El tiempo

“La tiranía del reloj” (The tiran­ny of the clock) es un pequeño ensayo ori­gi­nal­mente publi­ca­do en War Com­men­ta­ry en el año 1944.


La tiranía del reloj

No hay nin­gu­na carac­terís­ti­ca que separe con mayor cla­ri­dad la socie­dad que aho­ra existe en Occi­dente de las anti­guas socie­dades, tan­to euro­peas como orien­tales, que su concep­to de tiem­po. Para los anti­guos chi­nos y grie­gos, para los pas­tores árabes o los actuales peones meji­ca­nos, el tiem­po que­da repre­sen­ta­do por los pro­ce­sos cícli­cos de la natu­ra­le­za, la alter­nan­cia de la noche y el día, el paso de una esta­ción a la siguiente. Los nóma­das y gran­je­ros medían y aún miden su día desde el ama­ne­cer has­ta la pues­ta de sol, y su año en tér­mi­nos de siem­bra y cose­cha, de caí­da de las hojas y de deshie­lo de lagos y ríos. El gran­je­ro tra­ba­ja­ba según los ele­men­tos, el arte­sa­no durante todo el tiem­po que le pare­cie­ra pre­ci­so para la per­fec­ción de su pro­duc­to. El tiem­po era vis­to como un pro­ce­so de cam­bios natu­rales, y la huma­ni­dad no se preo­cu­pa­ba por la exac­ti­tud con que fue­ra medi­do. Por este moti­vo, unas civi­li­za­ciones alta­mente desar­rol­la­das en otros aspec­tos dedi­ca­ban ins­tru­men­tos suma­mente pri­mi­ti­vos para el cóm­pu­to del tiem­po : el reloj de are­na o de gotas de agua, el reloj de sol, inú­til en los días nubla­dos, y las velas y can­diles, cuyo rema­nente de aceite o cera indi­ca­ba las horas. Todos estos uten­si­lios, aproxi­ma­ti­vos e inexac­tos, devenían con fre­cuen­cia inú­tiles a cau­sa del cli­ma o del gra­do de per­eza de la per­so­na a su car­go. En nin­gu­na parte del mun­do de la Antigüe­dad o del Medioe­vo se hal­lará sino una minoría de hombres que se preo­cupe por el tiem­po en tér­mi­nos de exac­ti­tud matemá­ti­ca. El hombre moder­no, occi­den­tal, habi­ta sin embar­go un mun­do regi­do por los sím­bo­los mecá­ni­cos y matemá­ti­cos del tiem­po cro­no­me­tra­do. El reloj dic­ta sus movi­mien­tos e inhibe sus acciones. El reloj trans­for­ma el tiem­po, que pasa de ser un pro­ce­so natu­ral a una mer­cancía que puede ser medi­da, com­pra­da y ven­di­da como si de jabón o pasas se tra­ta­ra. Y debi­do a que sin los medios para medir con pre­ci­sión el tiem­po nun­ca se hubie­ra lle­ga­do a desar­rol­lar el capi­ta­lis­mo indus­trial ni podría seguir explo­tan­do a los tra­ba­ja­dores, el reloj repre­sen­ta un ele­men­to de tiranía mecá­ni­ca en las vidas de los hombres moder­nos mucho más pode­ro­so que cual­quier explo­ta­dor en tan­to indi­vi­duo o que cual­quier otra máqui­na. Es de uti­li­dad recor­dar el pro­ce­so histó­ri­co mediante el cual el reloj ha influi­do en el desar­rol­lo social de la civi­li­za­ción euro­pea moder­na.

Es un hecho fre­cuente en la his­to­ria que una cultu­ra o civi­li­za­ción desar­rolle la her­ra­mien­ta que pos­te­rior­mente será pro­pi­ciará su des­truc­ción. Los anti­guos chi­nos, por ejem­plo, inven­ta­ron la pól­vo­ra, la cual fue desar­rol­la­da por los exper­tos mili­tares de occi­dente y even­tual­mente condu­jo a la des­truc­ción de la pro­pia civi­li­za­ción chi­na mediante los fuertes explo­si­vos del arma­men­to béli­co moder­no. Del mis­mo modo, el logro supre­mo del inge­nio de los arte­sa­nos de las ciu­dades medie­vales euro­peas fue la inven­ción del reloj mecá­ni­co, que, al tras­to­car revo­lu­cio­na­ria­mente el concep­to de tiem­po, cola­bo­ra­ron mate­rial­mente con el cre­ci­mien­to del capi­ta­lis­mo explo­ta­dor y a la des­truc­ción de la cultu­ra medie­val.

Según algu­nos rela­tos, el reloj apa­re­ció en el siglo XI, como dis­po­si­ti­vo para hacer sonar las cam­pa­nas a inter­va­los regu­lares en los monas­te­rios, los cuales, con la vida orga­ni­za­da que imponían a sus inter­nos, fue­ron el mode­lo más próxi­mo de la edad media a las actuales fábri­cas. El pri­mer reloj pro­pia­mente dicho, no obs­tante, apa­re­ció en el siglo XIII, y tan sólo a par­tir del siglo XIV comen­za­ron los relojes a ador­nar las facha­das de los edi­fi­cios públi­cos de las ciu­dades ale­ma­nas.

Estos relojes pri­me­ri­zos impul­sa­dos pesas no eran espe­cial­mente pre­ci­sos, y no se alcanzó un cier­to gra­do de fia­bi­li­dad has­ta el siglo XVI. Por ejem­plo, se dice que el pri­mer reloj pre­ci­so de Ingla­ter­ra fue el de Hamp­ton Court, fabri­ca­do en 1540. E inclu­so la pre­ci­sión de los relojes del siglo XVI resul­ta rela­ti­va, dado que sólo esta­ban equi­pa­dos con mane­cil­las para las horas. Ya en el siglo XIV habían pen­sa­do los pri­me­ros matemá­ti­cos en medir el tiem­po en minu­tos y segun­dos, pero con la inven­ción del pén­du­lo en 1657 se obtu­vo la pre­ci­sión nece­sa­ria para la adi­ción de una mane­cil­la que seña­la­ra los minu­tos, mien­tras que la mane­cil­la des­ti­na­da a los segun­dos no fue intro­du­ci­da has­ta el siglo XVIII. Ambos siglos, se obser­vará, son aquel­los en que el capi­ta­lis­mo cre­ció en tal gra­do que le fue posible apro­ve­char la tec­no­logía de la revo­lu­ción indus­trial para así esta­ble­cer su domi­nio sobre la socie­dad.

El reloj, como ha seña­la­do Lewis Mum­ford, repre­sen­ta la maqui­na­ria car­di­nal de la era de la maqui­na­ria, tan­to por su influen­cia sobre la tec­no­logía como por su influen­cia en las cos­tumbres huma­nas. Téc­ni­ca­mente, el reloj fue la pri­me­ra máqui­na autén­ti­ca­mente automá­ti­ca que adqui­rió ver­da­de­ra impor­tan­cia en la vida de las per­so­nas. Antes de su inven­ción, las máqui­nas habi­tuales eran de tal natu­ra­le­za que su mane­jo dependía de algu­na fuer­za exter­na y de esca­sa fia­bi­li­dad, como la mus­cu­la­tu­ra huma­na o ani­mal, el agua o el vien­to. Es cier­to que los grie­gos habían inven­ta­do cier­tos meca­nis­mos automá­ti­cos pri­mi­ti­vos, pero sólo se los emplea­ba, como ocurría con la máqui­na de vapor de Herón, para pro­cu­rar efec­tos “sobre­na­tu­rales” en los tem­plos o para entre­te­ner a los tira­nos de las ciu­dades orien­tales. Pero el reloj fue la pri­me­ra máqui­na automá­ti­ca que consi­guió impor­tan­cia públi­ca y una fun­ción social. La fabri­ca­ción de relojes se convir­tió en la indus­tria a par­tir de la cual fue­ron apren­di­dos los rudi­men­tos de la fabri­ca­ción de máqui­nas y se obtu­vo la habi­li­dad téc­ni­ca nece­sa­ria para la revo­lu­ción indus­trial.

Social­mente el reloj tuvo una influen­cia más radi­cal que la de cual­quier otra máqui­na, en tan­to era el medio por el cual se podía obte­ner mejor la regu­la­ri­za­ción y orga­ni­za­ción de la vida nece­sa­ria para un sis­te­ma indus­trial de explo­ta­ción. El reloj pro­por­cio­na­ba los medios para que el tiem­po —una cate­goría tan elu­si­va que ningún filó­so­fo ha podi­do has­ta el momen­to deter­mi­nar su natu­ra­le­za— pudie­ra ser medi­do concre­ta­mente en los tér­mi­nos tan­gibles del espa­cio repre­sen­ta­do como cir­cun­fe­ren­cia por la esfe­ra de un reloj. Se dejó de consi­de­rar el tiem­po como dura­ción, comenzán­dose a hablar y pen­sar per­ma­nen­te­mente de “tra­mos” de tiem­po, como si se estu­vie­ra hablan­do de retales de tela. Y el tiem­po, aho­ra men­su­rable en sím­bo­los matemá­ti­cos, pasó a ser vis­to como una mer­cancía que podía ser com­pra­da y ven­di­da del mis­mo modo que cual­quier otra.

Los nue­vos capi­ta­lis­tas, en par­ti­cu­lar, devi­nie­ron rabio­sa­mente conscientes del tiem­po. El tiem­po, que en este caso quería decir el tra­ba­jo de los obre­ros, era vis­to por ellos casi como si consti­tuye­ra la mate­ria pri­ma prin­ci­pal de la indus­tria. “El tiem­po es dine­ro” se convir­tió en uno de los esló­ganes cru­ciales de la ideo­logía capi­ta­lis­ta, y ofi­cial cro­no­me­tra­dor fue el más repre­sen­ta­ti­vo de los empleos crea­dos por la admi­nis­tra­ción capi­ta­lis­ta.

En las pri­me­ras fábri­cas los patro­nos lle­ga­ron a mani­pu­lar sus relojes o a hacer sonar las sire­nas en momen­tos dis­tin­tos a los indi­ca­dos a fin de defrau­dar a sus tra­ba­ja­dores esta valio­sa y nue­va mer­cancía. Más ade­lante seme­jantes prác­ti­cas se hicie­ron menos fre­cuentes, pero la influen­cia del reloj impu­so una regu­la­ri­dad en las vidas de la mayoría que pre­via­mente sólo se había cono­ci­do den­tro de los monas­te­rios. Las per­so­nas pasa­ron a ser de hecho simi­lares a relojes, actuan­do con una regu­la­ri­dad repe­ti­ti­va carente de pare­ci­do con la vida rít­mi­ca de un ser natu­ral. Pasa­ron a ser, como reza el dicho vic­to­ria­no, “pun­tuales como relojes”. Úni­ca­mente en los dis­tri­tos rurales, donde las vidas natu­rales de ani­males y plan­tas y los ele­men­tos aún domi­na­ban la vida podía librarse una parte mayo­ri­ta­ria de la pobla­ción de sucum­bir al mortí­fe­ro tic-tac de la mono­tonía.

En un prin­ci­pio esta nue­va acti­tud ante el tiem­po, esta nue­va regu­la­ri­dad de la vida, fue impues­ta por los señores pro­pie­ta­rios de relojes sobre los pobres, que se resistían a ella. El escla­vo indus­trial reac­cio­na­ba en su tiem­po libre vivien­do en una caó­ti­ca irre­gu­la­ri­dad que carac­te­ri­za­ba las bar­ria­das empa­pa­das en gine­bra del indus­tria­lis­mo de prin­ci­pios del siglo XIX. Se huía hacia un mun­do sin tiem­po de bebi­da o de ins­pi­ra­ción meto­dis­ta. Pero gra­dual­mente la idea de regu­la­ri­dad se fue exten­dien­do has­ta lle­gar a las capas más bajas de los obre­ros. La reli­gión del siglo XIX y la moral desem­peña­ron un papel nada des­deñable al pro­cla­mar que “per­der el tiem­po” era un peca­do. La intro­duc­ción de relojes y relojes de bol­sillo pro­du­ci­dos masi­va­mente en los años 1850 exten­dió la concien­cia del tiem­po entre aquel­los que pre­via­mente habían mera­mente reac­cio­na­do al estí­mu­lo de unos golpes en la puer­ta o de la sire­na de la fábri­ca. En la igle­sia y en la escue­la, en la ofi­ci­na y en el tal­ler, se consi­de­ra­ba la pun­tua­li­dad la mayor de las vir­tudes.

A par­tir de esta escla­va depen­den­cia del tiem­po mecá­ni­co, que se exten­dió insi­dio­sa­mente por todas las clases en el siglo XIX, cre­ció la des­mo­ra­li­za­do­ra regi­men­ta­ción de la vida que carac­te­ri­za el tra­ba­jo indus­trial de nues­tros días. El hombre que no se adap­ta a ella se abo­ca a la cen­su­ra de la socie­dad y la rui­na econó­mi­ca. El tra­ba­ja­dor que llegue con retra­so a la fábri­ca per­derá su tra­ba­jo e inclu­so, en los días en que nos encon­tra­mos, puede verse encar­ce­la­do.[1] Las comi­das pre­su­ro­sas, el per­ió­di­co apiñarse en trenes y auto­buses cada maña­na y cada tarde, la ten­sión de tener que tra­ba­jar de acuer­do con hora­rios, todo ello contri­buye a los desór­denes diges­ti­vos y ner­vio­sos, a la rui­na de la salud y a la bre­ve­dad de las vidas.

En el nombre de la competitividad y la eficiencia, del crecimiento y progreso económicos.
En el nombre de la com­pe­ti­ti­vi­dad y la efi­cien­cia, del cre­ci­mien­to y pro­gre­so econó­mi­cos.

Tam­po­co puede decirse que, a lar­go pla­zo, la impo­si­ción finan­cie­ra de regu­la­ri­dad conduz­ca a un mayor gra­do de efi­ca­cia. De hecho, la cali­dad de los pro­duc­tos es habi­tual­mente muy infe­rior, debi­do a que el patrón, al consi­de­rar el tiem­po una mer­cancía por la cual ha de pagar, obli­ga a sus ope­ra­rios a man­te­ner tal velo­ci­dad que nece­sa­ria­mente han de esca­ti­mar su tra­ba­jo. El cri­te­rio prin­ci­pal es pre­fe­rir la can­ti­dad a la cali­dad, y del tra­ba­jo en sí mis­mo desa­pa­rece todo dis­frute. El tra­ba­ja­dor no hace sino vigi­lar el reloj, preo­cu­pa­do úni­ca­mente por el momen­to en que pue­da esca­parse hacia el magro y monó­to­no ocio de la socie­dad indus­trial, en que se dedi­ca a “matar el tiem­po” atracán­dose de goces tan pla­ni­fi­ca­dos y meca­ni­za­dos como el cine, la radio y los per­ió­di­cos en la medi­da que su sala­rio y su can­san­cio se lo per­mi­tan. Úni­ca­mente si es capaz de acep­tar los ries­gos de vivir conforme a sus convic­ciones o su inge­nio puede un hombre sin dine­ro sal­varse de vivir como un escla­vo del reloj.

El pro­ble­ma del reloj es, en gene­ral, simi­lar al de la máqui­na. El tiem­po mecá­ni­co es valio­so como medio para coor­di­nar las acti­vi­dades en una socie­dad alta­mente desar­rol­la­da, lo mis­mo que una máqui­na es valio­sa como medio de redu­cir el tra­ba­jo inne­ce­sa­rio al míni­mo. Tan­to el uno como la otra son valio­sos por la contri­bu­ción que rea­li­zan al buen cur­so de la socie­dad, y sólo han de uti­li­zarse en la medi­da en que sir­van a la huma­ni­dad para eli­mi­nar efi­cien­te­mente entre todos el esfuer­zo monó­to­no y la confu­sión social. Pero no ha de per­mi­tirse que nin­gu­no de los dos domi­nen la vida de las per­so­nas como ocurre hoy día.

Por aho­ra el movi­mien­to del reloj esta­blece el rit­mo de las vidas huma­nas. El hombre se convierte en un cria­do del concep­to de tiem­po que él mis­mo ha crea­do, y en cuyo temor se le man­tiene, como le suce­dió a Fran­ken­stein con su pro­pio mons­truo. En una socie­dad cuer­da y libre, seme­jante domi­na­ción de las fun­ciones huma­nas por relojes y máqui­nas sería, como es obvio, impen­sable. La domi­na­ción del hombre por una crea­ción del hombre resul­ta inclu­so más ridí­cu­la que la domi­na­ción del hombre por el hombre. El tiem­po mecá­ni­co sería rele­ga­do a su ver­da­de­ra fun­ción de ins­tru­men­to para la refe­ren­cia y coor­di­na­ción, y la huma­ni­dad reco­braría una visión equi­li­bra­da de la vida, que ya no estaría domi­na­da por la ado­ra­ción al reloj. Una ple­na liber­tad impli­ca la libe­ra­ción de la tiranía de abs­trac­ciones del mis­mo modo que recha­za las reglas huma­nas.

George Woodcock

Notas

[1] El autor se refiere, evi­den­te­mente, a las regu­la­ciones de guer­ra vigentes en el momen­to de la publi­ca­ción de este artí­cu­lo en War Com­men­ta­ry. Nota del ed.


“El tiem­po no es en abso­lu­to pre­cio­so, porque es una ilu­sión. Lo que usted per­cibe como pre­cio­so no es el tiem­po sino el úni­co pun­to que está fue­ra del tiem­po : el aho­ra. Este es cier­ta­mente pre­cio­so. Cuan­to más se enfoque en el tiem­po –pasa­do y futu­ro- más pierde el aho­ra, lo más pre­cio­so que hay.”

Eck­hart Tolle


 

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