“How nonvio­lence protects the State” fue editado por South End Press, Cambridge, 2007.  “Cómo la no violen­cia protege al Estado”, del acti­vista anarquista esta­dou­ni­dense Peter Gelder­loos. Tradu­cido direc­ta­mente del inglés por Edicions Anomia (Barce­lona, Prima­vera del 2010). Para leer el libro completo en PDF hacer click aquí

“Estoy profun­da­mente agra­de­cido a Peter Gelder­loos por haber tenido el coraje de mostrar el culto al paci­fismo como lo que es: un aliado racista y patriar­cal del poder esta­tal. ‘Cómo la no violen­cia protege al Estado” es un libro nece­sa­rio sobre un tema nece­sa­rio también: cómo pode­mos resis­tir ». – Derrick Jensen


Cómo la no violen­cia protege al Estado

Capí­tulo 1. La no violen­cia es inefec­tiva

por Peter Gelder­loos

Podría dedi­car mucho tiempo enume­rando los fraca­sos de la no violen­cia. En lugar de esto, va a ser más útil hablar de los éxitos de la no violen­cia. El paci­fismo apenas sería atrac­tivo para sus segui­dorxs si la ideo­logía no hubiera produ­cido victo­rias que han sido histó­ri­cas. Hay ejem­plos clási­cos como la inde­pen­den­cia de la India del domi­nio colo­nial britá­nico, las trabas que se le hicie­ron a la carrera mundial por las armas nucleares, el movi­miento por los dere­chos civiles en los 60 y el movi­miento por la paz durante la guerra de Viet­nam. Y, aunque ellxs no lo hallan reivin­di­cado todavía como una victo­ria, las protes­tas masi­vas del 2003 contra la inva­sión nortea­me­ri­cana de Irak fueron muy aplau­di­das por lxs acti­vis­tas no violentxs. Existe un patrón para la mani­pu­la­ción y la tergi­ver­sa­ción de la histo­ria que es evidente en cada una de las victo­rias que lxs acti­vis­tas no violentxs reivin­di­can. La posi­ción paci­fista requiere que el éxito sea atri­buible a las tácti­cas paci­fis­tas y sólo a éstas; mien­tras que el resto de noso­trxs cree que el cambio proviene de todo el espec­tro de tácti­cas presente en cualquier situa­ción revo­lu­cio­na­ria, siempre que se desplie­guen de forma efec­tiva. Porque ningún conflicto social rele­vante exhibe una unifor­mi­dad de tácti­cas e ideo­logías; lo cual nos permite afir­mar que todos estos conflic­tos mues­tran tácti­cas paci­fis­tas e indu­da­ble­mente no paci­fis­tas. Pero lxs paci­fis­tas deben borrar aquel­las narra­ciones de la histo­ria que discre­pan con ellxs o, alter­na­ti­va­mente, acusar de sus fraca­sos a la presen­cia, en el mismo contexto, de la lucha violenta.

En el caso de la India, la histo­ria cuenta que la gente, bajo el lide­razgo de Gandhi, desar­rolló un movi­miento masivo no violento, activo durante déca­das e invo­lu­crado en protes­tas, deso­be­dien­cia civil, boicots econó­mi­cos, huel­gas de hambre ejem­plares y actos de no coope­ra­ción para hacer imprac­ti­cable el impe­ria­lismo britá­nico. Sufrie­ron masacres y respon­die­ron con un par de distur­bios, pero, en gene­ral, el movi­miento fue no violento y, después de perse­ve­rar durante déca­das, lxs índixs gana­ron su inde­pen­den­cia, propor­cio­nando un nada desdeñable sello de victo­ria a la causa paci­fista. La histo­ria es, en reali­dad, algo más compli­cada, en ella muchas de las presiones violen­tas también lleva­ron a los britá­ni­cos a la deci­sión de renun­ciar. Los britá­ni­cos habían perdido la habi­li­dad de mante­ner el poder colo­nial después de perder millones de tropas y un gran número de recur­sos durante dos guer­ras mundiales extre­ma­da­mente violen­tas, la segunda de las cuales devastó espe­cial­mente a la “madre patria”. Las luchas arma­das de mili­tantes árabes y judíos en Pales­tina, desde 1945 hasta 1948, debi­li­ta­ron aún más al impe­rio britá­nico, e hicie­ron que consti­tuyera una clara amenaza la posi­bi­li­dad de que lxs índixs aban­do­na­ran la deso­be­dien­cia civil para tomar las armas en masa si los igno­ra­ban; este hecho no puede ser excluido como un factor deter­mi­nante para que los britá­ni­cos toma­ran la deci­sión de renun­ciar a la admi­nis­tra­ción colo­nial directa.

Nos damos cuenta de que esta amenaza es aún más directa cuando compren­de­mos que la histo­ria del movi­miento de inde­pen­den­cia de la India como paci­fista es un retrato selec­tivo e incom­pleto; la no-violen­cia no fue univer­sal en la India. La resis­ten­cia al colo­nia­lismo britá­nico incluyó la sufi­ciente mili­tan­cia para que el método Gand­hiano fuera visto como una de las varia­das formas efec­ti­vas de resis­ten­cia popu­lar. Como parte del patrón univer­sal distor­sio­nado, lxs paci­fis­tas borran aquel­las otras formas de resis­ten­cia y ayudan a propa­gar la falsa histo­ria en la que Gandhi y sus discí­pu­los fueron el único timón de la resis­ten­cia India. Se igno­ran impor­tantes líderes mili­tantes tales como Chan­dra­se­khar Azad, quien comba­tió en la lucha armada contra los colo­nos britá­ni­cos; o revo­lu­cio­na­rios tales como Bhagat Singh, quien ganó un apoyo masivo hacia los bombar­deos y los asesi­na­tos como parte de una lucha que quería lograr el “derro­ca­miento tanto del capi­ta­lismo indio, como del extra­njero”. La histo­ria paci­fista de la lucha india no logra expli­car el sentido del hecho de que Subhas Chan­dra Bose, el candi­dato mili­tante, fuera elegido dos veces presi­dente del congreso nacio­nal indio, en 1938 y 1939. Por otro lado, Gandhi fue quizás la figura más singu­lar, influyente y popu­lar en la lucha por la inde­pen­den­cia india; la posi­ción de lide­razgo que asumió no siempre disfrutó del apoyo de las masas. Gandhi perdió mucho del apoyo de los índixs cuando “descon­vocó al movi­miento” tras los distur­bios de 1922. Cuando más tarde fue encar­ce­lado por los britá­ni­cos: “en la India no se levantó ni un murmullo de protesta”. Resulta signi­fi­ca­tivo que la Histo­ria recuerde la lucha de Gandhi por encima de todas las demás, no porque repre­sen­tara la voz unánime de la India, sino por toda la aten­ción que la prensa britá­nica le dió al ser incluido en impor­tantes nego­cia­ciones con el gobierno colo­nial britá­nico. Cuando recor­de­mos que la Histo­ria la escri­ben los victo­rio­sos, otro velo del mito de la inde­pen­den­cia índia se reti­rará.

El aspecto más lamen­table de la reivin­di­ca­ción de lxs paci­fis­tas de que la inde­pen­den­cia de la Índia sea una victo­ria de la no violen­cia, es que esta reivin­di­ca­ción juega un papel en la elabo­ra­ción de una Histo­ria que sirva a los inter­eses de la supre­macía blanca de los esta­dos impe­ria­lis­tas que colo­ni­za­ron el Sur. El movi­miento de libe­ra­ción en la India fracasó. Los britá­ni­cos no fueron forza­dos a aban­do­nar la India. Más bien, esco­gie­ron trans­fe­rir el terri­to­rio del domi­nio colo­nial directo al domi­nio neoco­lo­nial. ¿Qué tipo de victo­ria permite al bando perde­dor dictar cuándo y cómo ascen­derá el gobierno que ha ganado? Los britá­ni­cos redac­ta­ron la nueva Cons­ti­tu­ción y devol­vie­ron el poder a sus suce­sores, esco­gi­dos a dedo. Aviva­ron las llamas de la reli­gio­si­dad y del sepa­ra­tismo étnico para que la Índia estu­viese divi­dida, inca­paz de lograr la paz y la pros­pe­ri­dad y depen­diera de la ayuda mili­tar y de otros apoyos de los esta­dos euroa­me­ri­ca­nos. La India todavía es explo­tada por las empre­sas euro-ameri­ca­nas (aunque varias empre­sas indias nuevas, mayor­mente subsi­dia­rias, han parti­ci­pado de este saqueo). Y aún se provee de recur­sos y merca­dos de los esta­dos impe­ria­lis­tas. En muchos senti­dos, la pobreza de su gente se ha inten­si­fi­cado y la explo­ta­ción se ha hecho más eficiente. La inde­pen­den­cia del domi­nio colo­nial le ha dado a la India más auto­nomía en algu­nas áreas, y cier­ta­mente, les ha permi­tido a un puñado de índixs asen­tarse en el poder, pero la explo­ta­ción y la priva­ti­za­ción de los recur­sos y de la cultura se ha profun­di­zado. Además, la India ha perdido una clara opor­tu­ni­dad para la libe­ra­ción signi­fi­ca­tiva de un opre­sor extra­njero fácil­mente reco­no­cible. Cualquier movi­miento de libe­ra­ción ahora tendría que construirse en contra de las descon­cer­tantes diná­mi­cas del nacio­na­lismo y la riva­li­dad étnico-reli­giosa, para abolir un capi­ta­lismo que ya está implan­tado en el país y un gobierno que está mucho más desar­rol­lado. En defi­ni­tiva, los movi­mien­tos de inde­pen­den­cia demues­tran haber fraca­sado.

La reivin­di­ca­ción de la victo­ria paci­fista de haberle puesto unos límites a la carrera arma­mentís­tica nuclear es algo ridí­culo. Una vez más, el movi­miento no fue exclu­si­va­mente no violento; incluyó grupos que lleva­ron a cabo cierto número de aten­ta­dos y otros actos de sabo­taje o guerra de guer­rillas. Y, de nuevo, la victo­ria es dudosa. Los tan igno­ra­dos trata­dos de no proli­fe­ra­ción sola­mente llega­ron después de que la carrera arma­mentís­tica ya se hubiera ganado, con la indis­cu­tible hege­monía nuclear de los Esta­dos Unidos, en pose­sión de más armas nucleares de las que eran prác­ti­cas o útiles. Y parece claro que la proli­fe­ra­ción continúa como algo nece­sa­rio, actual­mente en forma de desar­rollo táctico de arma­mento nuclear y una nueva ola de faci­li­dades propues­tas para el poder nuclear. Real­mente, el problema parece haber sido resuelto más como un asunto de polí­tica interna dentro del gobierno que como un conflicto entre éste y los movi­mien­tos sociales. Cher­no­byl y la posi­bi­li­dad de varias catás­trofes nucleares en Esta­dos Unidos mostra­ron que la energía nuclear (un compo­nente nece­sa­rio para el desar­rollo de dichas armas,) era algo incó­modo, y no levantó mani­fes­ta­ciones para cues­tio­nar su utili­dad, aún para un gobierno empeñado en conquis­tar el mundo, desviando asom­bro­sos recur­sos hacia la proli­fe­ra­ción nuclear aun cuando ya tenía sufi­cientes bombas para volar el planeta entero, y cada guerra y acción encu­bierta desde 1945 ha sido luchada y comba­tida con otras tecno­logías. El movi­miento por los dere­chos civiles en Esta­dos Unidos es uno de los episo­dios más impor­tantes de la Histo­ria paci­fista. En todo el mundo, la gente lo ve como un ejem­plo de victo­ria no violenta. Pero, como otros ejem­plos discu­ti­dos aquí, ni fue una victo­ria, ni fue no violenta. El movi­miento tuvo éxito al acabar con la segre­ga­ción de dere­cho y con la expan­sión de la minús­cula pequeña burguesía negra, pero ésa no fue la única demanda de la mayoría de lxs parti­ci­pantes del movi­miento. Querían la igual­dad polí­tica y econó­mica completa, y muchxs también querían la libe­ra­ción negra en forma de nacio­na­lismo negro, inter­co­mu­na­lismo negro u otras formas de inde­pen­den­cia del impe­ria­lismo blanco. No se logró ninguna de estas deman­das: ni la de igual­dad ni, desde luego, la de la libe­ra­ción. Lxs negrxs aún tienen una media de ingre­sos más baja, un peor acceso a la vivienda y a la sani­dad y una salud más dete­rio­rada que lxs blancxs. La segre­ga­ción de facto aún existe. Las polí­ti­cas de igual­dad son también esca­sas. Millones de votantes, la mayoría negrxs, son privadxs del dere­cho al voto (de votar por candi­datxs blancxs en un sistema polí­tico blanco, cosa que refleja una cultura blanca) cuando es conve­niente para los inter­eses reinantes, y sólo ha habido cuatro sena­dores negros desde la Recons­truc­ción.

Los frutos de los dere­chos civiles también han olvi­dado a otras razas. Lxs inmi­grantes latinxs y asiá­ticxs son espe­cial­mente vulne­rables al abuso, la depor­ta­ción, la dene­ga­ción de los servi­cios sociales por los que pagan impues­tos y al durí­simo y tóxico trabajo en las maqui­las o en la agri­cul­tura. Musul­manxs y árabes están sufriendo el aumento de la repre­sión tras 11 de Septiembre, mien­tras una socie­dad que se define a sí misma como “ajena al color” ni siquiera mues­tra un asomo de concien­cia de su hipo­cresía. Lxs nativxs se mantie­nen en posi­ciones muy bajas en la escala socioe­conó­mica hasta el punto de resul­tar invi­sibles, excepto por la simbó­lica mani­fes­ta­ción ocasio­nal del multi­cul­tu­ra­lismo esta­dou­ni­dense: la mascota depor­tiva este­reo­ti­pada o la muñeca hula-girl que se vende en las gaso­li­ne­ras, que oscu­re­cen aún más la reali­dad actual de lxs indí­ge­nas.

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La proyec­ción común (hecha prin­ci­pal­mente por progre­sis­tas blancxs, paci­fis­tas, educa­dorxs e histo­ria­dorxs oficiales guber­na­men­tales) es que el movi­miento contra la opre­sión racial en Esta­dos Unidos fue prin­ci­pal­mente no violento. Por el contra­rio, si bien grupos paci­fis­tas como la Southern Chris­tian Leader­ship Confe­rence (SCLC) de Martin Luther King Jr. tuvie­ron un poder y una influen­cia consi­de­rables, el apoyo popu­lar hacia el movi­miento, ofre­cido espe­cial­mente por la pobla­ción negra pobre, gravitó cada vez más hacia los grupos revo­lu­cio­na­rios mili­tantes como el Black Panther Party. Según el sondeo Harris de 1970, el 66% de lxs afroa­me­ri­canxs dijo que las acti­vi­dades del Black Panther Party les llena­ban de orgullo y un 43% dijo que el partido repre­sen­taba sus propios puntos de vista. De hecho, la lucha mili­tante ha repre­sen­tado buena parte de la resis­ten­cia de la gente negra a la supre­macía blanca. Mumia Abu-Jamal lo docu­menta con valentía en su libro del 2004, We Want Free­dom.

En él se lee: “Las raíces de la resis­ten­cia armada, en la histo­ria afroa­me­ri­cana, son profun­das. Solo aquellxs que igno­ran este hecho ven al Black Panther Party como algo ajeno a nues­tra histó­rica heren­cia común”. En reali­dad, los segmen­tos no violen­tos no pueden ser desti­la­dos y sepa­ra­dos de las partes revo­lu­cio­na­rias del movi­miento (a través de la alie­na­ción y la cizaña, fomen­ta­das por el Estado, a menudo exis­tente entre ellxs). Lxs paci­fis­tas, – acti­vis­tas negrxs de clase media, incluyendo a King-, sacan buena parte de su poder del espec­tro de la resis­ten­cia negra y de la presen­cia de revo­lu­cio­na­rixs negrxs armadxs.

En la prima­vera de 1963, la campaña en Birmin­gham de Martin Luther King Jr. fue vista como si fuera una repe­ti­ción de la fraca­sada acción en Albany, Geor­gia (donde una campaña de deso­be­dien­cia de nueve meses, en 1961, demos­tró la impo­ten­cia de lxs mani­fes­tantes no violentxs contra un gobierno posee­dor de un sistema peni­ten­cia­rio aparen­te­mente omni­po­tente; y en la que en julio de 1962, los distur­bios prota­go­ni­za­dos por lxs jóvenes, hicie­ron que asumie­ran el control de todos los edifi­cios durante una noche, forzando a la policía a reti­rarse del ghetto y demos­trando que un año después de la campaña no violenta, la pobla­ción negra de Albany seguía luchando contra el racismo, aunque habían desdeñado ya la no violen­cia). Entonces, el 7 de marzo, en Birmin­gham, tras la violen­cia poli­cial conti­nuada, tres­cientxs negrxs comen­za­ron a contraa­ta­car, arrojando pedra­das y botel­las contra la policía. Sólo dos días después, Birmin­gham (alzada hasta entonces como un inflexible bastión de la segre­ga­ción) estuvo de acuerdo en dejar de segre­gar las tien­das del centro de la ciudad y el presi­dente Kennedy respaldó el acuerdo con garantías fede­rales. Al día siguiente, después de que algu­nos supre­ma­cis­tas blan­cos locales destruye­ran el hogar y el nego­cio de algunxs negrxs, cien­tos de perso­nas negras gene­ra­ron nuevos distur­bios y toma­ron nueve distri­tos, destruyendo coches de policía, hiriendo a varios de ellos (incluyendo al inspec­tor jefe) e incen­diando nego­cios regen­ta­dos por gente blanca. Un mes y un día más tarde, el presi­dente Kennedy fue llamado al Congreso para apro­bar el decreto de los dere­chos civiles, poniendo fin a varios años de una estra­te­gia de para­li­za­ción del movi­miento por los dere­chos civiles. Quizás la mayor de las limi­ta­das, -si no vacías-, victo­rias del movi­miento por los dere­chos civiles llegó cuando la gente negra demos­tró que no iba a seguir espe­rando pací­fi­ca­mente para siempre a que se cumplie­ran sus deman­das. Frente a las dos alter­na­ti­vas, la estruc­tura del poder blanco esco­gió nego­ciar con lxs paci­fistxs, y hemos visto ya los resul­ta­dos.

La reivin­di­ca­ción de que el movi­miento paci­fista de Esta­dos Unidos terminó con la guerra de Viet­nam contiene un conjunto de defec­tos muy habi­tual. La crítica ha sido bien construida por Ward Chur­chill y otrxs, así que me limi­taré a resu­mirla. Con su perenne preten­sión de super­io­ri­dad moral, lxs acti­vis­tas paci­fis­tas igno­ran, aproxi­ma­da­mente, de tres a cinco millones de indo­chinxs muertxs en la lucha contra el ejér­cito esta­dou­ni­dense; igno­ran que dece­nas de millares de tropas esta­dou­ni­denses fueron asesi­na­das y cien­tos de miles heri­das; igno­ran que otras tropas se desmo­ra­li­za­ron por el derra­ma­miento de sangre, que se había vuelto alta­mente efec­ti­vo20; igno­ran que, debido a todo esto, los Esta­dos Unidos perdie­ron un enorme capi­tal polí­tico (yendo hacia la quie­bra fiscal), hasta el punto de que hasta los polí­ti­cos pro-guerra comen­za­ron a recla­mar una estra­te­gia de reti­rada (espe­cial­mente tras la Ofen­siva Tet, que demos­tró que la guerra era “impo­sible de ganar”, en pala­bras de mucha gente de la época). El gobierno de los Esta­dos Unidos no fue forzado a reti­rarse a causa de protes­tas pací­fi­cas; fue derro­tado polí­tica y mili­tar­mente. Como prueba de esto, Chur­chill cita la victo­ria del repu­bli­cano Richard Nixon, y la ausen­cia incluso de un candi­dato anti-guerra en el Partido Demó­crata, en 1968, cerca del momento más álgido del movi­miento anti-guerra. Se podría también añadir que la reelec­ción de Nixon en 1972, tras cuatro años de inten­si­fi­ca­ción del geno­ci­dio, demues­tra la impo­ten­cia del movi­miento paci­fista para inter­ve­nir en las deci­siones del poder. De hecho, el movi­miento paci­fista inicial se disol­vió en tándem con las tropas esta­dou­ni­denses de reti­rada (reti­rada comple­tada en 1973). El movi­miento paci­fista es menos recep­tivo a la hora de acep­tar que la campaña de bombar­deos más larga, con obje­ti­vos civiles, se dió y se inten­si­ficó tras la reti­rada de las tropas, o que se dió una ocupa­ción conti­nuada del sur de Viet­nam a cargo de una dicta­dura mili­tar entre­nada y finan­ciada por los Esta­dos Unidos. En otras pala­bras, el movi­miento se puso del lado (y recom­pensó a Nixon con su reelec­ción) una vez más, de lxs ameri­canxs, y no de lxs viet­na­mi­tas, desvin­culán­dose de la reali­dad. El movi­miento paci­fista esta­dou­ni­dense fracasó a la hora de brin­dar la paz. El impe­ria­lismo esta­dou­ni­dense conti­nuó inaba­tible, y a través de las estra­te­gias mili­tares que esco­gió, fue vencido por lxs viet­na­mi­tas. Aunque los Esta­dos Unidos logra­ran cumplir sus obje­ti­vos polí­ti­cos totales -a su debido tiempo-, preci­sa­mente a causa del fracaso del movi­miento paci­fista a la hora de ningún cambio interno profundo.

Algunxs paci­fis­tas seña­lan el enorme número de “obje­tores de concien­cia” que se nega­ron a luchar, para seguir tildando este frag­mento de la Histo­ria de victo­ria no violenta. Pero debería ser obvio que la proli­fe­ra­ción de obje­tores e insu­mi­sos no puede redi­mir las tácti­cas paci­fis­tas. Espe­cial­mente en una socie­dad tan mili­ta­ri­zada como ésta, las proba­bi­li­dades de que los solda­dos se nega­ran a luchar son propor­cio­nales a sus espe­ran­zas de enfren­tarse a una oposi­ción violenta que era capaz de matarles o, como mínimo, de muti­larles. Sin la resis­ten­cia de lxs viet­na­mi­tas, no habría habido nece­si­dad de un reclu­ta­miento; sin un reclu­ta­miento, la resis­ten­cia no violenta, tan auto­com­pla­ciente en Nortea­mé­rica, no habría apenas exis­tido. Más signi­fi­ca­tiva que la pasi­vi­dad de los obje­tores de concien­cia fue el aumento de lxs rebeldes, espe­cial­mente de tropas negras, lati­nas, e indí­ge­nas dentro de lxs mili­tares. El plan inten­cio­nal del gobierno de los Esta­dos Unidos, en respuesta a los distur­bios urba­nos provo­ca­dos por la gente negra, de sacar a los hombres negros jóvenes sin empleo de las calles y meter­los en el ejér­cito, terminó que les salió el tiro por la culata.

Los oficiales de Washing­ton que visi­ta­ron las bases de la Armada esta­ban fuera de sí ante el desar­rollo de la cultura “mili­tante Negra”… Los jefa­zos, atóni­tos, contem­plarían como los colo­nos locales [blan­cos] oficiales eran forza­dos a devol­ver el saludo a los Nuevos Afri­ca­nos [solda­dos negros] dándoles la señal de “Poder”[puño alzado]… Nixon tuvo que sacar las tropas de Viet­nam rápi­da­mente o se arries­gaba a perder a su ejér­cito.

Asesi­na­tos de sus propios oficiales, sabo­taje, negarse a luchar, motines en las prisiones mili­tares y ayudas al enemigo; todas estas acti­vi­dades de los solda­dos esta­dou­ni­denses contri­buye­ron de manera signi­fi­ca­tiva a la deci­sión del gobierno de los Esta­dos Unidos de reti­rar las tropas. Como el Coro­nel Robert D. Heinl indicó, en junio de 1971:

Por cada indi­ca­dor conce­bible, nues­tro ejér­cito, que perma­nece en Viet­nam, está en un estado cercano al colapso, con unidades indi­vi­duales eludiendo o habiendo ya recha­zado el combate, asesi­nando a sus oficiales, colo­ca­dos y desa­ni­ma­dos, cuando no, cerca del amoti­na­miento. La situa­ción es casi tan seria en Viet­nam como en cualquier otro lugar.

El Pentá­gono estimó que el tres por ciento de los oficiales asesi­na­dos en Viet­nam de 1961 a 1972, fueron asesi­na­dos con grana­das por sus propias tropas. Dicha esti­ma­ción ni siquiera tiene en cuenta los asesi­na­tos por apuña­la­miento o disparo. En muchos casos, los solda­dos de una unidad reunían su dinero para recau­dar una recom­pensa por el asesi­nato de un oficial impo­pu­lar. Mathew Rinaldi señala a la “clase trabaja­dora negra y latina” en el ejér­cito, que no se iden­ti­fi­caba con las “tácti­cas paci­fis­tas a cualquier precio” del movi­miento por los dere­chos civiles, como los mayores actores de la resis­ten­cia mili­tante que mutiló al ejér­cito esta­dou­ni­dense durante la guerra de Viet­nam.

Y aunque ellxs eran menos signi­fi­ca­ti­vos polí­ti­ca­mente que la resis­ten­cia en el ejér­cito en gene­ral, los aten­ta­dos y otros actos de violen­cia en protesta por la guerra en los campus de las univer­si­dades blan­cas -incluyendo la mayoría de univer­si­dades de élite-, no deberían ser igno­ra­dos en favor de las acciones paci­fis­tas que se dieron. En el curso de 1969–1970, se cuen­tan 174 aten­ta­dos anti-guerra en los campus y por lo menos 70 aten­ta­dos fuera de los campus y otros ataques violen­tos diri­gi­dos a edifi­cios ROTC, edifi­cios guber­na­men­tales y ofici­nas comer­ciales. Además, 230 de las protes­tas que se dieron en los campus incluye­ron violen­cia física, y 410 incluye­ron también daños a la propie­dad.

En conclu­sión, lo que fue una muy limi­tada victo­ria (la reti­rada de las tropas de tierra tras años de guerra) puede ser atri­buida más clara­mente a dos factores: la exitosa y sustan­cial resis­ten­cia violenta de lxs viet­na­mi­tas, que hizo que lxs polí­ticxs reco­no­cie­ran que no podrían ganar; y la resis­ten­cia mili­tante y a menudo letal de las tropas de tierra esta­dou­ni­denses por sí mismas, causada por la desmo­ra­li­za­ción gene­rada por la efec­tiva violen­cia de sus enemi­gos y la mili­tan­cia polí­tica difun­dida desde el movi­miento de libe­ra­ción negro. El movi­miento nacio­nal anti-guerra preo­cupó clara­mente a los polí­ti­cos de Esta­dos Unidos, pero, cier­ta­mente, no se volvió tan pode­roso como para que poda­mos decir que “forzó” al gobierno a hacer nada, y, en cualquier caso, sus más enér­gi­cos inte­grantes también lleva­ron a cabo protes­tas violen­tas, aten­ta­dos y actos de destruc­ción de la propie­dad.

Quizás confun­didxs por su propia Histo­ria falsa del movi­miento paci­fista durante la guerra de Viet­nam, lxs acti­vis­tas paci­fis­tas esta­dou­ni­denses, en el siglo XXI, parecían estar espe­rando que se repi­tiera una victo­ria que nunca se dió, en sus planes por dete­ner la inva­sión de Irak. El 15 de febrero del 2003, cuando el gobierno de Esta­dos Unidos puso en marcha la guerra de Irak “las protes­tas mundiales de millones de acti­vis­tas anti-guerra pronun­cia­ron un punzante reproche contra Washing­ton y sus alia­dos […]. La ola de mani­fes­ta­ciones sin prece­dente […] ensom­bre­ció aún más los planes de guerra de los Esta­dos Unidos”; según reza un artí­culo de la página web del grupo anti-guerra no violento United for Peace and Justice. El mismo artí­culo, que se enor­gul­lece del “despliegue masivo del sentir paci­fista”, dice también que “La Casa Blanca” parece haber se quedado descon­cer­tada por la oleada de gente que se resiste a su llama­miento a una acción mili­tar rápida. Las protes­tas fueron las más grandes de la histo­ria; y excep­tuando algu­nas refrie­gas menores, fueron exclu­si­va­mente no violen­tas; y lxs acti­vis­tas cele­bra­ron la tranqui­li­dad y el carác­ter masivo de dichas mani­fes­ta­ciones. Algu­nos grupos, como el United for Peace and Justice, incluso sugi­rie­ron que las protes­tas podrían evitar la guerra. Por supuesto, esta­ban total­mente equi­vo­ca­dos, las protes­tas fueron total­mente inefec­ti­vas. La inva­sión ocur­rió tal y como se planeó, a pesar de los millones de perso­nas que nomi­nal­mente, tranqui­la­mente y con impo­ten­cia, se opusie­ron a ella. El movi­miento anti-guerra no hizo nada para cambiar las rela­ciones de poder en Esta­dos Unidos. Bush reci­bió un capi­tal polí­tico sustan­cial por inva­dir Irak, y no se enfrentó a una respuesta violenta hasta que la guerra y el esfuerzo de ocupa­ción comen­za­ron a mostrar signos de fracaso debido a la efec­tiva resis­ten­cia armada del pueblo iraquí. La así llamada “oposi­ción”, ni siquiera se mani­festó en el paisaje polí­tico oficial. El único candi­dato anti-guerra del Partido Demó­crata, Dennis Kuci­nich, no fue tomado en serio ni por un momento como contrin­cante, y él y sus segui­dores escon­die­ron sus ideas, en un momento dado, en defe­ren­cia a la plata­forma de apoyo al Partido Demó­crata por la ocupa­ción de Irak.

Un buen caso a estu­diar respecto a la efica­cia o la inefi­ca­cia de las protes­tas no violen­tas se puede ver en la impli­ca­ción española en la ocupa­ción lide­rada por los Esta­dos Unidos. España, con 1300 tropas, fue uno de los socios subal­ter­nos más amplios en la “Coali­ción del Bien”. Más de un millón de españolxs protes­ta­ron contra la inva­sión y un 80 por ciento de la pobla­ción española se oponía a ella, pero su compro­miso por la paz acabó allí; no hicie­ron nada, en reali­dad, para evitar que el ejér­cito español apoyara la inva­sión y la ocupa­ción. Perma­ne­cie­ron pasivxs y no hicie­ron nada para desem­po­de­rar al líder; perma­ne­cie­ron tan impo­tentes como lxs ciuda­danxs de cualquier demo­cra­cia. El presi­dente español, Aznar, no sólo pudo y se le permi­tió ir a la guerra, sino que todos los pronós­ti­cos ante­riores a los aten­ta­dos anti­ci­pa­ban su reelec­ción. El 11 de Marzo del 2004, días antes de que las urnas elec­to­rales fueran abier­tas, múltiples aten­ta­dos con bomba planea­dos por una célula vincu­lada a Al Qaeda explo­ta­ron en una esta­ción de Madrid, matando a 191 perso­nas e hiriendo a un millar más. Direc­ta­mente a causa de esto, Aznar y su partido perdie­ron en las elec­ciones, y los socia­lis­tas, el mayor partido con una plata­forma anti-guerra, fueron elegi­dos.

La coali­ción lide­rada por los Esta­dos Unidos dismi­nuyó con la pérdida de las 1300 tropas españo­las, y pron­ta­mente dismi­nuyó de nuevo tras la reti­rada de las tropas de la Repú­blica Domi­ni­cana y Hondu­ras. Mien­tras que millones de acti­vis­tas paci­fis­tas dando saltos en las calles como ovejas no han debi­li­tado la brutal ocupa­ción de ninguna forma apre­ciable, unas pocas doce­nas de terro­ris­tas que inten­ta­ban masa­crar civiles, pudie­ron provo­car la reti­rada de más de un millón de tropas de ocupa­ción.

Las acciones y prin­ci­pios de las célu­las afilia­das a Al Qaeda no sugie­ren que quie­ran una paz signi­fi­ca­tiva en Irak, ni demues­tran tanto una preo­cu­pa­ción por el bienes­tar del pueblo iraquí (a una gran canti­dad de dicha pobla­ción ya la han hecho volar en peda­zos), como una preo­cu­pa­ción por una visión propia de cómo debería estar orga­ni­zada la socie­dad iraquí; una visión que es extre­ma­da­mente auto­ri­ta­ria, patriar­cal y funda­men­ta­lista. Y, sin duda, la que fue posi­ble­mente una deci­sión fácil -matar y muti­lar a cien­tos de perso­nas desar­ma­das-, aunque tal acción hubiera pare­cido estra­té­gi­ca­mente nece­sa­ria, está conec­tada con su auto­ri­ta­rismo y bruta­li­dad, y sobre todo con la cultura de inte­lec­tua­li­dad de la que provie­nen la mayoría de terro­ris­tas (aunque éste es otro tema).

Los límites éticos de los hechos se compli­can si los compa­ra­mos con la campaña de aten­ta­dos masi­vos esta­dou­ni­denses que, inten­cio­na­da­mente, mata­ron a cien­tos de miles de civiles en Alema­nia y Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque esta campaña fue mucho más brutal que los aten­ta­dos de Madrid, es consi­de­rada en gene­ral como algo ‘más acep­ta­ble’. La contra­dic­ción exis­tente entre conde­nar a las perso­nas que pusie­ron las bombas en Madrid (fácil) y conde­nar a los aún más sangui­na­rios pilo­tos ameri­ca­nos (no tan fácil, quizás porque a través de ellos podría­mos encon­trar a nues­tros propios parientes, mi abuelo por ejem­plo), debería hacer que nos cues­tio­ne­mos si nues­tras conde­nas al terro­rismo real­mente tienen algo que ver con el respeto a la vida. Porque no esta­mos luchando por un mundo auto­ri­ta­rio, o uno en el que la sangre sea derra­mada en concor­dan­cia con cálcu­los racio­nales; de modo que los aten­ta­dos de Madrid no supo­nen un ejem­plo para la acción, sino más bien una impor­tante para­doja. ¿La gente que intro­dujo las tácti­cas paci­fis­tas -que no han demo­strado ser efec­ti­vas- para acabar con la guerra de Irak, real­mente se preo­cupa más por la vida humana que los terro­ris­tas de Madrid? Al fin y al cabo, en Irak han sido asesi­na­dos mucho más de 191 civiles a manos de cada una de las 1300 tropas de ocupa­ción insta­la­das allí.

Hasta el momento, en el vientre -rela­ti­va­mente vulne­rable- de la Bestia no se ha desar­rol­lado ninguna alter­na­tiva al terro­rismo que pueda debi­li­tar de manera sustan­cial la ocupa­ción. Por lo tanto, la única resis­ten­cia real se está dando en Irak, donde los Esta­dos Unidos y sus alia­dos están más prepa­ra­dos para repri­mirla; a costa de las vidas de lxs guer­rillerxs y lxs civiles.

Esto es lo poco que valen las victo­rias del paci­fismo.

También ayudaría a enten­der el alcance del fracaso de estas ideas, un ejem­plo contro­ver­tido pero nece­sa­rio, como es el del Holo­causto. Durante casi todo el Holo­causto, la resis­ten­cia mili­tante no estuvo en abso­luto ausente, así que pode­mos medir la efica­cia de la resis­ten­cia paci­fista de manera inde­pen­diente. El Holo­causto es también uno de los pocos casos en los que se tiene la luci­dez de ver que la respon­sa­bi­li­za­ción de las vícti­mas implica un apoyo o al menos una cierta empatía hacia el opre­sor, así que las rebe­liones de oposi­ción no pueden ser usadas para justi­fi­car la repre­sión y el geno­ci­dio. Digo esto porque en cualquier otro caso lxs paci­fis­tas suelen respon­sa­bi­li­zar a las vícti­mas de la violen­cia auto­ri­ta­ria por haber tomado el camino de la acción directa mili­tante contra esa misma auto­ri­dad. Algunxs paci­fis­tas han sido tan osadxs como para usar algu­nos ejem­plos de la resis­ten­cia contra los Nazis, tales como la deso­be­dien­cia civil llevada a cabo por lxs danesxs, para suge­rir que la resis­ten­cia no violenta puede funcio­nar incluso en las peores condi­ciones. ¿Es real­mente nece­sa­rio remar­car que lxs danesxs, como arios y arias, se enfren­ta­ban a unas conse­cuen­cias muy distin­tas a las que se enfren­ta­ban las prin­ci­pales vícti­mas de lxs Nazis? El Holo­causto terminó a conse­cuen­cia de la violen­cia acor­dada y apabul­lante de los gobier­nos alia­dos, que destruye­ron el estado Nazi. Si bien, para ser hones­tos, habría que decir que se preo­cu­pa­ron mucho más por redi­bujar el mapa de Europa que por salvar las vidas de lxs ciuda­danxs de Roma, de lxs judíxs, lesbia­nas y gays, izquier­dis­tas, prisio­nerxs de guerra sovié­ticxs y otrxs. Cono­dido es, por ejem­plo, el caso de lxs sovié­ticxs, que tendie­ron a selec­cio­nar -“purgar”- a lxs prisio­nerxs de guerra que resca­ta­ban, temiendo que aún no siendo culpables de deser­tar o rendirse, su contacto con lxs extra­njerxs en los campos de concen­tra­ción los hubiera conta­mi­nado ideoló­gi­ca­mente.

Las vícti­mas del Holo­causto, de todos modos, no fueron total­mente pasi­vas. Un gran número de ellxs empren­die­ron acciones para salvar vidas y sabo­tear la máquina mortal nazi. Yehuda Bauer, quien trató exclu­si­va­mente con las vícti­mas judías del Holo­causto, docu­menta enfá­ti­ca­mente esta resis­ten­cia. Hasta 1942, “los rabi­nos y otros líderes […] desa­con­seja­ron un levan­ta­miento (armado), pero no acon­seja­ron la pasi­vi­dad; más bien, ‘la resis­ten­cia fue no violen­ta’” . Clara­mente, no hizo dismi­nuir el geno­ci­dio ni debi­litó a los Nazis de ninguna manera apre­ciable. A prin­ci­pios de 1942, lxs judíxs empe­za­ron a resis­tir de forma violenta, aunque hay todavía muchos ejem­plos de resis­ten­cia no violenta. En 1943, el pueblo de Dina­marca ayudó a la mayoría de los países que tuvie­ran una pobla­ción mínima de siete mil judíxs, a huir hacia la Suecia neutral. Ese mismo año, el gobierno, la Igle­sia, y el pueblo de Bulga­ria detu­vie­ron la depor­ta­ción de judíxs en su país. En ambos casos, el rescate de judíxs fue prote­gido, en última instan­cia, por las fuer­zas mili­tares, y lxs mantu­vie­ron a salvo gracias a las fron­te­ras de un país -tanto en el caso de Suecia como el de Bulga­ria-, no ocupado direc­ta­mente por Alema­nia, en un tiempo en el que la guerra empe­zaba a ser vista como deso­la­dora hasta por los mismos nazis. (A causa del violento ataque de lxs sovié­ticxs, lxs nazis pasa­ron por alto la frus­tra­ción de sus planes en Suecia y Bulga­ria como un ‘mal menor’). En 1941, lxs habi­tantes del ghetto de Vilnius, en Litua­nia, lleva­ron a cabo una sentada masiva cuando los nazis y las auto­ri­dades locales prepa­ra­ban su depor­ta­ción. Este acto de deso­be­dien­cia civil retrasó la depor­ta­ción durante un corto periodo de tiempo, pero fracasó en su intento de salvar vidas.

Algu­nos líderes de la Juden­rat, los Consejos Judíos esta­ble­ci­dos por los nazis para gober­nar los ghet­tos bajo sus órdenes, complacían a los nazis en un intento de no hundir el barco, con la espe­ranza de mante­ner con vida a tantos judíxs como fuera posible, al fina­li­zar la guerra. (Este es un buen ejem­plo, porque muchxs paci­fis­tas esta­dou­ni­denses, a día de hoy también creen que si tú hundes el barco o causas un conflicto, estás haciendo algo malo). Bauer escribe: “Al final, la estra­te­gia fracasó, y aquellxs que han inten­tado usarla han descu­bierto con horror que se volvían compla­cientes con el plan asesino de los Nazis”. Otrxs miem­brxs del Consejo Judío fueron más valientes, y recha­za­ron abier­ta­mente coope­rar con los Nazis. En Lvov, Polo­nia, el primer presi­dente del consejo rechazó coope­rar, y fue debi­da­mente asesi­nado y reem­pla­zado. Como Bauer señala, la susti­tu­ción fue mucho más satis­fac­to­ria (aunque la obedien­cia no les salvó, puesto que fueron forzadxs a morir en los campos; en el ejem­plo especí­fico de Lvov, el obediente susti­tuto fue asesi­nado de todas formas tan sólo por la sospe­cha de resis­ten­cia). En Borszc­zow, Polo­nia, el presi­dente del Consejo se negó a cumplir órdenes nazis, y fue condu­cido al campo de exter­mi­nio de Belzec.

Otros miem­bros del consejo usaron diver­sas tácti­cas, y fueron clara­mente más efec­ti­vos. En Kovno, Litua­nia, fingie­ron cumplir las órdenes alema­nas, pero forma­ron parte de la resis­ten­cia en secreto. Escon­die­ron con éxito a lxs niñxs, evitando su depor­ta­ción, y saca­ron en secreto a jóvenes hombres y mujeres para que pudie­ran luchar con lxs parti­sanxs. En Fran­cia, “ambas secciones del Consejo perte­ne­cie­ron a la clan­des­ti­ni­dad y estu­vie­ron en contacto constante con la resis­ten­cia […] y contri­buye­ron de forma signi­fi­ca­tiva a salvar a la mayoría de lxs judíxs del país”. Aún allí donde no toma­ron parte perso­nal­mente en la resis­ten­cia violenta, multi­pli­ca­ron inmen­sa­mente sus efec­ti­vos para apoyar a aquellxs que sí lo hicie­ron.

Y tambien esta­ban las guer­rillas urba­nas y parti­sa­nas que lucha­ban violen­ta­mente contra los nazis. En abril y mayo de 1943, lxs judíxs del ghetto de Varso­via se alza­ron, trafi­ca­ron, roba­ron y fabri­ca­ron armas case­ras. Sete­cien­tos hombres y mujeres lucha­ron durante sema­nas hasta la muerte, inmo­vi­li­zando a miles de tropas nazis y otros recur­sos nece­sa­rios para el colapso del frente orien­tal. Sabían que serían asesi­nadxs, fueran pací­ficxs o no. Rebelán­dose violen­ta­mente vivie­ron las últi­mas sema­nas de su vida en liber­tad y resis­ten­cia y reduje­ron la máquina de guerra nazi. Otra rebe­lión armada estalló en el ghetto de Bialys­tok, Polo­nia, el 16 de agosto de 1943, y se prolongó durante sema­nas.

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Las guer­rillas urba­nas tales como el grupo compuesto por judíxs sionis­tas y comu­nis­tas en Cracko­via, hicie­ron volar con éxito trenes de reserva y raíles, sabo­tea­ron fábri­cas de guerra y asesi­na­ron a oficiales del gobierno. Judíxs y otros grupos parti­sa­nos a lo largo y ancho de Polo­nia, Checo­slo­vaquia, Bielor­ru­sia, Ucra­nia y los países Bálti­cos también lleva­ron a cabo actos de sabo­taje en lineas de reserva alema­nas y comba­tie­ron a tropas de las SS. En pala­bras de Bauer, “en Polo­nia del Este, Litua­nia y la Unión Sovié­tica occi­den­tal, por lo menos 15000 judíxs parti­sa­nos lucha­ron en los bosques, y por lo menos 5000 judíxs no arma­dos vivían allí prote­gi­dos -toda o buena parte del tiempo- por lxs lucha­dorxs”. En Polo­nia, un grupo de parti­sanxs, lide­radxs por los herma­nos Belsky, salva­ron a más de 1200 mujeres, hombres y niñxs judíxs, en parte llevando a cabo asesi­na­tos por venganza contra aquel­los que actua­ron como dela­tores o seña­la­ron a fugi­ti­vos. Simi­lares grupos de parti­sa­nos en Fran­cia y Bélgica sabo­tea­ron la infrae­struc­tura de guerra, asesi­na­ron a oficiales nazis y ayuda­ron a la gente a esca­par de los campos de concen­tra­ción. Sin nombrar a lxs judíxs comu­nis­tas que hicie­ron descar­ri­lar un tren que se dirigía a Ausch­witz, y ayuda­ron a varios cente­nares de lxs judíxs que trans­por­taba a esca­par. Durante una rebe­lión en los campos de concen­tra­ción de Sobi­bor en octubre de 1943, lxs resis­tentes asesi­na­ron a varios oficiales nazis y permi­tie­ron esca­par a cuatro­cientxs de los seis­cientxs reclusxs. Dos días después de la revuelta, Sobi­bor fue clau­su­rado. Una rebe­lión en Treblinka, en agosto de 1943, destruyó dicho campo de concen­tra­ción, y no fue recons­truido. Lxs parti­ci­pantes de otra insur­rec­ción en Ausch­witz, en octubre de 1944, destruye­ron uno de los crema­to­rios. Todas estas violen­tas revuel­tas reduje­ron el Holo­causto. En compa­ra­ción, las tácti­cas no violen­tas (y, dicho esto, los gobier­nos alia­dos cuyos bombar­de­ros podrían fácil­mente haber ganado Ausch­witz y otros campos) fraca­sa­ron al no derri­bar o destruir ni un solo campo de exter­mi­nio antes del fin de la guerra.

En el Holo­causto, y en ejem­plos menos extre­mos que van desde la Índia hasta Birmin­gham, hemos visto que la no violen­cia fracasó a la hora de empo­de­rar sufi­cien­te­mente a sus segui­dorxs, en tanto que el uso de una varie­dad de tácti­cas sí obtuvo resul­ta­dos. Dicho de manera simple: si un movi­miento no consti­tuye una amenaza hacia un sistema basado en la coer­ción y la violen­cia centra­li­za­das, y si ése movi­miento no realiza y ejecuta el poder que lo convierta en una amenaza, no podrá destruir a ese sistema. En el mundo actual, los gobier­nos y las empre­sas sostie­nen un mono­po­lio casi total del poder, cuyo aspecto más impor­tante es el uso de la violen­cia. A menos que cambie­mos las rela­ciones de poder (y, prefe­ri­ble­mente, destruya­mos la infrae­struc­tura y la cultura del poder centra­li­zado para hacer impo­sible la subyu­ga­ción de la mayoría por una minoría), aquellxs que a menudo se bene­fi­cian de la ubicui­dad de la violen­cia estruc­tu­ral, quienes contro­lan los ejér­ci­tos, los bancos, las buro­cra­cias y las empre­sas, seguirán deten­tando el poder. La élite no puede ser persua­dida a través de llama­das a su concien­cia. Los pocos indi­vi­duos en el poder que cambien de opinión serán despe­di­dos, susti­tui­dos, reti­ra­dos, desa­pa­re­ci­dos o asesi­na­dos.

Una y otra vez, la gente que lucha no por una deter­mi­nada reforma sino por la completa libe­ra­ción, por la reivin­di­ca­ción del control sobre nues­tras propias vidas y el poder para nego­ciar nues­tras propias rela­ciones con la gente y con el mundo que está a nues­tro alre­de­dor, encon­trará que la no violen­cia no funciona, que afron­ta­mos una estruc­tura de poder que se auto-perpetúa, que es inmune a las llama­das de concien­cia y que es sufi­cien­te­mente fuerte como para dese­char a lxs deso­be­dientes y a lxs que no coope­ran. Debe­mos reivin­di­car las histo­rias de resis­ten­cia para enten­der porqué hemos fraca­sado en el pasado y cómo, exac­ta­mente, nos plan­tea­mos los limi­ta­dos éxitos que conse­gui­mos. Debe­mos también acep­tar que todas las luchas sociales, excepto aquel­las lleva­das a cabo por gente comple­ta­mente pací­fica e inefec­tiva, incluyen una multi­pli­ci­dad de tácti­cas. Dándo­nos cuenta de que la no violen­cia en reali­dad nunca ha produ­cido victo­rias que conduje­ran a obje­ti­vos revo­lu­cio­na­rios, se abre la puerta para consi­de­rar seria­mente otros fallos presentes en la no violen­cia.

Peter Gelder­loos


Un comple­mento al escrito prece­dente :

El límite de la opre­sión del gobierno es la fuerza que el pueblo se mues­tra capaz de oponerle. Puede haber conflicto abierto o latente, pero conflicto hay siempre, puesto que el gobierno no se detiene ante el descon­tento y la resis­ten­cia popu­lar sino cuando siente el peli­gro de la insur­rec­ción. Cuando el pueblo se somete dócil­mente a la ley, o la protesta es débil y plató­nica, el gobierno se bene­fi­cia de ello sin preo­cu­parse por las nece­si­dades popu­lares; cuando la protesta se vuelve enér­gica, insis­tente, amena­za­dora, el gobierno, según sea más o menos ilumi­nado, cede o reprime. Pero siempre se llega a la insur­rec­ción, porque si el gobierno no cede el pueblo termina rebelán­dose, y si el gobierno cede el pueblo adquiere fe en sí mismo y pretende cada vez más, hasta que la incom­pa­ti­bi­li­dad entre la liber­tad y la auto­ri­dad se hace evidente y estalla el conflicto violento. Es nece­sa­rio entonces prepa­rarse moral y mate­rial­mente para que al estal­lar la lucha violenta el pueblo obtenga la victo­ria. Esta revo­lu­ción debe ser nece­sa­ria­mente violenta, aunque la violen­cia sea por sí misma un mal. Debe ser violenta porque sería una locura espe­rar que los privi­le­gia­dos reco­no­cie­ran el daño y la injus­ti­cia que impli­can sus privi­le­gios y se deci­die­ran a renun­ciar volun­ta­ria­mente a ellos. Debe ser violenta porque la tran­si­to­ria violen­cia revo­lu­cio­na­ria es el único medio para poner fin a la mayor y perpe­tua violen­cia que mantiene en la escla­vi­tud a la gran masa de los hombres. – (frag­mento 5 del capí­tulo I del libro Mala­testa, pensa­miento y acción revo­lu­cio­na­rios del compi­la­dor Vernon Richards).

193890_PACIFISTA


Fuente :


 

Comments to: Cómo la no violen­cia protege al Estado – Capí­tulo 1. La no violen­cia es inefec­tiva (por Peter Gelder­loos)

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