Tra­duc­ción al español del tex­to « La déra­di­ca­li­sa­tion du mou­ve­ment éco­lo­giste : de 1972 à aujourd’­hui ».


En junio de 1972, el año de la publi­ca­ción del famo­so informe del Club de Roma, la revis­ta Nou­vel Obser­va­teur publicó un núme­ro « espe­cial eco­logía » titu­la­do « Der­nière chance de la Terre » (« Últi­ma opor­tu­ni­dad de la Tier­ra »). El edi­to­rial de Alain Her­vé, titu­la­do « Pour évi­ter la fin du monde… » (« Para evi­tar el fin del mun­do …»), afir­ma­ba que « en nombre del pro­gre­so […] comenzó el más gigan­tes­co pro­ce­so de des­truc­ción que una espe­cie haya libra­do contra el medio ambiente que sos­tiene su vida y contra la vida mis­ma », y al mis­mo tiem­po, hacía un lla­ma­do a una « revo­lu­ción ecoló­gi­ca […] que no será el tra­ba­jo de un club en donde se reú­nan varios minis­tros de medio ambiente, los cuales, nom­bra­dos por un poder con ansias de más poder, sólo podrían ser­vir una cau­sa que ya ha fra­ca­sa­do ».

La por­ta­da del núme­ro de Nou­vel Obser­va­teur.

En un artí­cu­lo titu­la­do « Los demo­nios de la expan­sión », André Gorz (bajo el seudó­ni­mo de Michel Bos­quet), escri­bió que « la civi­li­za­ción indus­trial no pasará de este siglo », e inclu­so sugi­rió que su colap­so era deseable y urgente :

« Cuan­to antes se deten­ga, mejor ; cuan­to más dure, más bru­tal será el colap­so de esta civi­li­za­ción e irre­pa­rable la catás­trofe glo­bal que ella pre­pa­ra. El lec­tor puede enco­gerse de hom­bros y ter­mi­nar aquí su lec­tu­ra. Si continúa, recuerde esto : otras civi­li­za­ciones colap­sa­ron antes que la nues­tra, en las guer­ras de exter­mi­nio, la bar­ba­rie, el hambre y extin­ción de sus pue­blos, por haber consu­mi­do lo que no puede repro­du­cirse, y por haber des­trui­do aquel­lo que no se repa­ra. Recuerde tam­bién que el final abso­lu­to que se pre­dice para la lla­ma­da civi­li­za­ción occi­den­tal e indus­trial, no es anun­cia­do por polí­ti­cos e ideó­lo­gos, sino por demó­gra­fos, agró­no­mos, bió­lo­gos y eco­lo­gis­tas que, a menu­do, tie­nen una pobre com­pren­sión del alcance sub­ver­si­vo de sus cál­cu­los y que nun­ca dejan de sor­pren­derse por la hos­ti­li­dad y la mala fe con que los ban­que­ros e indus­triales reci­ben dichos datos. »

Si su colap­so está garan­ti­za­do, dice Gorz, es porque lo que debería hacerse para poner fin al desastre es « incom­pa­tible con nues­tra for­ma de vida y pro­duc­ción actuales, es decir, con la civi­li­za­ción indus­trial, fru­to del capi­ta­lis­mo. »

En una entre­vis­ta, Robert Pou­jade, en aquel momen­to Minis­tro de Medio Ambiente y de la Natu­ra­le­za, afir­ma­ba ser « bas­tante opti­mis­ta » ya que, « a par­tir del momen­to en que se apun­ta tan­to al desar­rol­lo como a la pro­tec­ción de los hombres, se encuen­tran solu­ciones más ela­bo­ra­das para lo uno y lo otro. […] Se le exige al hombre más inven­ción tec­noló­gi­ca, una mejor dis­tri­bu­ción de recur­sos y cré­di­tos, pero no creo que sea nece­sa­rio ele­gir entre el desar­rol­lo y la pro­tec­ción del medio ambiente ». Casi 50 años des­pués, pode­mos consta­tar la mis­ma imbe­ci­li­dad en el dis­cur­so polí­ti­co. Y todo ha empeo­ra­do. Enor­me­mente.

En un tex­to titu­la­do « El rey que se vol­vió loco », Theo­dore Monod aso­cia­ba direc­ta­mente la « civi­li­za­ción » con « un pro­ce­so de dese­qui­li­brio entre el poten­cial de des­truc­ción del hombre y las capa­ci­dades de recu­pe­ra­ción del medio natu­ral » :

« Lo que lla­ma­mos cri­sis medioam­bien­tal es sim­ple­mente el resul­ta­do de una vio­la­ción cada vez más grave de las leyes de la eco­logía, basa­das en la inter­de­pen­den­cia de los seres vivos entre sí y con su entor­no físi­co, es decir, leyes fun­da­das sobre la noción de equi­li­brios natu­rales. Una mira­da rápi­da a las eta­pas de la situa­ción del hombre en la bios­fe­ra, frente a otros ele­men­tos de la comu­ni­dad bioló­gi­ca, puede dar­nos una visión glo­bal del asun­to.

En una pri­me­ra fase, el hombre es un depre­da­dor más entre otros, ocu­pan­do un lugar modes­to en su bio­ce­no­sis ori­gi­nal ; sus extrac­ciones del medio ambiente siguen sien­do com­pa­rables a las de otros seres : el león, el gue­par­do y los monos. Pero con la per­fec­ción de sus téc­ni­cas de adqui­si­ción, con el bifaz, la fle­cha o el fue­go, su efi­ca­cia aumen­ta consi­de­ra­ble­mente. Con la revo­lu­ción neolí­ti­ca apa­rece el ani­mal domés­ti­co, el cereal culti­va­do, la cerá­mi­ca, la ciu­dad, el pala­cio, el tem­plo, la tien­da, el alma­cén, el cuar­tel, el bur­del y la pri­sión : la civi­li­za­ción está en mar­cha…

Si al prin­ci­pio sub­sistía un cier­to equi­li­brio entre el poten­cial de des­truc­ción del hombre y las capa­ci­dades de recu­pe­ra­ción del entor­no natu­ral, la balan­za, a par­tir de aho­ra, se incli­nará cada vez más en favor del agre­sor. Desde entonces, el pro­ce­so de dese­qui­li­brio entre el poten­cial de des­truc­ción del hombre y las capa­ci­dades de recu­pe­ra­ción del entor­no natu­ral está com­pro­me­ti­do : nos lle­vará direc­ta­mente a la bom­ba ató­mi­ca y a otras mara­villas a las que nos pre­pa­ra una tec­no­logía desen­fre­na­da, conver­ti­da en un fin en sí mis­ma, y preo­cu­pa­da a medias, has­ta aho­ra, por lo que debería impor­tarle : el hombre [y todos los seres vivos, debería­mos agre­gar].

Una ideo­logía beli­co­sa y orgul­lo­sa, la mito­logía de un « rey de la crea­ción » encar­ga­do de conquis­tar y domi­nar, sin preo­cu­parse por los dere­chos de los otros seres vivos, debía per­mi­tir­nos devas­tar el pla­ne­ta con bue­na concien­cia. Y tan­to más fácil­mente cuan­to que la reli­gión del bene­fi­cio debía lega­li­zar cual­quier per­jui­cio, siempre y cuan­do la exis­ten­cia de algu­na ganan­cia lo absol­vie­ra, o lo san­ti­fi­ca­ra.

Por lo tan­to, ¿qué hay de sor­pren­dente si la pro­duc­ción, la indus­tria­li­za­ción, el gigan­tis­mo huma­no y el cre­ci­mien­to econó­mi­co son consi­de­ra­dos vir­tudes axiomá­ti­cas ? Lle­ga­mos al pun­to en que hace­mos las cosas (¿y quién no ve ahí la conde­na por lo absur­do de todo el sis­te­ma?), no porque hayan sido cui­da­do­sa­mente pen­sa­das y reco­no­ci­das como bene­fi­cio­sas para el desar­rol­lo del hombre en sus diver­sos aspec­tos [y para su convi­ven­cia armo­nio­sa con el conjun­to de los seres vivos, con el mun­do natu­ral], sino sólo porque son posibles (y « ren­tables »). Construi­re­mos el avión super­só­ni­co por la úni­ca razón de que « pode­mos hacer­lo » : ¿es razo­nable, es digno de un Homo que se recla­ma sapiens ?

Las aber­ra­ciones ecoló­gi­cas que pro­du­cirán estos bel­los (y lucra­ti­vos) prin­ci­pios las cono­ce­mos muy bien. Bas­ta con abrir los ojos para per­ci­bir la magni­tud de los desastres que ya se consu­ma­ron y los que nos pre­pa­ran cier­tas com­pli­ci­dades fructí­fe­ras. « Nun­ca se ha habla­do tan­to sobre la pro­tec­ción de la natu­ra­le­za. Y nun­ca se ha hecho tan­to para des­truir­la », remar­ca­ba Phi­lippe Saint-Marc, autor del libro « Socia­li­sa­tion de la nature » (« Socia­li­za­ción de la natu­ra­le­za »). Todo esto es dema­sia­do cier­to : en todas partes, proyec­tos insen­sa­tos, des­tro­zos estú­pi­dos, sitios des­fi­gu­ra­dos, aumen­to fur­ti­vo de una inexo­rable marea de basu­ra y des­per­di­cios, conta­mi­na­ción de todo tipo, ame­na­zas de todo tipo, inclui­da la radiac­ti­vi­dad, por ejem­plo, o el taba­co can­cerí­ge­no del esta­do. […]

La gran indus­tria, los grandes conta­mi­na­dores, frente a la reac­ción sus­ci­ta­da en el públi­co por sus exce­sos, se encuen­tran de aho­ra en más a la defen­si­va y reac­cio­nan de diver­sas mane­ras. Pri­me­ro con ale­ga­tos inge­nio­sos, incon­ce­bibles, ya que eran inú­tiles hace ape­nas algu­nas déca­das. Se conde­na en su tota­li­dad a los par­ti­da­rios de una « vaga mito­logía mani­quea », los tra­di­cio­na­lis­tas, los amantes de los « sueños bucó­li­cos » o de la « pure­za rural », los sen­ti­men­tales, en resu­men, todos aquel­los que tie­nen la imper­ti­nen­cia de negarse a ado­rar al becer­ro de oro, al Dine­ro-Jeho­vah o a la San­ta-Pro­duc­ción. Si es nece­sa­rio, se les acu­sará de que­rer vol­ver a la era prein­dus­trial, mien­tras que se atre­ven a pen­sar (por ade­lan­ta­do) la era post­in­dus­trial, que podría lle­gar antes de lo que algu­nos se ima­gi­nan o desean. Lue­go tra­tan de mini­mi­zar los hechos o de ter­gi­ver­sar el signi­fi­ca­do de las cosas : ¿no ha habi­do siempre una ero­sión natu­ral ? ¿No han ya desa­pa­re­ci­do espe­cies ani­males sin la inter­ven­ción huma­na ? ¡Como si los fenó­me­nos geoló­gi­cos, en la esca­la de mil­lones de años, pudie­ran tener algo en común con el daño cau­sa­do por los petro­le­ros, los prín­cipes del cemen­to o los reyes de la bauxi­ta !

Van inclu­so más lejos al tra­mar grandes ope­ra­ciones publi­ci­ta­rias para des­lin­dar res­pon­sa­bi­li­dades, por ejem­plo, mediante la conce­sión de pre­mios para fomen­tar la pro­tec­ción de la natu­ra­le­za o mediante sub­si­dios a aso­cia­ciones que luchan por la pro­tec­ción del medio ambiente. Si creyé­ra­mos en algu­nas de estas pode­ro­sas fir­mas, pare­cie­ra que su mayor preo­cu­pa­ción fue­ra, hoy, la pro­tec­ción del medio ambiente ; el res­to : bene­fi­cios, divi­den­dos, etc., es secun­da­rio. […]

Otro argu­men­to : todos conta­mi­nan, el ver­da­de­ro culpable eres tú, soy yo, es el ama de casa en vez de la fábri­ca. Cier­ta­mente, somos todos, en mayor o menor gra­do, res­pon­sables ; pero ¿quién nos ven­dió el deter­gente, el her­bi­ci­da, la gaso­li­na, los envases de plás­ti­co no bio­de­gra­dables ? [Y, sobre todo, debería­mos agre­gar : como si vivié­ra­mos en demo­cra­cia, como si todos qui­sié­ra­mos y todos fué­ra­mos igual­mente res­pon­sables del orden esta­ble­ci­do o de la orga­ni­za­ción social domi­nante ; como si no estu­vié­se­mos ya des­po­ja­dos com­ple­ta­mente de todo poder sobre nues­tras vidas y las socie­dades de masas en las que esta­mos atra­pa­dos].

El medio ambiente, los equi­li­brios ecoló­gi­cos, etc., se convier­ten en concep­tos a la moda : cier­tos per­so­najes tie­nen la boca lle­na de esas pala­bras que des­co­nocían hace ape­nas seis meses. Pero están de moda. […] De aho­ra en más, toda lucha por encar­nar en la prác­ti­ca una ver­da­de­ra concien­cia ecoló­gi­ca se verá enfren­ta­da a los pode­ro­sos y a los explo­ta­dores ame­na­za­dos en la bús­que­da de sus fructí­fe­ras fechorías.

Nun­ca nos can­sa­re­mos de repe­tir­lo : la lucha por el medio ambiente y por la cali­dad de vida desem­bo­cará, muy rápi­da­mente, en cues­tiones de prin­ci­pios y fina­li­dades, y por lo tan­to, de opciones. No es un decre­to por aquí y otro por allá (más o menos bien apli­ca­do) que cam­biará el cur­so actual de las cosas y obli­gará al tren a dis­mi­nuir su velo­ci­dad y a bifur­car el cami­no. ¿Acep­ta­re­mos inde­fi­ni­da­mente, siempre y en todas partes, que el « siempre más » es pre­fe­rible al « mejor» ; la can­ti­dad a la cali­dad, el dine­ro a la vida ? Des­pués de todo, ¿qué es lo que real­mente impor­ta : « tener » o « cre­cer » ? ¿Conti­nuar saquean­do ale­gre­mente el pla­ne­ta y recha­zar la bar­ba­rie mal camu­fla­da de una civi­li­za­ción cuyos frá­giles bar­nices se des­pren­den al menor roce, o acep­tar entrar en una ter­ce­ra fase de la his­to­ria de las rela­ciones hombre-natu­ra­le­za, la de la recon­ci­lia­ción ? […] »

En este núme­ro del Nou­vel Obser­va­teur de 1972 encon­tra­mos, además de varios artí­cu­los que pro­po­nen crí­ti­cas viru­len­tas de la energía nuclear, el siguiente cua­dro, rea­li­za­do por Robin y Janine Clarke, teó­ri­cos de las « tec­no­logías suaves » :

En tér­mi­nos gene­rales, nos damos cuen­ta de que el dis­cur­so eco­lo­gis­ta domi­nante ha retro­ce­di­do, que era más radi­cal en los años 70, en Fran­cia como en Esta­dos Uni­dos (como lo seña­la­ba Lang­don Win­ner en su libro « La bal­le­na y el reac­tor »). En esa épo­ca, su cues­tio­na­mien­to radi­cal de la civi­li­za­ción indus­trial y del capi­ta­lis­mo logró una amplia difu­sión (como así tam­bién su crí­ti­ca radi­cal del desar­rol­lo tec­noló­gi­co y del pro­gre­so téc­ni­co), basa­do en los aná­li­sis de Jacques Ellul, Ivan Illich, o Lewis Mum­ford.

Dicho esto, leyen­do los tex­tos publi­ca­dos en ese núme­ro de Nou­vel Obser­va­teur, es difí­cil no notar el antro­po­cen­tris­mo, o inclu­so el socio­cen­tris­mo que a menu­do los carac­te­ri­za, además de algu­nos aná­li­sis histó­ri­cos y polí­ti­cos bas­tante inge­nuos, inclu­so erró­neos (o la fal­ta de aná­li­sis serio de la his­to­ria y la polí­ti­ca). Y si bien cier­tos artí­cu­los fomen­tan las « tec­no­logías suaves » o demo­crá­ti­cas (contro­la­das a nivel comu­ni­ta­rio), algu­nos otros cla­si­fi­can erró­nea­mente (por todo lo que ella impli­ca) la energía solar foto­vol­tai­ca en esta cate­goría. (Un pasaje del libro « Alto al cre­ci­mien­to » publi­ca­do en ese núme­ro reco­noce que es « la fuente de energía menos conta­mi­nante » pero no una for­ma ver­da­de­ra­mente « verde » y « lim­pia » de gene­rar elec­tri­ci­dad, como se nos la pre­sen­ta, a menu­do, hoy en día).

De todos modos, hoy, desde Yann Arthus-Ber­trand has­ta Del­phine Batho, los eco­lo­gis­tas mediá­ti­cos pro­mue­ven dife­rentes ver­siones del desar­rol­lo sos­te­nible. Y así, la mayoría de los que par­ti­ci­pan en mar­chas inofen­si­vas y en mani­fes­ta­ciones estu­dian­tiles o eco­lo­gis­tas, que se conten­tan con exi­gir el desar­rol­lo masi­vo de indus­trias de energías « verdes », pro­mue­ven una absur­da « neu­tra­li­dad de car­bo­no », una eco­nomía « cir­cu­lar », o « sim­bió­ti­ca », o « verde », o [pon­ga aquí la últi­ma pala­bra de moda].

ZAD vs ONG

Uno de los fac­tores que ha pre­ci­pi­ta­do (y que sigue pre­ci­pi­tan­do) esta des­ra­di­ca­li­za­ción, es men­cio­na­do por Theo­dore Monod, que habla de « sub­si­dios a aso­cia­ciones que luchan por la defen­sa del medio ambiente ». Lo que es impor­tante com­pren­der es que hace más o menos refe­ren­cia a la ONG-isa­tion de la resis­ten­cia denun­cia­da por, entre otros, Arund­ha­ti Roy. Conscientes de las pro­tes­tas que esta­ban sur­gien­do, los líderes esta­tales y cor­po­ra­ti­vis­tas hicie­ron lo nece­sa­rio para que, al crear el esta­tus de ONG, pudie­ran contro­lar­las y diri­gir­las. El tra­ba­jo o el volun­ta­ria­do en el cam­po de las ONG, (depen­dientes, a menu­do, de finan­cia­ciones esta­tales o pri­va­das), se ha conver­ti­do en la prin­ci­pal for­ma de opo­nerse (al menos en apa­rien­cia) al orden esta­ble­ci­do, de enfren­tar (al menos en apa­rien­cia) los pro­ble­mas socioe­coló­gi­cos actuales. A esto se añade la pro­pa­gan­da de los medios de comu­ni­ca­ción, otro fac­tor deci­si­vo en la coop­ta­ción del movi­mien­to de lucha « por la defen­sa del medioam­biente ».

Por más moles­tos que pue­dan ser estos obstá­cu­los, por más peno­sas que sean estas inter­fe­ren­cias, no son infran­queables. El movi­mien­to eco­lo­gis­ta ha sido, cla­ra­mente, mucho más inci­si­vo y sub­ver­si­vo que estos últi­mos. Haga­mos que vuel­va a ser lo que fue.

 

Nico­las Casaux

Tra­duc­ción : Pablo López

Revisión/Edición : San­tia­go Per­ales M.


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