo­gismo ha entrado en el poder, por qué no iba a entrar en los diccio­na­rios.

[2] Waet­cher es un líder espe­cial­mente soporí­fero de Los Verdes fran­ceses y dipu­tado euro­peo.

[3] Lionesa de Aguas es una multi­na­cio­nal del trata­miento de aguas

[4] CRII-RAD es la Comi­sión Regio­nal inde­pen­diente de Infor­ma­ción sobre la Radiac­ti­vi­dad.

[5] GSIEN es una agru­pa­ción de cientí­fi­cos para la infor­ma­ción sobre la energía nuclear.

[6] Robin de los Bosques es un grupús­culo más acti­vista que Green­peace, de donde procede, espe­cia­li­zado en opera­ciones espec­ta­cu­lares como esca­lar torres de refri­ge­ra­ción de centrales nucleares.

[7] Mont­chain es una ciudad de la región fran­cesa de Morvan, en cuya proxi­mi­dad existe un verte­dero indus­trial que, clan­des­tina e ilegal­mente, durante años, acogió resi­duos tóxi­cos de la indus­tria química euro­pea (y proba­ble­mente los bidones que contenían la dioxina de Séveso).

[8] Vergés es un inmundo abogado, anti­guo esta­li­nista y tercer­mun­dista, espe­cia­lista del pleito con escán­dalo en los proce­sos que impliquen al Estado fran­cés como, por ejem­plo, la defensa del tortu­ra­dor nazi Klaus Barbie.

[9] “Télé­thon” es un reality show tele­vi­sivo ultra­cre­ti­ni­zante que apela a la cari­dad popu­lar para llevar a cabo obras de bene­fi­cen­cia.


Traduc­ción : Miguel Amoros

Del libro “Contra el Despo­tismo de la Velo­ci­dad” (Edito­rial VIRUS)

 

Edición : Santiago P.

Comments to: Mensaje diri­gido a todos aquel­los que no quie­ren admi­nis­trar la noci­vi­dad sino supri­mirla (por Ency­clo­pé­die des Nuisances)

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