Extrac­to del exce­lente libro de Howard Zinn, “La otra his­to­ria de los Esta­dos Uni­dos : Desde 1492 has­ta el pre­sente”


 

Al principio estaban la conquista, la esclavitud y la muerte.

Los primeros contactos entre europeos e indígenas.

 

LOS HOMBRES Y LAS MUJERES ARAWAK, des­nu­dos, more­nos y pre­sos de la per­ple­ji­dad, emer­gie­ron de sus pobla­dos hacia las playas de la isla y se aden­tra­ron en las aguas para ver más de cer­ca el extra­ño bar­co. Cuan­do Colón y sus mari­ne­ros desem­bar­ca­ron por­tan­do espa­das y hablan­do de for­ma rara, los nati­vos ara­wak cor­rie­ron a darles la bien­ve­ni­da, a lle­varles ali­men­tos, agua y obse­quios. Des­pués Colón escri­bió en su dia­rio ; “[…] Nos tra­je­ron loros y bolas de algodón y lan­zas y muchas otras cosas más que cam­bia­ron por cuen­tas y cas­ca­beles de halcón No tuvie­ron ningún incon­ve­niente en dar­nos todo lo que poseían. […] Eran de fuerte consti­tu­ción, con cuer­pos bien hechos y her­mo­sos ras­gos. […] No lle­van armas, ni las cono­cen Al enseñarles una espa­da, la cogie­ron por el filo y se cor­ta­ron al no saber lo que era. No tie­nen hier­ro. Sus lan­zas son de caña. […] Serían unos cria­dos magní­fi­cos. […] Con cin­cuen­ta hombres los subyu­garía­mos a todos y con ellos haría­mos lo que qui­sié­ra­mos.”

Estos ara­waks de las Islas Antillas se parecían mucho a los indí­ge­nas del conti­nente, que eran extra­or­di­na­rios (así los cali­fi­carían repe­ti­da­mente los obser­va­dores euro­peos) por su hos­pi­ta­li­dad, su entre­ga a la hora de com­par­tir. Estos ras­gos no esta­ban pre­ci­sa­mente en auge en la Euro­pa rena­cen­tis­ta, domi­na­da como esta­ba por la reli­gión de los Papas, el gobier­no de los reyes y la obse­sión por el dine­ro que carac­te­ri­za­ba la civi­li­za­ción occi­den­tal y su pri­mer emi­sa­rio a las Amé­ri­cas, Cristó­bal Colón.

Escri­bió Colón : “Nada más lle­gar a las Antillas, en las pri­me­ras Antillas, en la pri­me­ra isla que encon­tré, atra­pé a unos nati­vos para que apren­die­ran y me die­ran infor­ma­ción sobre lo que había en esos lugares.”

La infor­ma­ción que más acu­cia­ba a Colón se resume en la siguiente cues­tión : ¿dónde está el oro ? .Había conven­ci­do a los reyes de España a que finan­cia­ran su expe­di­ción a esas tier­ras. Espe­ra­ba que al otro lado del Atlán­ti­co ‑en las « Indias » y en Asia- habría rique­zas, oro y espe­cias. Como otros ilus­tra­dos contem­porá­neos suyos, sabía que el mun­do era esfé­ri­co y que podía nave­gar hacia el oeste para lle­gar al Extre­mo Oriente.

España aca­ba­ba de uni­fi­carse for­man­do uno de los nue­vos Esta­do-nación moder­nos, como Fran­cia, Ingla­ter­ra y Por­tu­gal. Su pobla­ción, mayor­mente com­pues­ta por cam­pe­si­nos, tra­ba­ja­ba para la noble­za, que repre­sen­ta­ba el 2% de la pobla­ción, sien­do éstos los pro­pie­ta­rios del 95% de la tier­ra. España se había com­pro­me­ti­do con la Igle­sia Cató­li­ca, había expul­sa­do a todos los judíos y ahuyen­ta­do a los musul­manes. Como otros esta­dos del mun­do moder­no, España bus­ca­ba oro, mate­rial que se esta­ba convir­tien­do en la nue­va medi­da de la rique­za, con más uti­li­dad que la tier­ra porque todo lo podía com­prar. Había oro en Asia, o así se pen­sa­ba, y cier­ta­mente había seda y espe­cias, porque hacía unos siglos, Mar­co Polo y otros habían traí­do cosas mara­villo­sas de sus expe­di­ciones por tier­ra. Al haber conquis­ta­do los tur­cos Constan­ti­no­pla y el Medi­terrá­neo orien­tal, y al estar las rutas ter­restres a Asia en su poder, hacía fal­ta una ruta marí­ti­ma. Los mari­ne­ros por­tu­gueses cada día lle­ga­ban más lejos en su explo­ra­ción de la pun­ta meri­dio­nal de Áfri­ca. España deci­dió jugar la car­ta de una lar­ga expe­di­ción a tra­vés de un océa­no des­co­no­ci­do.

A cam­bio de la apor­ta­ción de oro y espe­cias, a Colón le pro­me­tie­ron el 10% de los bene­fi­cios, el pues­to de gober­na­dor de las tier­ras des­cu­bier­tas, además de la fama que conl­le­varía su nue­vo títu­lo Almi­rante del Mar Océa­no. Era comer­ciante de la ciu­dad ita­lia­na de Géno­va, teje­dor even­tual (hijo de un teje­dor muy habi­li­do­so), y nave­gante exper­to. Embarcó con tres cara­be­las, la más grande de las cuales era la San­ta María, vele­ro de unos trein­ta metros de lar­go, con una tri­pu­la­ción de trein­ta y nueve per­so­nas.

En rea­li­dad, Colón nun­ca hubie­ra lle­ga­do a Asia, que dis­ta­ba miles de kiló­me­tros más de lo que él había cal­cu­la­do, ima­ginán­dose un mun­do más pequeño. Tal exten­sión de mar hubie­ra signi­fi­ca­do su fin. Pero tuvo suerte. Al cubrir la cuar­ta parte de esa dis­tan­cia dio con una tier­ra des­co­no­ci­da que no figu­ra­ba en mapa algu­no y que esta­ba entre Euro­pa y Asia : las Amé­ri­cas. Esto ocur­rió a prin­ci­pios de octubre de 1492, trein­ta y tres días des­pués de que él y su tri­pu­la­ción hubie­ran zar­pa­do de las Islas Cana­rias, en la cos­ta atlán­ti­ca de Áfri­ca. Dere­pente vie­ron ramas flo­tan­do en el agua, pája­ros volan­do. Señales de tier­ra. Entonces, el día 12 de octubre, un mari­ne­ro lla­ma­do Rodri­go vio la luna de la madru­ga­da brillan­do en unas are­nas blan­cas y dio la señal de alar­ma. Eran las islas Antillas, en el Caribe. Se suponía que el pri­mer hombre que vie­ra tier­ra tenía que obte­ner una pen­sión vita­li­cia de 10.000 mara­vedís, pero Rodri­go nun­ca la reci­bió. Colón dijo que él había vis­to una luz la noche ante­rior y fue él quien reci­bió la recom­pen­sa.

Cuan­do se acer­ca­ron a tier­ra, los indios ara­wak les die­ron la bien­ve­ni­da nadan­do hacia los buques para reci­birles. Los ara­wak vivían en pequeños pue­blos comu­nales, y tenían una agri­cul­tu­ra basa­da en el maíz, las bata­tas y la yuca. Sabían tejer e hilar, pero no tenían ni cabal­los ni ani­males de labran­za. No tenían hier­ro, pero lle­va­ban dimi­nu­tos orna­men­tos de oro en las ore­jas.

Este hecho iba a traer dramá­ti­cas conse­cuen­cias : Colón apresó a varios de ellos y les hizo embar­car, insis­tien­do en que le guia­ran has­ta el ori­gen del oro. Lue­go navegó a la que hoy cono­ce­mos como isla de Cuba, y lue­go a His­pa­nio­la (la isla que hoy se com­pone de Haití y la Repú­bli­ca Domi­ni­ca­na). Allí, los des­tel­los de oro visibles en los ríos y la más­ca­ra de oro que un jefe indí­ge­na local ofre­ció a Colón pro­vo­ca­ron visiones deli­rantes de oro sin fin.

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Las primeras violencias

En His­pa­nio­la, Colón construyó un fuerte con la made­ra de la San­ta María, que había embar­ran­ca­do. Fue la pri­me­ra base mili­tar euro­pea en el hemis­fe­rio occi­den­tal. Lo llamó Navi­dad, y allí dejó a trein­ta y nueve miem­bros de su tri­pu­la­ción con ins­truc­ciones de encon­trar y alma­ce­nar oro Apresó a más indí­ge­nas y los embarcó en las dos naves que le que­da­ban. En un lugar de la isla se enzarzó en una lucha con unos indí­ge­nas que se nega­ron a sumi­nis­trarles la can­ti­dad de arcos y fle­chas que él y sus hombres desea­ban. Dos fue­ron atra­ve­sa­dos con las espa­das y murie­ron desan­gra­dos. Entonces la Niña y la Pin­ta embar­ca­ron rum­bo a las Azores y a España. Cuan­do el tiem­po enfrió, los pri­sio­ne­ros indí­ge­nas murie­ron uno tras otro.

El informe de Colón a la Corte de Madrid era extra­va­gante. Insis­tió en el hecho de que había lle­ga­do a Asia (se refería a Cuba) y a una isla de la cos­ta chi­na (His­pa­nio­la). Sus des­crip­ciones eran parte ver­dad, parte fic­ción. “His­pa­nio­la es un mila­gro. Mon­tañas y coli­nas, lla­nu­ras y pas­tu­ras, son tan fér­tiles como her­mo­sas […] los puer­tos natu­rales son increí­ble­mente segu­ros y hay muchos ríos anchos, la mayoría de los cuales contie­nen oro […] Hay muchas espe­cias, y nueve grandes minas de oro y otros metales.”

Los indí­ge­nas, según el informe de Colón « Son tan inge­nuos y gene­ro­sos con sus pose­siones que nadie que no les hubie­ra vis­to se lo creería. Cuan­do se pide algo que tie­nen, nun­ca se nie­gan a dar­lo. Al contra­rio, se ofre­cen a com­par­tir­lo con cual­quie­ra… » Concluyó su informe con una peti­ción de ayu­da a Sus Majes­tades, y ofre­ció que, a cam­bio, en su siguiente viaje, les traería « cuan­to oro nece­si­ta­sen… y cuan­tos escla­vos pidie­sen ». Des­pués se pro­digó en expre­siones de tipo reli­gio­so « Es así que el Dios eter­no, Nues­tro Señor, da vic­to­ria a los que siguen su cami­no frente a lo que apa­ren­ta ser impo­sible ».

Alfonso

A cau­sa del exa­ge­ra­do informe y las pro­me­sas de Colón, le fue­ron conce­di­dos die­ci­siete naves y más de mil dos­cien­tos hombres para su segun­da expe­di­ción. El obje­ti­vo era cla­ro : obte­ner escla­vos y oro. Fue­ron por el Caribe, de isla en isla, apre­san­do indí­ge­nas. Pero a medi­da que se iba cor­rien­do la voz acer­ca de las inten­ciones euro­peas, iban encon­tran­do cada vez más pobla­dos vacíos. En Haití vie­ron que los mari­ne­ros que habían deja­do en Fuerte Navi­dad habían muer­to en una batal­la con los indí­ge­nas des­pués de mero­dear por la isla en cua­drillas en bus­ca de oro, atra­pan­do a mujeres y niños para conver­tir­los en escla­vos para el sexo y los tra­ba­jos for­za­dos.

Aho­ra, desde su base en Haití, Colón envió múl­tiples expe­di­ciones hacia el inter­ior. No encon­tra­ron oro, pero tenían que lle­nar las naves que volvían a España con algún tipo de divi­den­do. En el año 1495 rea­li­za­ron una gran incur­sión en bus­ca de escla­vos, cap­tu­ra­ron a mil qui­nien­tos hombres, mujeres y niños ara­waks, les retu­vie­ron en cor­rales vigi­la­dos por españoles y per­ros, para lue­go esco­ger los mejores qui­nien­tos “especí­menes” y car­gar­los en naves. De esos qui­nien­tos, dos­cien­tos murie­ron durante el viaje. El res­to llegó con vida a España para ser pues­to a la ven­ta por el arce­dia­no de la ciu­dad, que anun­ció que, aunque los escla­vos estu­vie­sen « des­nu­dos como el día que nacie­ron » mos­tra­ban « la mis­ma inocen­cia que los ani­males ». Colón escri­bió más ade­lante. « En el nombre de la San­ta Tri­ni­dad, conti­nue­mos envian­do todos los escla­vos que se pue­dan ven­der ».

Pero en el cau­ti­ve­rio morían dema­sia­dos escla­vos. Así que Colón, deses­pe­ra­do por la nece­si­dad de devol­ver divi­den­dos a los que habían inver­ti­do dine­ro en su viaje, tenía que man­te­ner su pro­me­sa de lle­nar sus naves de oro. En la pro­vin­cia de Cicao, en Haití, donde él y sus hombres ima­gi­na­ban la exis­ten­cia de enormes yaci­mien­tos de oro, orde­na­ron que todos los mayores de catorce años reco­gie­ran cier­ta can­ti­dad de oro cada tres meses. Cuan­do se la traían, les daban un col­gante de cobre para que lo lle­va­ran al cuel­lo. A los indí­ge­nas que encon­tra­ban sin col­gante de cobre, les cor­ta­ban las manos y se desan­gra­ban has­ta la muerte.

Los indí­ge­nas tenían una tarea impo­sible. El úni­co oro que había en la zona era el pol­vo acu­mu­la­do en los ria­chue­los. Así que huye­ron, sien­do caza­dos por per­ros y ase­si­na­dos.

Los Ara­waks inten­ta­ron reu­nir un ejér­ci­to de resis­ten­cia, pero se enfren­ta­ban a españoles que tenían arma­du­ra, mos­quetes, espa­das y cabal­los. Cuan­do los españoles hacían pri­sio­ne­ros, los ahor­ca­ban o los que­ma­ban en la hogue­ra. Entre los Ara­waks empe­za­ron los sui­ci­dios en masa con vene­no de yuca. Mata­ban a los niños para que no caye­ran en manos de los españoles. En dos años la mitad de los 250.000 indí­ge­nas de Haití habían muer­to por ase­si­na­to, muti­la­ción o sui­ci­dio. Cuan­do se hizo patente que no que­da­ba oro, a los indí­ge­nas se los lle­va­ban como escla­vos a las grandes hacien­das que des­pués se cono­cerían como « enco­mien­das ». Se les hacía tra­ba­jar a un rit­mo infer­nal, y morían a mil­lares. En el año 1515, quizá que­da­ban cin­cuen­ta mil indí­ge­nas. En el año 1550, había qui­nien­tos. Un informe del año 1650 reve­la que en la isla no que­da­ba ni uno solo de los ara­waks autóc­to­nos, ni de sus des­cen­dientes.

La prin­ci­pal fuente de infor­ma­ción sobre lo que pasó en las islas des­pués de la lle­ga­da de Colón ‑y para muchos temas, la úni­ca- es Bar­to­lo­mé de las Casas. De sacer­dote joven había par­ti­ci­pa­do en la conquis­ta de Cuba. Durante un tiem­po fue el pro­pie­ta­rio de una hacien­da donde tra­ba­ja­ban escla­vos indí­ge­nas, pero la aban­donó y se convir­tió en un vehe­mente crí­ti­co de la cruel­dad españo­la. Las Casas trans­cri­bió el dia­rio de Colón y, a los cin­cuen­ta años, empezó a escri­bir una His­to­ria de las Indias en varios volú­menes.

En la socie­dad india se tra­ta­ba tan bien a las mujeres que los españoles que­da­ron ató­ni­tos. Las Casas des­cribe las rela­ciones sexuales :

“No exis­ten las leyes matri­mo­niales ; tan­to los hombres como las mujeres esco­gen sus pare­jas y las dejan a su pla­cer, sin ofen­sa, celos ni enfa­do. Se repro­du­cen a gran rit­mo, las mujeres emba­ra­za­das tra­ba­ja­ban has­ta el últi­mo minu­to y dan a luz casi sin dolor, al día siguiente se levan­tan, se bañan en el río y que­dan tan lim­pias y sanas como antes de parir. Si se can­san de sus pare­jas mas­cu­li­nas, abor­tan con hier­bas que cau­san la muerte del feto. Se cubren las partes ver­gon­zantes con hojas o tra­pos de algodón, aunque por lo gene­ral, los indí­ge­nas ‑hombres y mujeres- ven la des­nu­dez total con la mis­ma natu­ra­li­dad con la que noso­tros mira­mos la cabe­za o las manos de un hombre”. « Los indí­ge­nas, » dice Las Casas, no tenían reli­gión, o por lo menos no tenían tem­plos, « no dan nin­gu­na impor­tan­cia al oro y a otras cosas de valor. Les fal­ta todo sen­ti­do del comer­cio, ni com­pran ni ven­den, y depen­den ente­ra­mente de su entor­no natu­ral para sobre­vi­vir. Son muy gene­ro­sos con sus pose­siones y por la mis­ma razón, si desea­ban las pose­siones de sus ami­gos, espe­ran ser aten­di­dos con el mis­mo gra­do de gene­ro­si­dad… »

Las Casas (que en un comien­zo había pro­pues­to rem­pla­zar a los Indí­ge­nas por los escla­vos negros, consi­de­ran­do que eran más resis­tentes y que sobre­vi­virían mas fácil­mente pero que más tarde se arre­piente al obser­var los efec­tos desas­tro­sos de la escla­vi­tud de los negros) en el segun­do volu­men de su His­to­ria Gene­ral de las Indias habla del tra­ta­mien­to de los indí­ge­nas a manos de los españoles :

“Tes­ti­mo­nios inter­mi­nables… dan fe del tem­pe­ra­men­to beni­gno y pací­fi­co de los nati­vos… Pero fue nues­tra labor la de exas­pe­rar, aso­lar, matar, muti­lar y des­tro­zar, ¿a quién puede extra­ñar, pues, si de vez en cuan­do inten­ta­ban matar a algu­no de los nues­tros ? El almi­rante, es ver­dad, fue tan cie­go como los que le vinie­ron detrás, y tenía tan­tas ansias de com­pla­cer al Rey que come­tió crí­menes irre­pa­rables contra los indí­ge­nas.”

Las Casas expli­ca como los Españoles « se volvían cada vez más vani­do­sos » y, des­pués de un tiem­po, se reu­sa­ban a cami­nar míni­mas dis­tan­cias. Cuan­do « tenían pri­sa, se des­pla­za­ban en la espal­da de los Indios » o en hama­cas por des Indios que debían cor­rer releván­dose. « En este caso se les acom­paña­ba por Indios que por­ta­ban grandes hojas de pal­ma para pro­te­gerles del sol y para ven­ti­lar­los. »

El control total conl­levó una cruel­dad igual­mente total. Los españoles « no se lo pen­sa­ban dos veces antes de apuña­lar­los a doce­nas y cor­tarles para pro­bar el afi­la­do de sus espa­das. » Las Casas expli­can cómo « dos de estos supues­tos cris­tia­nos se encon­tra­ron un día con dos chi­cos indí­ge­nas, cada uno con un loro, les qui­ta­ron los loros y para su mayor dis­frute, cor­ta­ron las cabe­zas a los chi­cos ».

Todas las ten­ta­ti­vas de reac­ción por parte de los Indios fra­ca­sa­ron. En fin, conti­nua Las Casas, « suda­ban sangre y agua en las minas y otros tra­ba­jos for­za­dos, en un silen­cio deses­pe­rante, no habien­do nin­gu­na alma en el mun­do hacia quien pedir ayu­da ». Des­cribe de igual mane­ra el tra­ba­jo en las minas : « Las mon­tañas son saquea­das, de la base a la cima y de la cima a la base, miles de veces. Esca­van, rom­pen la roca, des­pla­zan las pie­dras y trans­por­tan los sacos de gra­va en sus espal­das para lavar­la en los ríos. Los que lavan el oro se que­dan en el agua per­ma­nen­te­mente y sus espal­das per­pe­tua­mente encor­va­das ter­mi­nan por rom­perse. Además, cuan­do el agua invade las galerías, la terea más ago­ta­do­ra consiste en car­gar­la y sacar­la al exte­rior en pequeñas can­ti­dades ».

Des­pués de seis u ocho meses de tra­ba­jo en las minas (lap­so de tiem­po reque­ri­do para que cada equi­po pue­da extra­er el oro sufi­ciente para fun­dir­lo), un ter­cio de los hombres esta­ban muer­tos.

Mien­tras que los hombres eran envia­dos muy lejos, a las minas, las mujeres se que­da­ban para tra­ba­jar la tier­ra. Les obli­ga­ban a cavar y a levan­tar miles de ele­va­ciones para el culti­vo de la yuca, un tra­ba­jo inso­por­table :

“De esta for­ma las pare­jas sólo se unían una vez cada ocho o diez meses y cuan­do se jun­ta­ban, tenían tal can­san­cio y tal depre­sión… que deja­ban de pro­crear. Res­pec­to a los bebés, morían al poco rato de nacer porque a sus madres se les hacía tra­ba­jar tan­to, y esta­ban tan ham­brien­tas, que no tenían leche para ama­man­tar­los, y por esta razón, mien­tras estuve en Cuba, murie­ron 7.000 niños en tres meses. Algu­nas madres inclu­so lle­ga­ron a aho­gar a sus bebés de pura deses­pe­ra­ción… De esta for­ma, los hombres morían en las minas, las mujeres en el tra­ba­jo, y los niños de fal­ta de leche… y en un breve espa­cio de tiem­po, esta tier­ra, que era tan magní­fi­ca, pode­ro­sa y fér­til […] quedó des­po­bla­da.”

Cuan­do llegó a His­pa­nio­la en 1508, Las Casas dice « Vivían 60.000 per­so­nas en las islas, incluyen­do a los indí­ge­nas, así que entre 1494 y 1508, habían per­eci­do más de tres mil­lones de per­so­nas entre la guer­ra, la escla­vi­tud y las minas. ¿Quién se va a creer esto en futu­ras gene­ra­ciones ? » Escri­bió una bio­grafía en diver­sos volú­menes, y él mis­mo se hizo a la mar para recons­truir la ruta de Colón a tra­vés del Atlán­ti­co. En su popu­lar libro Cristó­bal Colón, mari­ne­ro, escri­to en 1954, nos cuen­ta el tema de la escla­vi­tud y las matan­zas « La cruel polí­ti­ca inicia­da por Colón y conti­nua­da por sus suce­sores desem­bocó en un geno­ci­dio com­ple­to ». Esta cita apa­rece en una de las pági­nas del libro, sepul­ta­da en un entor­no de gran roman­ti­cis­mo. En el últi­mo pár­ra­fo del libro, Mori­son da un resu­men de sus impre­siones sobre Colón :

Tenía defec­tos, pero en gran medi­da eran defec­tos que nacían de las cua­li­dades que le hicie­ron grande ‑su volun­tad indo­mable, su impre­sio­nante fe en Dios y en su pro­pia misión como por­ta­dor de Cris­to a las tier­ras allende los mares, su tozu­da per­sis­ten­cia a pesar de la mar­gi­na­ción, la pobre­za y el desá­ni­mo que le ace­cha­ban. Pero no tenía mácu­la ni había fal­lo algu­no en la más esen­cial y sobre­sa­liente de sus cua­li­dades ‑su habi­li­dad como mari­ne­ro.

Se puede men­tir como un bel­la­co sobre el pasa­do. O se pue­den omi­tir datos que pudie­ran lle­var a conclu­siones inacep­tables. Mori­son no hace ni una cosa ni la otra. Se nie­ga a men­tir res­pec­to a Colón. No se sal­ta el tema de los ase­si­na­tos en masa ; efec­ti­va­mente, lo des­cribe con la pala­bra más des­gar­ra­do­ra que se pue­da usar geno­ci­dio. Así empezó la his­to­ria ‑hace qui­nien­tos años- de la inva­sión euro­pea de los pue­blos indí­ge­nas de las Amé­ri­cas, una his­to­ria de conquis­ta, escla­vi­tud y muerte. Pero en los libros de his­to­ria que se da a gene­ra­ción tras gene­ra­ción de niños en los Esta­dos Uni­dos, todo empie­za con una aven­tu­ra heroi­ca ‑no una san­gría- y EL DIA DE COLON ES UN DIA DE CELEBRACION.

Sólo se han vis­to lige­ros cam­bios en años recientes. Eso sí, con cuen­ta­go­tas. Más allá de las escue­las pri­ma­rias y secun­da­rias, tan sólo ha habi­do pin­ce­la­das oca­sio­nales de algo dis­tin­to. Samuel Eliot Mori­son, el his­to­ria­dor de Har­vard, fue el autor más dis­tin­gui­do sobre temá­ti­ca colom­bi­na. Pero hace otra cosa. No se entre­tiene en la ver­dad, y pasa a consi­de­rar las cosas que le resul­tan más impor­tantes. El hecho de men­tir dema­sia­do des­ca­ra­da­mente o de hacer disi­mu­la­das omi­siones com­por­ta el ries­go de ser des­cu­bier­to, lo cual, si ocurre, puede lle­var al lec­tor a rebe­larse contra el autor. Sin embar­go, el hecho de apun­tar los datos para segui­da­mente enter­rar­los en una masa de infor­ma­ción para­le­la equi­vale a decirle al lec­tor con cier­ta cal­ma afec­ta­da : sí, hubo ase­si­na­tos en masa, pero eso no es lo ver­da­de­ra­mente impor­tante. Debie­ra pesar muy poco en nues­tros jui­cios finales, no debería afec­tar tan­to lo que haga­mos en el mun­do. La ver­dad es que el his­to­ria­dor no puede evi­tar enfa­ti­zar unos hechos y olvi­dar otros. Esto le resul­ta tan natu­ral como al cartó­gra­fo que, con el fin de pro­du­cir un dibu­jo efi­caz a efec­tos prác­ti­cos, pri­me­ro debe alla­nar y dis­tor­sio­nar la for­ma de la tier­ra para entonces esco­ger entre la des­con­cer­tante masa de infor­ma­ción geo­grá­fi­ca las cosas que nece­si­ta para los propó­si­tos de tal o cual mapa.

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Mis crí­ti­cas no pue­den cebarse en los pro­ce­sos de selec­ción, sim­pli­fi­ca­ción o énfa­sis, los cuales resul­tan inevi­tables tan­to para los cartó­gra­fos como para los his­to­ria­dores. Pero la dis­tor­sión del cartó­gra­fo es una nece­si­dad téc­ni­ca para una fina­li­dad común que com­par­ten todos los que nece­si­tan de los mapas. La dis­tor­sión del cartó­gra­fo, más que téc­ni­ca, es ideoló­gi­ca ; se debate en un mun­do de inter­eses contra­pues­tos, en el que cual­quier énfa­sis pres­ta apoyo (lo quie­ra o no el his­to­ria­dor) a algún tipo de inter­és, sea econó­mi­co, polí­ti­co, racial, nacio­nal o sexual. Además este inter­és ideoló­gi­co no se expre­sa tan abier­ta­mente ni resul­ta tan obvio como el inter­és téc­ni­co del cartó­gra­fo (« Esta es una proyec­ción Mer­ca­dor para nave­ga­ción de lar­ga dis­tan­cia, para las dis­tan­cias cor­tas deben usar una proyec­ción dife­rente »). No. Se pre­sen­ta como si todos los lec­tores de temas histó­ri­cos tuvie­ran un inter­és común que los his­to­ria­dores satis­fa­cen con su gran habi­li­dad. El hecho de enfa­ti­zar el heroís­mo de Colón y sus suce­sores como nave­gantes y des­cu­bri­dores y de qui­tar énfa­sis al geno­ci­dio que pro­vo­ca­ron no es una nece­si­dad téc­ni­ca sino una elec­ción ideoló­gi­ca. Sirve ‑se quie­ra o no- para jus­ti­fi­car lo que pasó. Lo que quie­ro resal­tar aquí no es el hecho de que deba­mos acu­sar, juz­gar y conde­nar a Colón in absen­tia, al contar la his­to­ria. Ya pasó el tiem­po de hacer­lo, sería un inú­til ejer­ci­cio aca­dé­mi­co de moralís­ti­ca. Quie­ro hacer hin­ca­pié en que todavía nos acom­paña la cos­tumbre de acep­tar las atro­ci­dades como el pre­cio deplo­rable pero nece­sa­rio que hay que pagar por el pro­gre­so (Hiro­shi­ma y Viet­nam por la sal­va­ción de la civi­li­za­ción occi­den­tal ; Krons­tadt y Hun­gría por la del socia­lis­mo, la pro­li­fe­ra­ción nuclear para sal­var­nos a todos). Una de las razones que expli­can por qué nos mero­dean todavía estas atro­ci­dades es que hemos apren­di­do a enter­rar­las en una masa de datos para­le­los, de la mis­ma mane­ra que se entier­ran los resi­duos nucleares en conte­ne­dores de tier­ra. El tra­ta­mien­to de los héroes (Colón) y sus víc­ti­mas (los ara­waks) ‑la sumi­sa acep­ta­ción de la conquis­ta y el ase­si­na­to en el nombre del pro­gre­so- es sólo un aspec­to de una pos­tu­ra ante la his­to­ria que expli­ca el pasa­do desde el pun­to de vis­ta de los gober­na­dores, los conquis­ta­dores, los diplomá­ti­cos y los líderes. Es como si ellos ‑por ejem­plo, Colón- mere­cie­ran la acep­ta­ción uni­ver­sal ; como si ellos los Padres Fun­da­dores, Jack­son, Lin­coln, Wil­son, Roo­se­velt, Ken­ne­dy, los prin­ci­pales miem­bros del Congre­so, los famo­sos jueces del Tri­bu­nal Supre­mo- repre­sen­ta­ran a toda la nación. La pre­ten­sión es que real­mente existe una cosa que se lla­ma « Esta­dos Uni­dos », que es pre­sa a veces de conflic­tos y dis­cu­siones, pero que fun­da­men­tal­mente es una comu­ni­dad de gente de inter­eses com­par­ti­dos. Es como si real­mente hubie­ra un « inter­és nacio­nal » repre­sen­ta­do por la Consti­tu­ción, por la expan­sión ter­ri­to­rial, por las leyes apro­ba­das por el Congre­so, las deci­siones de los tri­bu­nales, el desar­rol­lo del capi­ta­lis­mo, la cultu­ra de la edu­ca­ción y los medios de comu­ni­ca­ción. « La his­to­ria es la memo­ria de los esta­dos », escri­bió Hen­ry Kis­sin­ger en su pri­mer libro, A World Res­to­red, en el que se dedicó a contar la his­to­ria de la Euro­pa del siglo die­ci­nueve desde el pun­to de vis­ta de los líderes de Aus­tria e Ingla­ter­ra, igno­ran­do a los mil­lones que sufrie­ron las polí­ti­cas de sus esta­dis­tas. Desde su pun­to de vis­ta, la « paz » que tenía Euro­pa antes de la Revo­lu­ción Fran­ce­sa quedó « res­tau­ra­da » por la diplo­ma­cia de unos pocos líderes nacio­nales. Pero para los obre­ros indus­triales de Ingla­ter­ra, para los cam­pe­si­nos de Fran­cia, para la gente de color en Asia y Áfri­ca, para las mujeres y los niños de todo el mun­do ‑sal­vo los de clase aco­mo­da­da- era un mun­do de conquis­tas, vio­len­cia, hambre, explo­ta­ción ‑un mun­do no res­tau­ra­do, sino desin­te­gra­do.

Mi pun­to de vis­ta, al contar la his­to­ria de los Esta­dos Uni­dos, es dife­rente : NO DEBEMOS ACEPTAR LA MEMORIA DE LOS ESTADOS COMO COSA PROPIA. LAS NACIONES NO SON COMUNIDADES Y NUNCA LO FUERON. LA HISTORIA DE CUALQUIER PAIS, si se pre­sen­ta como si fue­ra la de una fami­lia, disi­mu­la ter­ribles conflic­tos de inter­eses (algo explo­si­vo, casi siempre repri­mi­do) entre conquis­ta­dores y conquis­ta­dos, amos y escla­vos, capi­ta­lis­tas y tra­ba­ja­dores, domi­na­dores y domi­na­dos por razones de raza y sexo. Y en un mun­do de conflic­tos, en un mun­do de víc­ti­mas y ver­du­gos, la tarea de la gente pen­sante debe ser como sugi­rió Albert Camus- no situarse en el ban­do de los ver­du­gos. Así, en esa inevi­table toma de par­ti­do que nace de la selec­ción y el subraya­do de la his­to­ria, pre­fie­ro expli­car la his­to­ria del des­cu­bri­mien­to de Amé­ri­ca desde el pun­to de vis­ta de los ara­waks, la de la Consti­tu­ción, desde la posi­ción de los escla­vos, la de Andrew Jack­son, tal como lo verían los che­ro­kees, la de la Guer­ra Civil, tal como la vie­ron los irlan­deses de Nue­va York, la de la Guer­ra de Méxi­co, desde el pun­to de vis­ta de los deser­tores del ejér­ci­to de Scott, la de la eclo­sión del indus­tria­lis­mo, tal como lo vie­ron las jóvenes obre­ras de las fábri­cas tex­tiles de Lowell, la de la Guer­ra His­pa­no-Esta­dou­ni­dense vis­ta por los cuba­nos, la de la conquis­ta de las Fili­pi­nas tal como la verían los sol­da­dos negros de Luzón, la de la Edad de Oro, tal como la vie­ron los agri­cul­tores sur­eños, la de la Pri­me­ra Guer­ra Mun­dial, desde el pun­to de vis­ta de los socia­lis­tas, y la de la Segun­da vis­ta por los paci­fis­tas, la del New Deal de Roo­se­velt, tal como la vie­ron los negros de Har­lem, la del Impe­rio Ame­ri­ca­no de pos­guer­ra, desde el pun­to de vis­ta de los peones de Lati­noa­mé­ri­ca. Y así suce­si­va­mente, den­tro de los límites que se le impo­nen a una sola per­so­na, por mucho que él o ella se esfuer­cen en « ver » la his­to­ria desde otros pun­tos de vis­ta.

 

Howard Zinn

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Edi­ción : San­tia­go Per­ales

 

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