Este texto es una traduc­ción de un pasaje del libro de Derrick Jensen inti­tu­lado “A Language Older Than Words” (en español “Un lenguaje más anti­guo que las pala­bras”).

 


“Un lenguaje más anti­guo que las pala­bras” aborda inicial­mente el hecho que muchos de noso­tros expe­ri­men­ta­mos la comu­ni­ca­ción inter-espe­cies coti­dia­na­mente, pero que casi nadie habla de eso públi­ca­mente. Este libro iba a ser una colec­ción de histo­rias felices de comu­ni­ca­ción inter-espe­cies, pero muy rápi­da­mente me percaté que escri­bir un libro feliz a propó­sito de rela­ciones huma­nas y no huma­nas sería, en el punto donde nos encon­tra­mos, profun­da­mente desho­nesto. Además, un libro que preten­dería mostrar que los no huma­nos pueden pensar y comu­ni­car sería profun­da­mente secta­rio y degra­dante, como si alguien escri­biera un libro en el que muestre que las rubias pueden pensar, o que los judíos no son unos subhu­ma­nos. Eso permi­tiría al chovi­nismo y al secta­rismo de la cultura domi­nante a perma­ne­cer incon­tes­ta­dos.

En su lugar, busqué respon­der a las cues­tiones, ¿Porqué algu­nos entre noso­tros escu­chan y otros no? ¿Porqué a algu­nas perso­nas no les impor­tan aquel­los a quienes explo­tan? ¿Porqué explo­tan? Me di cuenta que antes de poder explo­tar al otro, usted debía silen­ciarlo. Fue en aquel momento que el libro se trans­formó en lo que es ahora.

Existe un lenguaje mucho más anti­guo y profundo que las pala­bras. Es el lenguaje de los cuer­pos, de un cuerpo contra otro, del viento sobre la nieve, de la lluvia sobre los árboles, de las olas sobre las rocas. Es el lenguaje del sueño, del gesto, del símbolo, del recuerdo. Hemos olvi­dado ese lenguaje. No nos acor­da­mos ni siquiera que existe.

A fin de mante­ner nues­tro modo de vida, debe­mos, en su sentido más amplio, mentir­nos los unos a los otros y parti­cu­lar­mente a noso­tros mismos. No es nece­sa­rio que las menti­ras sean parti­cu­lar­mente creíbles. Las menti­ras sirven de amparo contra la verdad. Esos ampa­ros contra la verdad son nece­sa­rios porque sin ellos nume­ro­sos actos deplo­rables se volverían impo­sibles. La verdad debe evitarse a todo precio. Cuando permi­ti­mos pasar por alto las verdades evidentes de nues­tras defen­sas y les permi­ti­mos pene­trar en nues­tras concien­cias, éstas son trata­das tanto como grana­das rodando sobre la pista de baile de una impro­bable fiesta maca­bra. Tenta­mos de quedar­nos fuera de peli­gro, por miedo a que explo­ten, quebran­ten nues­tras ilusiones y nos dejen frente a lo que le hemos hecho al mundo y a noso­tros mismos, frente a las perso­nas huecas en las que nos hemos conver­tido. Y entonces evita­mos esas verdades, esas verdades flagrantes y conti­nua­mos la danza de la destruc­ción del mundo.

Como es el caso para la mayoría de los niños, cuando era joven escu­chaba el mundo hablar. Las estrel­las cantar. Las piedras tenían prefe­ren­cias. Los arboles tenían días malos. Los sapos tenían debates bulli­cio­sos, jactán­dose lo bueno que estaba el día. Como ruidos pará­si­tos en la radio, la escuela así como otras formas de socia­li­za­ción comen­za­ron a inter­fe­rir con mi percep­ción del mundo animado y durante muchos años casi creí que solo los huma­nos habla­ban. El abismo entre lo que había expe­ri­men­tado y lo que más o menos creía me pertur­baba profun­da­mente. No fue hasta más tarde que comencé a enten­der las impli­ca­ciones perso­nales, polí­ti­cas, sociales, ecoló­gi­cas y econó­mi­cas de vivir en un mundo redu­cido al silen­cio.

Ese enmu­de­ci­miento impuesto es el corazón de los engra­najes de nues­tra cultura. Ese arisco rechazo de escu­char la voz de los que explo­ta­mos es esen­cial para que los domi­ne­mos. La reli­gión, la cien­cia, la filo­sofía, la polí­tica, la educa­ción, la psico­logía, la medi­cina, la lite­ra­tura, la lingüís­tica y el arte han sido pues­tos a contri­buir en cali­dad de útiles de racio­na­li­za­ción de esta reduc­ción al silen­cio y de degra­da­ción de las mujeres, de los niños, de las otras razas, de las otras cultu­ras, del mundo natu­ral y de sus miem­bros, de nues­tras emociones, de nues­tras concien­cias, de nues­tras expe­rien­cias y de nues­tras histo­rias cultu­rales y perso­nales.

Mi propia intro­duc­ción a ese enmu­de­ci­miento impuesto – como al igual que un gran porcen­taje de niños en el seno de nume­ro­sas fami­lias – fueron las manos (y las partes geni­tales) de mi padre, que golpeaba a mi madre, mis herma­nos y mis herma­nas, y que violaba a mi madre, mi hermana y a mí. No puedo más que espe­cu­lar que siendo el más joven, mi padre haya juzgado de alguna manera más apro­piado forzarme a mirar y escu­char en lugar de golpearme. Recuerdo esce­nas – vaga­mente, como de un sueño o de una pelí­cula – los brazos gesti­cu­lantes, de mi padre hosti­gando mi hermano Rob alre­de­dor de la casa. Recuerdo a mi madre jalando a mi padre a su reca­mara para que ella reci­biera los golpes que de otra forma hubie­ran termi­nado sobre sus hijos. Noso­tros nos sentá­ba­mos en la cocina, con rostros de mármol, audien­cia atenta de los gemi­dos ahoga­dos que esca­pa­ban a través de finos muros.

AleksandrEs de esta impre­ci­sión con la cual reme­moro estas imágenes forma­do­ras de las que es aquí cues­tión, porque la peor cosa que mi padre haya hecho va más allá de los golpes y de las viola­ciones, hasta la nega­ción de que sea lo que sea haya tenido lugar. No sola­mente fueron quebran­ta­dos cuer­pos, sino que quebran­tado también fue la base de la conexión entre memo­ria y expe­rien­cia, entre física y reali­dad. Su nega­ción tenía sentido, no sola­mente porque un reco­no­ci­miento de la violen­cia habría portado perjui­cio a su imagen de abogado respe­tado, prós­pero y profun­da­mente reli­gioso, sino que simple­mente porque el hombre que golpea a sus hijos no podría hablar de ello hones­ta­mente y conti­nuar hacién­dolo.

Nos volvi­mos una fami­lia de amné­si­cos. El espí­ritu no contiene el lugar para grabar esas expe­rien­cias y como no había proba­ble­mente ninguna esca­pa­to­ria, acor­dar­nos de esas atro­ci­dades no tenía ningún interés. Entonces apren­di­mos, día tras día, a no confiar en nues­tras percep­ciones y que era mejor para noso­tros que no escu­chá­ra­mos nues­tras emociones. Cuoti­dia­na­mente olvidá­ba­mos nueva­mente. Habían golpes, segui­dos de una breve contri­ción y de mi padre que pregun­taba “¿Porqué me empujaste a hacerlo?”, ¿y después? Nada, salvo las moles­tas prue­bas: una puerta rota, ropa íntima bañada de orina, un tabique de madera que mi hermano arran­caba muchas veces tratando de ganar velo­ci­dad agar­rando la esquina. Una vez que estas fueron repa­ra­das, no había nada para acor­darse. Entonces “olvidá­ba­mos” y el esquema se repro­ducía.

La volun­tad de olvi­dar es la esen­cia de la reduc­ción al silen­cio. Cuando me dí cuenta de eso, comencé a poner más aten­ción al “Como” y al “Porqué del olvido – y entonces comenzó un viaje hacia el recuerdo.

¿Qué olvi­da­mos además de eso? ¿Pen­sa­mos a la devas­ta­ción nuclear o a la sabi­duría de produ­cir tone­la­das de pluto­nio, que es letal hasta en dosis microscó­pi­cas por más de 250 000 años? ¿Que el calen­ta­miento global invade nues­tros sueños? En nues­tros momen­tos más serios, ¿Con­si­de­ra­mos el hecho que la civi­li­za­ción indus­trial haya iniciado la más impor­tante extin­ción masiva de la histo­ria del planeta? ¿Pen­sa­mos frecuen­te­mente al hecho que nues­tra cultura comete geno­ci­dios contra todas las cultu­ras indí­ge­nas que encuen­tra? Cuando uno de noso­tros consume produc­tos fabri­ca­dos por nues­tra cultura, ¿Se proble­ma­tiza (él o ella) de las atro­ci­dades que los vuel­ven acce­sibles?

Noso­tros no para­mos esas atro­ci­dades, porque no habla­mos de ellas. No habla­mos de ellas, porque no pensa­mos en ellas. No pensa­mos en ellas, porque son dema­siado horribles de conce­bir. Como la experta en trau­ma­tismo Judith Herman escri­bió, “la respuesta ordi­na­ria a esas atro­ci­dades es de prohi­bir­las de la concien­cia. Cier­tas viola­ciones del pacto social son dema­siado horribles para ser anun­cia­das en voz alta: es el signi­fi­cado de la pala­bra inefable.”

Mien­tras que el tejido ecoló­gico del mundo natu­ral se deshi­la­cha a nues­tro alre­de­dor, puede ser que es tiempo de comen­zar a hablar de lo inefable y escu­char lo que juzga­mos ines­cu­chable.

Una granada rueda sobre el suelo. Mira. Ella no se irá.

Derrick Jensen


Traduc­ción: Santiago Perales

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